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sobre Mondariz
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El vapor sube despacio desde la taza de café y se mezcla con la niebla del río Tea. Son las ocho de la mañana en Mondariz y el pueblo entero huele a pan recién hecho y a humedad de valle. El turismo en Mondariz casi siempre empieza así: con esa mezcla de agua caliente, bosque cercano y calles todavía medio vacías.
No es cualquier agua. Aquí brota templada desde el subsuelo y desde hace más de un siglo atrae a gente que viene buscando descanso, tratamientos termales o simplemente unos días lejos del ruido de las ciudades cercanas.
El agua que cambió un valle
A finales del siglo XIX un médico de la zona analizó las aguas de la fuente de Gándara y confirmó lo que los vecinos llevaban tiempo comentando: tenían propiedades minerales particulares. Hasta entonces el manantial había sido, sobre todo, un lugar cotidiano. Un lavadero donde las mujeres de varias parroquias se encontraban para aclarar la ropa y ponerse al día.
Con el auge de los balnearios empezó a levantarse el complejo termal y el gran hotel que todavía marca el perfil de la zona. Durante décadas Mondariz se convirtió en uno de esos destinos de descanso que aparecían en las crónicas de sociedad. Se cuenta que por aquí pasaron políticos, escritores y familias acomodadas que venían a pasar largas temporadas.
Hoy el ambiente es distinto, más tranquilo y menos ceremonioso. Aun así, cuando entras en algunos pasillos de madera o te sientas a tomar café mirando hacia los jardines, todavía queda algo de aquel aire pausado de balneario antiguo.
Cuando el río baja cargado de hojas
Octubre suele ser un buen momento para caminar por el valle del Tea. El verde empieza a oscurecerse, los castaños sueltan los erizos y en muchos tramos del río el agua arrastra hojas amarillas y ramas finas que bajan girando despacio.
Por la mañana la niebla suele quedarse suspendida entre los árboles durante horas. Desde algunos puntos del paseo fluvial apenas se ve la otra orilla y el sonido del agua domina todo lo demás.
El puente de Cernadela, con sus cinco arcos de piedra, es uno de los lugares donde más se nota esa mezcla de río y silencio. No es raro encontrarse a gente apoyada en la barandilla mirando el agua pasar, sin mucha prisa por seguir caminando.
Subir hacia Sobroso y mirar el valle
Si te apetece entender la forma del territorio, merece la pena acercarse al monte donde se levanta el castillo de Sobroso. El camino tiene tramos de tierra rojiza que después de la lluvia se vuelven resbaladizos, así que conviene elegir un día seco o llevar calzado con buen agarre.
Arriba cambia la perspectiva. El valle se abre entero: pequeñas aldeas dispersas, carreteras que serpentean entre huertas, manchas de viñedo en las laderas más soleadas. En días claros la vista alcanza bastante lejos hacia el interior de la comarca.
El castillo que hoy se ve es fruto de varias reconstrucciones, pero el lugar lleva ocupado siglos. Era un punto estratégico para vigilar los pasos entre valles.
La trucha del Tea y la cocina del valle
El río Tea ha marcado también la forma de comer aquí. La trucha aparece en muchas cartas de la zona, a menudo preparada con jamón y un poco de vino blanco, una receta muy extendida en el sur de Pontevedra.
En otoño e invierno el protagonismo pasa a platos más contundentes. El lacón con grelos, por ejemplo, suele aparecer cuando empieza el frío. Después de caminar por los senderos cercanos al río o por los montes de alrededor, ese caldo espeso y humeante entra sin esfuerzo.
La cocina en esta parte de Galicia es pausada. Nada llega demasiado rápido a la mesa, pero tampoco se espera con impaciencia.
Un paseo práctico por Mondariz
Mondariz no es grande y el centro se recorre andando sin problema. La iglesia parroquial, las calles que bajan hacia el río y la zona del balneario se pueden enlazar en un paseo tranquilo si vas sin detenerte demasiado.
La fuente de Gándara sigue siendo un punto curioso. Es habitual ver a vecinos llenando garrafas de agua termal mientras comentan cómo viene el tiempo o si el río trae más caudal que la semana anterior. El agua sale templada y con un sabor mineral bastante marcado.
Si vienes en fin de semana conviene madrugar un poco. Mondariz está a poca distancia de Vigo y otras ciudades, así que a media mañana empiezan a llegar coches y el aparcamiento en el centro se complica.
Entre semana el ritmo cambia. Las calles vuelven a ser más silenciosas y el pueblo recupera esa rutina tranquila de primera hora: el pan saliendo del horno, alguien barriendo la acera y la niebla levantándose poco a poco sobre el río Tea.