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sobre Mondariz-Balneario
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Mondariz Balneario es como ese amigo que fue el más popular del instituto y ahora te enseña fotos antiguas en el móvil. Y lo curioso es que, al mirarlas, entiendes por qué todo el mundo hablaba de él. Este rincón de Pontevedra es el municipio más pequeño de Galicia: apenas un par de kilómetros cuadrados y una población que cabe en muy pocas calles.
Pero el tamaño aquí engaña. Durante unas décadas, Mondariz Balneario estuvo en el mapa europeo del termalismo con bastante más peso del que uno imaginaría viendo hoy el lugar.
Cuando Mondariz era el centro del mundo
Si retrocedes a principios del siglo XX, el Gran Hotel de Mondariz era una especie de pequeño universo propio. Un edificio enorme, con aire de balneario centroeuropeo plantado en medio del sur de Galicia. Tenía cientos de habitaciones, casino, teatro… y hasta moneda interna, el llamado peinador, que se usaba dentro del complejo.
Por aquí pasaban políticos, aristócratas, escritores y gente con dinero que venía a “tomar las aguas”, que era una forma elegante de decir pasar semanas enteras cuidándose, paseando por los jardines y socializando. Hay crónicas que hablan de visitas de personajes conocidos de la época y de veranos bastante animados para lo que hoy es un lugar tan tranquilo.
El edificio original ardió en los años setenta y lo que queda hoy es sobre todo la fachada y algunas estancias restauradas. Aun así, el paseo por los jardines tiene algo curioso: ves escalinatas, columnas y rincones que parecen sacados de otra época. Es de esos sitios donde te imaginas fácilmente a la gente paseando con sombrero y bastón.
Las aguas que lo cambiaron todo
La historia arranca en el siglo XIX con la familia Peinador, que apostó por explotar las fuentes minerales de la zona después de que se popularizaran por sus supuestos efectos digestivos y terapéuticos. En aquel momento los balnearios estaban de moda en media Europa, y Mondariz se subió a ese tren.
Las fuentes siguen ahí. De hecho hay un pequeño recorrido por el entorno —un paseo agradable entre árboles y jardines— que conecta varios manantiales históricos. No es largo; se hace sin prisa en un rato.
La fuente de A Gándara suele ser la más fotografiada, con su quiosco modernista. El agua sale con gas natural y un sabor bastante mineral. Si nunca la has probado, el primer trago sorprende: tiene ese punto metálico que te recuerda que no estás bebiendo agua cualquiera. Verás a gente llenando garrafas como si fuera una fuente del pueblo de toda la vida.
Lo que queda del esplendor
Hoy el balneario funciona con instalaciones modernas levantadas cerca del edificio histórico. El contraste es curioso: por un lado las ruinas elegantes del antiguo hotel, por otro las zonas de spa actuales, con piscinas termales y circuitos de agua.
El complejo termal es grande y bastante conocido en Galicia. Mucha gente viene expresamente a pasar unas horas entre piscinas calientes, saunas y chorros de agua. No es una visita barata, así que conviene venir con ganas de usarlo bien y tomárselo con calma.
A pocos minutos en coche también hay un campo de golf diseñado en los noventa. Aunque no juegues, el entorno es tranquilo: prados muy cuidados, árboles y ese silencio típico de los campos gallegos cuando te alejas un poco de la carretera.
Lo que se come por aquí
Si algo mantiene los pies en la tierra en esta zona es la comida. Aquí no hay misterio: cocina gallega de la que pide pan.
La empanada aparece en casi todas las mesas, con rellenos que cambian según el día. El lacón con grelos sigue siendo uno de esos platos que salen de las cocinas en invierno y que te deja medio dormido después de comer. Y si alguien te ofrece un chupito de aguardiente de hierbas al terminar, lo normal es aceptar… aunque luego notes cómo te sube el calor hasta las orejas.
Mi verdad sobre Mondariz Balneario
¿Merece la pena acercarse a Mondariz Balneario? Sí, pero sabiendo a lo que vienes.
No es un pueblo monumental ni un sitio donde vayas a pasar dos días recorriendo calles. Es pequeño y se recorre rápido. La gracia está más bien en entender lo que fue: un balneario que durante un tiempo jugó en la misma liga que otros grandes destinos termales de Europa.
Mi consejo: ven con la idea de pasear sin prisa. Recorre las fuentes, date una vuelta por los jardines del antiguo hotel y observa los detalles que quedan de aquella época dorada. Luego si te apetece, entra al balneario moderno y pasa un rato en el agua caliente.
En unas pocas horas lo habrás visto casi todo. Pero sales con esa sensación curiosa de haber estado en un lugar que, durante un tiempo, fue bastante más grande que el mapa en el que aparece hoy. Y eso tiene su gracia.