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sobre Cariño
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Cariño es como ese lugar del que ves dos fotos en redes y piensas: “aquí la gente vive mejor que yo”. Luego llegas y te das cuenta de que la cosa es un poco más compleja. No es un decorado ni un pueblo museo. Pero hay algo que las fotos sí aciertan: en el turismo en Cariño el mar no está de fondo, está en el centro de todo. Aquí manda él.
El pueblo que se negó a desaparecer
Durante mucho tiempo Cariño fue, básicamente, el vecino pequeño de Ortigueira. Administrativamente dependía de él y llevaba décadas intentando tener ayuntamiento propio. La historia se alargó bastante: la petición venía de principios del siglo XX y no fue hasta finales de los años ochenta cuando se convirtió en municipio independiente.
Si hablas con gente mayor del pueblo, verás que ese momento todavía se recuerda con cierto orgullo. No era solo un trámite administrativo; tenía bastante de “ahora decidimos nosotros”.
Hoy el municipio está bastante repartido entre parroquias y aldeas, con el núcleo principal pegado al puerto. Durante décadas la vida giró alrededor de la pesca y de las conserveras. Todavía queda ese aire de pueblo marinero que trabaja de verdad el mar, no solo lo mira.
Y luego está la montaña. En la sierra de A Capelada se extrae dunita, una roca verdosa que se usa en materiales industriales muy resistentes al calor. No es algo que el visitante note demasiado, pero explica bastante bien por qué, en un sitio pequeño como este, siempre ha habido movimiento de camiones subiendo y bajando por la sierra.
Cabo Ortegal y la sensación de estar en el borde
A pocos kilómetros del pueblo aparece uno de esos paisajes que hacen que te detengas sin pensar demasiado: el Cabo Ortegal. No es el punto más al norte de la península (ese título se lo lleva Estaca de Bares, que está cerca), pero la sensación de frontera es bastante real.
El cabo es famoso por los Aguillóns: tres peñascos oscuros que salen del mar como si alguien los hubiese clavado ahí a propósito. Cuando el Atlántico viene con mala leche, las olas rompen contra ellos con un ruido que se oye desde el mirador.
Muy cerca están también los acantilados de Herbeira, que superan los 600 metros sobre el mar. Dicho así parece una cifra más, pero cuando estás arriba y miras hacia abajo la escala cambia bastante.
Una de las caminatas más conocidas por la zona sube hasta San Xiao de Trebo. No es una ruta complicada, pero el viento suele recordar que estás en la costa norte de Galicia. Lleva buen calzado y algo de abrigo, incluso en días que en el pueblo parecen tranquilos.
Marisco caro… y aun así lo pides
Hay una escena que se repite bastante en esta parte de la costa: alguien mira el precio de los percebes, se queda callado unos segundos y acaba diciendo “bueno, venga”.
Los de la zona de A Capelada tienen mucha fama porque crecen en rocas donde el mar golpea fuerte. Sacarlos no es precisamente un trabajo cómodo, así que cuando llegan al plato entiendes por qué no son precisamente baratos.
Otro clásico de la cocina local es la caldeirada de pixín (rape), con patatas y un caldo rojo de pimentón que parece sencillo pero cambia mucho según quién lo prepare. Es comida de puerto, de la que se hacía para comer después de volver del mar.
Y luego está la tarta de nata cariñesa, bastante conocida en la comarca. Capas de hojaldre, mucha nata y ese aspecto un poco desordenado que tienen los postres hechos sin preocuparse demasiado por la estética.
Fiestas que funcionan como reencuentro
Las fiestas grandes del pueblo llegan en verano, cuando vuelve mucha gente que trabaja fuera. Pasa mucho en esta parte de Galicia: gente que vive en A Coruña, en Madrid o en el País Vasco pero que en agosto reaparece por aquí como si no se hubiese ido.
En julio suele celebrarse la festividad del Carmen, con procesión marítima incluida si el tiempo lo permite. Y a finales de agosto llega San Bartolomé, que es cuando el pueblo está más lleno.
Otra tradición muy arraigada en la zona es la romería a San Andrés de Teixido, ya en el vecino municipio de Cedeira pero muy vinculada a toda la comarca. Existe ese dicho tan repetido por aquí: quien no va de vivo, va de muerto. Así que mucha gente hace la peregrinación “por si acaso”.
Mi consejo: ven cuando el mar esté de verdad
Cariño gana mucho cuando el Atlántico se pone serio. Es de esos sitios donde el paisaje cambia completamente según el día. Con mar en calma es bonito; con viento y oleaje tiene bastante más carácter.
Dedica tiempo a subir a la sierra de A Capelada, acércate al cabo y luego vuelve al puerto a caminar sin rumbo. No hace falta un plan demasiado elaborado.
Y ve con la idea clara: Cariño no es un pueblo de postal pulida. Tiene puerto de trabajo, carreteras que suben y bajan sin aviso y días de niebla en los que el mar casi desaparece. Pero cuando encaja —luz, viento, horizonte abierto— entiendes por qué mucha gente vuelve. Aunque diga que solo venía un fin de semana.