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sobre Ortigueira
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Ortigueira es como ese primo gallego que se pasa el año pescando y, de repente, un fin de semana aparece en todos lados porque toca la gaita en un festival enorme. Un día es un puerto tranquilo donde se arreglan redes y se charla mirando la ría; y al siguiente hay miles de personas bailando música celta hasta la madrugada. El truco está en pillarla en el momento justo.
Un puerto que creció mirando a la ría
Ortigueira aparece en los papeles importantes en el siglo XIII, cuando Alfonso X concedió privilegios para impulsar el puerto. No fue algo raro en la época: los reyes necesitaban que la costa se moviera, que hubiera comercio y barcos entrando y saliendo.
El municipio nunca ha sido especialmente grande en población —apenas unos miles de vecinos repartidos en un territorio enorme— y eso se nota. Conduces cinco minutos y ya estás entre prados, aldeas sueltas y carreteras que suben y bajan sin avisar.
Lo que sí es grande es la ría de Ortigueira. Es una de las más amplias del norte gallego, con varios brazos de mar que se meten tierra adentro. Cuando la marea está alta parece que el mar haya decidido explorar el interior. Cuando baja, aparecen bancos de arena, aves y barcas apoyadas en el fondo como si estuvieran esperando turno.
Cuando llega el festival
Hay un momento del año en que Ortigueira cambia de ritmo: el Festival Internacional do Mundo Celta. Durante unos días de julio el pueblo se llena de gaitas, violines, puestos de artesanía y gente que llega con tiendas de campaña y ganas de música.
Si nunca has estado, la primera impresión es curiosa: músicos con kilt caminando por la calle junto a vecinos que van a hacer la compra como cualquier otro día. Esa mezcla funciona sorprendentemente bien.
El centro se llena, el tráfico se complica un poco y la ría se convierte en un fondo constante mientras suenan conciertos por la noche. Incluso si no eres muy de música celta, hay algo contagioso en el ambiente. Acabas moviendo el pie sin darte cuenta.
Lo que suele aparecer en la mesa
Aquí el producto estrella es el lubrigante, que no es otra cosa que el bogavante de la zona. La preparación más conocida suele ser la caldeirada: una especie de guiso marinero con patata y caldo sabroso donde el marisco manda.
No es el bogavante enorme que ves a veces en fotos. Es más bien de tamaño medio, pero con ese sabor intenso que tienen los mariscos criados en rías frías y movidas.
Y luego están las empanadas. En la zona se ven mucho las de berberechos, con la masa bastante fina y el relleno generoso. De esas que empiezas con un trozo “para probar” y cuando miras ya falta media bandeja.
Un paseo por la costa hacia Loiba
Si te apetece caminar, desde el entorno de la ría salen varios senderos que van buscando la costa hacia Loiba. No es un paseo urbano ni un camino preparado para multitudes. Es más bien sendero de tierra, hierba, viento y olor a sal.
En esta parte del litoral está la Vixía Herbeira, uno de los acantilados más altos de la costa europea. La cifra que suele citarse ronda los seiscientos metros sobre el mar, y cuando te asomas entiendes rápido por qué impresiona.
El paisaje es bastante salvaje: prados que terminan de golpe en el vacío, olas rompiendo muy abajo y el viento empujando con ganas algunos días. Conviene llevar agua y tomárselo con calma. No hay demasiados servicios por el camino, y eso también forma parte de la gracia.
Cuándo venir sin cruzarte con medio mundo
Después del festival, Ortigueira vuelve poco a poco a su ritmo normal. Si vienes a finales de verano o a principios de otoño, encuentras el pueblo mucho más tranquilo.
La playa de Morouzos, por ejemplo, suele estar bastante despejada en esas fechas. Es una de esas playas largas donde puedes caminar un buen rato viendo la ría por un lado y el Cantábrico abierto por el otro.
Para moverte por la zona lo más práctico suele ser el coche. Hay transporte público, pero las conexiones no siempre son rápidas. Con coche puedes parar en miradores de la ría, acercarte a los acantilados o perderte por las parroquias del interior, que al final es donde mejor se entiende cómo es de verdad este rincón del Ortegal.