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sobre Cerdedo-Cotobade
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Te voy a contar un secreto: Cerdedo Cotobade es como ese compañero de trabajo que nadie menciona en las reuniones, pero que resulta ser el único que sabe arreglar la impresora. No aparece en las postales de Galicia, no tiene la fama de los pueblos de la Costa da Morte, y sin embargo, cuando te metes por estas carreteras y empiezas a parar en las aldeas, piensas: “¿Cómo no había pasado antes por aquí?”
La cosa es que este municipio ni siquiera existía hasta 2016. Antes eran dos: Cerdedo por un lado y Cotobade por otro. Los juntaron y salió este término municipal enorme, con más de veinte parroquias y un buen puñado de aldeas desperdigadas entre montes, valles y ríos. Para que te hagas una idea: conduces diez minutos y ya estás en otro sitio distinto, con otra iglesia, otro puente y otro bar donde todo el mundo se conoce.
Un interior de Galicia sin maquillaje
Llegar aquí tiene algo de viaje tranquilo. Las carreteras van subiendo y bajando entre valles, con castaños y robles cerrando el paisaje. En días de niebla —que los hay— todo se vuelve un poco más silencioso, como si el monte estuviera medio dormido.
La capital administrativa está en A Chan, dentro de la parroquia de Carballedo. Si no eres de la zona, lo normal es que el nombre te suene poco. Y en realidad eso resume bastante bien el sitio: aquí casi todo es discreto. Aldeas pequeñas, casas de piedra repartidas por las laderas y muchas parroquias que siguen funcionando como pequeñas comunidades.
Una de las cosas que notas rápido es que esto no gira alrededor del turismo. Es territorio vivido: huertas, leña apilada, gallinas sueltas, gente que se cruza en la carretera y se saluda.
Piedras que llevan miles de años aquí
Si te gusta la arqueología, este municipio es una pequeña mina. Hay cientos de petróglifos repartidos por distintos montes. Muchos están en zonas como Fentáns, San Xurxo de Sacos o Viascón, normalmente en rocas al aire libre entre pinos y matorral.
La primera vez que ves uno cuesta imaginarlo: círculos, espirales, surcos tallados en la piedra hace miles de años. No sabes muy bien qué querían decir quienes los grabaron, pero impresiona pensar que alguien estuvo allí con paciencia, golpeando la roca cuando todo esto era un paisaje muy distinto.
Luego está el puente de Pedre, sobre el río Lérez. Mucha gente lo llama romano, aunque lo que se ve hoy suele situarse varios siglos después. Tiene tres arcos y, como suele pasar en Galicia, un cruceiro vigilando el paso. Es uno de esos lugares donde te quedas un rato mirando el río sin mucha prisa.
La historia del cañón hecho con un tronco
Hay una historia local que siempre aparece cuando hablas con gente de aquí: el Canón de Pau. Durante la Guerra de la Independencia, los vecinos improvisaron un cañón usando un tronco hueco reforzado con hierro.
La idea era tan simple como desesperada: cargarlo con pólvora y disparar. Según se cuenta, aguantó unos cuantos tiros antes de romperse. No parece una tecnología muy sofisticada, pero la anécdota dice bastante del carácter de la zona: si no hay recursos, se inventan.
Caminar sin demasiadas indicaciones
Una de las cosas que más me gusta de Cerdedo Cotobade es que no está organizado para el visitante. Hay senderos y pistas forestales por todas partes, pero muchas veces lo que haces es caminar sin un itinerario muy claro.
Sales por una pista entre castaños, cruzas un regato, subes un poco más y acabas llegando a una aldea con cuatro casas y un hórreo torcido. Y así todo el rato. Los ríos Lérez y Almofrei van marcando el paisaje en muchas zonas, con pequeños valles bastante verdes casi todo el año.
No es un sitio de “mirador famoso”. Es más bien de ir descubriendo cosas pequeñas.
Mi consejo de amigo
Si vienes a Cerdedo Cotobade, ven con la idea de moverte despacio. Aquí no hay un casco histórico que ver en una hora ni una lista corta de monumentos. Es más de coche, parar en una iglesia románica, cruzar un puente, caminar un rato por el monte y seguir.
El otoño suele sentarle muy bien al paisaje: castaños amarillos, humedad en el aire y ese olor a bosque que aparece cuando las hojas empiezan a caer.
Y otra cosa: no vengas buscando la foto perfecta. Lo interesante aquí suele ser otra cosa. A veces es una conversación corta con alguien del pueblo, otras un sendero que no esperabas o una iglesia rural que lleva siglos en el mismo sitio sin hacer demasiado ruido.
Cerdedo Cotobade funciona así. No intenta llamar la atención. Pero si entras en su ritmo, acaba teniendo bastante más fondo del que parece desde el mapa.