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sobre A Cañiza
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Llegué a A Cañiza porque el GPS decía que era la forma más rápida de llegar a Monção. El GPS se equivoca bastante, pero esa vez acertó. Lo que no me avisó es de que iba a parar en uno de esos pueblos donde parece que el reloj va a otro ritmo. No en plan museo ni pueblo congelado, más bien en el de “aquí no hemos tenido prisa por cambiarlo todo”. Y, oye, funciona.
El santuario que vigila la Paradanta
Subir a A Franqueira es un poco como hacer el Camino de Santiago en versión corta: curvas, cuestas y la sensación de que alguien eligió ese sitio porque desde ahí se ve medio mundo. El coche resopla un poco en la subida y tú también, pero cuando llegas arriba entiendes por qué el santuario está donde está.
El Santuario de la Virxe da Franqueira tiene mucha historia detrás. La tradición lo relaciona con donaciones muy antiguas —a veces se menciona incluso al rey Silo, en el siglo VIII— aunque el conjunto que vemos hoy es fruto de muchas épocas distintas.
Desde el aparcamiento hay un paseo de unos dos kilómetros hasta el entorno del santuario. No es largo, pero tiene su pendiente si vienes de desayunar fuerte. Por el camino aparece la antigua neveira de los frailes, un pozo donde se guardaba hielo cuando todavía no existían frigoríficos ni nada parecido. Hoy queda como curiosidad histórica en mitad del monte.
Arriba, si el día está despejado, la vista sobre la Paradanta compensa la subida.
Cuando el jamón es casi una institución
Si preguntas por comida en A Cañiza, tarde o temprano alguien va a mencionar el jamón. Aquí hablan de él como quien habla de un primo famoso: con bastante orgullo y con la sensación de que todo el mundo debería probarlo alguna vez.
La explicación que suelen dar es sencilla: el clima de la zona, entre montaña y humedad atlántica, ayuda a que la curación salga como tiene que salir. A finales de verano suelen dedicarle una fiesta gastronómica que reúne a bastante gente de la comarca.
Yo no llegué en esas fechas, así que me quedé sin comprobarlo en pleno ambiente festivo. Lo que sí probé fue la clásica torta de galletas y chocolate que aparece en muchas cafeterías de la zona. No es exclusiva de A Cañiza —media Galicia ha crecido con algo parecido— pero aquí la preparan bastante a menudo y entra sola después de comer.
Cuando la capital cambió de sitio
Una cosa curiosa de A Cañiza es que no siempre fue el centro administrativo del municipio. Durante mucho tiempo ese papel lo tenía Valeixe, una parroquia muy cercana. En el siglo XIX se reorganizó el ayuntamiento y la capitalidad acabó trasladándose a A Cañiza, en parte por su posición en los caminos de la zona.
Valeixe sigue teniendo uno de los rincones más antiguos del municipio: su puente medieval sobre el río Deva. No es romano, aunque mucha gente lo llame así —a casi todos los puentes viejos de Galicia les pasa lo mismo—, pero lleva siglos ahí aguantando el paso del agua y de los vecinos.
Si te gustan los puentes de piedra con historia, merece un pequeño desvío.
El pintor que montó su propio universo
En el municipio también está la casa‑museo de Diego de Giráldez, un pintor nacido aquí que desarrolló algo que él llamó “Realismo NAS”. Según su propia explicación, las siglas mezclaban naturalismo, abstracción y surrealismo.
Dicho de otra manera: pintaba lo que le pedía el cuerpo y luego le ponía teoría. Y la verdad es que el resultado es curioso.
La colección reúne cientos de obras y se expone en una casa tradicional gallega adaptada como museo. Es de esos lugares pequeños donde la visita suele ser muy cercana, con alguien explicándote los cuadros con bastante entusiasmo. A veces sales pensando que no has entendido del todo lo que querían contar… pero al menos no es el típico museo que se recorre en silencio mirando el reloj.
Paseos tranquilos por la Paradanta
La comarca de A Paradanta tiene varios senderos sencillos, más de paseo que de ruta de montaña. Ese tipo de caminos que puedes hacer sin equiparte como si fueras al Himalaya.
Hay recorridos cortos que pasan por miradores naturales sobre el valle, normalmente de pocos kilómetros. Cuando el día está despejado se ve bastante lejos; cuando hay niebla —que en esta zona no es raro— el paisaje se vuelve más cerrado, pero también tiene su gracia.
Otro paseo habitual sigue el curso del río Deva cerca de Valeixe. Es bastante llano, con árboles casi todo el camino. En otoño el olor a castañas asadas aparece en cualquier momento si hay gente recogiéndolas o tostándolas por la zona.
Eso sí: mejor llevar agua desde el pueblo. En el camino no siempre hay dónde parar.
Consejo de amigo
A Cañiza no funciona bien con la mentalidad de “vamos a tachar cosas de la lista”. No es ese tipo de sitio.
Es más bien para llegar sin prisa, dar una vuelta por el pueblo, subir a A Franqueira, comer algo contundente —por aquí el lacón con grelos aparece en muchas cartas— y dejar que la tarde pase tranquila.
Mi plan sería algo así: llegar por la mañana, paseo por el santuario para abrir el apetito, comida larga, café sin mirar el reloj y luego un paseo corto antes de volver a casa.
Y si coincides con la romería de la Virxe da Franqueira, que suele celebrarse a comienzos de otoño, verás la zona bastante más animada de lo normal. Es una de las devociones más antiguas de Galicia y sigue reuniendo a mucha gente cada año.
A Cañiza no hace mucho ruido, pero tiene esa cosa de los sitios donde la vida sigue a su ritmo. Y cuando te vas, te das cuenta de que ese ritmo engancha un poco.