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sobre Trazo
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Trazo es como ese vecino que vive al lado del famoso y casi nadie recuerda su nombre. Está a unos minutos de Santiago, al otro lado del Tambre, pero mientras media Galicia hace cola para entrar en la catedral, aquí los coches pasan de largo por la N-550 sin ni siquiera bajar la ventanilla. Y, visto con calma, quizá sea lo mejor que le ha pasado a este municipio.
El Tambre como frontera invisible
El Tambre marca una especie de línea mental entre el bullicio compostelano y lo que muchos por aquí llaman simplemente “el monte”. No es que Trazo tenga grandes alturas —el punto más alto ronda los setecientos metros—, pero el paisaje cambia rápido. Desde algunos puentes sobre el río ves ese agua color café con leche tan típico del Tambre, moviéndose despacio entre carballeiras.
Durante siglos esta zona quedó un poco a la sombra de Santiago. Los peregrinos del Camino Inglés cruzaban relativamente cerca, pero el flujo grande iba por otros lados. Hoy el río sigue marcando ese contraste: a un lado la ciudad que siempre recibe gente, al otro caminos tranquilos, aldeas desperdigadas y algunas playas fluviales que, en Galicia, siempre sorprenden un poco. Arena donde esperarías piedra.
Las iglesias que nadie busca
En Trazo las iglesias tienen algo curioso: casi ninguna responde a un solo estilo. La de San Cristovo de Xavestre, por ejemplo, mezcla partes románicas con añadidos posteriores. Hay detalles góticos, reformas de siglos más tardíos… el típico edificio que ha ido creciendo según las necesidades del lugar.
San Mamede de Berreo también llama la atención porque el campanario está separado de la nave unos metros. No es tan habitual verlo así, y cuando llegas da la sensación de que alguien movió la torre de sitio en algún momento.
Y luego está Santa Eufemia de Viloucha, que en la zona a veces llaman “la catedral de la montaña”. El nombre suena exagerado cuando lo oyes por primera vez, pero cuando la ves entiendes la broma: es una iglesia grande para un entorno de aldeas pequeñas.
El arte de perderse entre parroquias
Trazo tiene once parroquias repartidas en bastante terreno. Traducido a la práctica: un mosaico de aldeas pequeñas conectadas por carreteras locales donde a veces sientes que vas improvisando la ruta.
Conduces unos minutos y aparece un grupo de casas de granito pegadas a la carretera. Luego otro. Entre medias, prados, eucaliptos y de vez en cuando algún cartel que indica la dirección de un pazo escondido entre árboles. El de Vilacoba, por ejemplo, tiene una torre antigua que suele servir de referencia cuando andas caminando por la zona y empiezas a dudar de por dónde ibas.
No es el típico sitio que recorres siguiendo un mapa con puntos claros. Aquí lo normal es ir enlazando parroquias sin mucha prisa y ver qué aparece.
Cuando el eco responde
Por los montes de la zona circulan varias historias curiosas. Una de las más conocidas es la de la Pedra Faladora, una roca de granito a la que algunos vecinos atribuyen un eco bastante limpio cuando hablas hacia ella. Si vas con más gente, siempre hay alguien que acaba probando.
No muy lejos también se menciona a menudo la Cova dos Mouros. Como pasa en muchos lugares de Galicia, el nombre mezcla arqueología, tradición oral y un punto de misterio. Hay quien habla de marcas antiguas en la roca y quien prefiere la versión más fantástica, con mouros y leyendas. En los pueblos ya sabes cómo funciona esto: la explicación científica existe, pero la otra se cuenta mejor.
Una presa escondida entre la vegetación
Cerca del Tambre quedan restos de antiguas infraestructuras hidráulicas que el monte ha ido reclamando con los años. Una de ellas, conocida por algunos como la presa de Lestrove, aparece medio cubierta de musgo, helechos y árboles jóvenes.
No está señalizada como un gran punto de visita ni mucho menos. De hecho, llegar suele implicar caminar un rato por senderos poco claros. Pero cuando te topas con los muros de piedra saliendo entre la vegetación entiendes por qué a algunos les gusta venir hasta aquí: tiene ese aire de lugar abandonado que parece sacado de otra época.
Mi consejo de amigo
Si te acercas a hacer turismo en Trazo, tómatelo con calma. Esto no va de tachar monumentos en una lista.
Un buen plan es cruzar el Tambre desde Santiago, conducir sin prisa por las parroquias y parar cuando algo te llame la atención: una iglesia solitaria, un camino que baja hacia el río, un grupo de casas con hórreos alineados.
Y si puedes elegir momento, el otoño le sienta bien a esta zona. Los castaños cambian de color, empieza a oler a leña por las tardes y las carreteras secundarias se quedan casi vacías. Es de esos lugares donde el plan más sensato es simplemente dar vueltas y ver qué aparece. A veces Galicia funciona mejor así.