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sobre As Nogais
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Con As Nogais me pasó algo curioso. En el mapa parece un sitio de paso entre Lugo y la montaña de Os Ancares. De esos que cruzas en coche sin pensar demasiado. Pero cuando frenas y te desvías por una de sus aldeas entiendes rápido que el turismo en As Nogais va de otra cosa: parar, mirar alrededor y aceptar que aquí el tiempo se mueve a otro ritmo.
No hay un centro monumental que concentre todo. El municipio funciona más bien como una pequeña constelación de aldeas. Cada una con su iglesia, sus casas de pizarra y esos huertos pegados a los muros que parecen dibujados con regla. Lugares como San Xoán de Busmayor, Pulgar o Vilariño mantienen esa arquitectura que todavía forma parte de la vida diaria, no de un decorado.
Un municipio repartido en aldeas
As Nogais no se entiende desde una plaza mayor. Se entiende conduciendo unos minutos, aparcando al lado de un prado y caminando un rato.
Las aldeas aparecen poco a poco. Primero un hórreo. Luego dos casas juntas. Después un pequeño grupo de tejados de pizarra apoyados en la ladera. Muchas viviendas siguen habitadas; otras pasan largas temporadas cerradas. Esa mezcla es bastante común en esta parte de Lugo.
Los muros de piedra que separan fincas y huertos marcan el paisaje. No están ahí por estética. Están porque llevan generaciones cumpliendo su función.
Monte cerrado y caminos tranquilos
El territorio forma parte de la Reserva de la Biosfera de Os Ancares Lucenses. Eso, traducido a lo práctico, significa mucho bosque y bastante silencio.
Hay robledales y castañares que en otoño cubren el suelo de hojas. En algunas zonas aparecen pequeños hayedos. Los riachuelos bajan entre las laderas y a veces encuentras restos de antiguos molinos cerca del agua.
No esperes una red de senderos perfectamente señalizada. Aquí caminar suele ser más sencillo: un camino de tierra, una pista ganadera, un sendero que conecta dos aldeas. Si te gusta andar sin demasiada señalización, este tipo de terreno se disfruta mucho más.
Tampoco es raro ver rastros de animales. Jabalíes que removieron la tierra por la noche, corzos cruzando entre los árboles o rapaces planeando sobre el valle cuando el día está despejado.
Pallozas y construcciones tradicionales
En la zona de Os Ancares todavía sobreviven algunas pallozas. Son esas construcciones de muros gruesos y cubierta vegetal que durante siglos sirvieron como vivienda y refugio para el ganado.
En el entorno de As Nogais se pueden ver algunos ejemplos, aunque muchos permanecen cerrados o solo se observan desde fuera. Aun así, acercarse a una ya ayuda a entender cómo se adaptaba la arquitectura al clima de la montaña: paredes bajas, interior protegido y una cubierta pensada para aguantar inviernos duros.
Cuando estás delante de una, se entiende bastante bien la lógica del diseño.
Cómo moverse por As Nogais
Un error bastante común es intentar verlo todo rápido. No funciona.
Las aldeas están conectadas por carreteras estrechas y pistas rurales. En el mapa parecen trayectos cortos, pero entre curvas y paradas se alargan más de lo que imaginas. Los 60 kilómetros que separan Lugo de esta zona pueden convertirse en un viaje tranquilo si te entretienes mirando el paisaje.
Lo que mejor suele funcionar es elegir una aldea y caminar por allí sin demasiada planificación. Pasar por una fuente, rodear la iglesia, seguir un camino que salga hacia el bosque. En una hora o dos ya te haces una buena idea del lugar.
Si vas en coche, conviene aparcar con cabeza. Algunas pistas no llevan a ningún sitio accesible y otras terminan siendo caminos usados solo por vecinos o maquinaria agrícola.
Cuándo merece la pena acercarse
El paisaje cambia bastante según la estación.
En primavera el monte se llena de verde y el agua baja con fuerza por los arroyos. En otoño los castañares toman tonos más cálidos y el suelo aparece cubierto de hojas. Es probablemente cuando el territorio se ve más expresivo.
El invierno puede traer nieve o hielo en las zonas altas. Eso ralentiza cualquier paseo, aunque también deja imágenes muy tranquilas si el día sale despejado.
Aquí el clima manda bastante. Conviene venir preparado para cambios rápidos y para caminos que, después de varios días de lluvia, se vuelven más pesados de lo que parecen.
Un lugar que pide calma
As Nogais no tiene grandes monumentos ni un casco histórico compacto. Lo que hay está repartido entre montes, ríos pequeños y aldeas dispersas.
Por eso funciona mejor cuando vienes sin prisa. Aparcas, caminas un rato y escuchas el silencio del valle. A veces pasa un coche. A veces solo se oyen perros a lo lejos o el agua corriendo por una acequia.
Es ese tipo de sitio que no intenta impresionar. Simplemente sigue ahí, viviendo a su manera. Y si te adaptas un poco a ese ritmo, la visita acaba teniendo bastante más sentido.