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sobre Ponte Caldelas
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El agua del Verdugo baja helada incluso en julio. Lo compruebas cuando te descalzas en A Calzada y la corriente te rodea los tobillos, limpia, oscura, con ese olor a musgo y a piedra mojada que solo tienen los ríos gallegos. A menudo se menciona esta playa fluvial de Ponte Caldelas como una de las primeras de España en recibir Bandera Azul. Más allá de la etiqueta, lo que queda es otra cosa: el agua tan clara que deja ver el fondo de cantos rodados y, si te agachas, pequeñas láminas de pizarra pulidas por los años.
El puente que todo lo ataja
Desde la playa, unos veinte minutos caminando por el Sendero Azul llevan hasta el puente de Ponte Caldelas. Cuatro ojos de medio punto salvan el río desde hace siglos —suele situarse en torno al XVI— y, cuando el sol cae de frente, la silueta se recorta como una tijera de arcos redondeados. Bajo el primero, en la parte más sombría, se quedan atrapados troncos que arrastran las crecidas: robles enteros, ramas de castaño, alguna puerta vieja. El agua pasa rápida y el sonido se mezcla con el de quienes todavía lavan alfombras en los escalones de piedra junto al río.
La plaza empieza justo al cruzar. Hay mesas de formica al sol, un pequeño quiosco donde también se vende pan de millo y la farmacia con un cartel de “se busca auxiliar” medio despegado. A mediodía el aire se llena de olor a lacón con grelos que sale de las cocinas cercanas y se queda atrapado bajo los soportales. Para comer no hace falta pensar mucho: platos abundantes, patatas en cantidad y, algunos días, empanada de zamburiñas si llegas antes de que se acabe.
Tourón y los pasos de la fraga
Cinco kilómetros río arriba la carretera se estrecha y el Verdugo cambia de carácter. En Tourón, los petroglifos ocupan una ladera entera: círculos concéntricos, huellas de pie, un ciervo que parece saltar. La piedra se calienta al sol y, al pasar la mano por los surcos, se nota el grano fino del granito gastado por siglos de lluvia.
Muy cerca aparece la iglesia románica de Santa María, medio escondida entre castaños. Los canecillos están erosionados, pero todavía se distingue un músico con zanfona y una figura femenina con el vestido levantado por el viento.
Desde aquí arranca el Camino Real hacia el área arqueológica. El recorrido completo ronda los dieciocho kilómetros entre ida y vuelta, aunque mucha gente se queda a mitad de camino. Uno de los puntos curiosos es el Foxo do Lobo, una trampa profunda donde antiguamente se acorralaba al lobo. La vegetación lo cubre casi todo, pero si te acercas con calma aparece la estructura de piedra, húmeda, pesada, como si siempre hubiera estado allí.
Cuándo ir y qué evitar
A finales de agosto suele celebrarse la romería de San Vicente y el pueblo cambia de ritmo: gaitas en el puente, familias enteras bajando hacia el río y coches ocupando cualquier trozo de hierba donde quepa uno más. Hay ambiente, sí, pero también bastante ruido.
Si prefieres caminar con calma, junio suele ser un buen mes. La playa fluvial todavía no está llena y el monte huele a eucalipto recién cortado. En pleno agosto, sobre todo los fines de semana o en festivos largos, la carretera PO‑532 se carga de tráfico y encontrar aparcamiento cerca del río puede llevar un rato.
El agua que todo lo explica
Al atardecer merece la pena subir al Casteliño. Son unos dos kilómetros desde la iglesia de Santa Baia, cuesta arriba por un sendero de piedra suelta. Arriba el Verdugo aparece como un hilo de plata que cose las parroquias: Caritel, Forzáns, Xustáns… nombres que suenan a latín gastado.
El aire trae olor a heno y a leña húmeda. Se oye un tractor muy lejos y, a veces, el golpe seco de un hacha. Ponte Caldelas no funciona como un único núcleo compacto; más bien parece una red de aldeas que el río mantiene unidas. Cuando bajas ya de noche, el puente queda iluminado por un farol amarillo. Cuatro arcos quietos, agua negra debajo y ese olor a río que se queda en la ropa hasta que vuelves al coche.