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sobre Vilaboa
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El turismo en Vilaboa suele empezar por la ría antes que por el casco urbano. La carretera que baja desde Pontevedra cruza zonas de bateas de mejillón, pequeños muelles y naves vinculadas al marisqueo y a la conserva. Las casas tradicionales, muchas de ellas bajas y con tejado a dos aguas, parecen construidas más para resistir la humedad salina que para llamar la atención. Vilaboa no se entiende de un vistazo: hay que recorrerla entre parroquias, caminos junto al agua y laderas que miran a la ría de Vigo.
El agua que da nombre
La presencia del río Maior explica buena parte de la historia local. Desemboca aquí formando una ensenada resguardada donde la marea entra con facilidad. Ese equilibrio entre agua dulce y salada permitió durante siglos actividades vinculadas a la sal.
Las salinas de Ulló, situadas en esta zona intermareal, funcionan con un sistema muy antiguo que aprovecha el ciclo de las mareas. El agua entra por canales y queda retenida en distintas balsas donde se concentra la sal. Durante mucho tiempo permanecieron abandonadas, y hoy vuelven a trabajarse de manera artesanal mientras sirven también como espacio de observación de aves.
En los meses en que la producción está en marcha, las montoneras de sal contrastan con el barro oscuro de las balsas y con las aves limícolas que se acercan a alimentarse. A primera hora del día, cuando la niebla todavía se levanta sobre la ría, el lugar tiene una calma difícil de encontrar en otros puntos del litoral.
Los molinos del río Maior
A poca distancia del estuario, el río se estrecha y gana pendiente. Ese cambio permitió levantar varios molinos hidráulicos, algunos documentados desde la Edad Moderna. Hoy se conservan varios a lo largo del cauce, conectados por un sendero que sigue el curso del agua.
El recorrido permite entender bien cómo funcionaban estos ingenios: pequeños azudes para desviar el caudal, canales estrechos y el cubo donde el agua se acumulaba antes de caer sobre la rueda. En algunos casos aún se conserva la maquinaria interior o parte de la estructura de madera.
Más allá del valor técnico, el conjunto ayuda a imaginar la economía tradicional de la zona. Las parroquias del interior dependían de estos molinos para moler el grano, mientras en la costa la vida giraba en torno al marisqueo y las bateas. En Vilaboa ambas cosas siempre estuvieron cerca.
Las rocas grabadas del Castrove
En las laderas que miran hacia el monte Castrove aparecen varios conjuntos de petroglifos prehistóricos, relativamente habituales en las Rías Baixas. Suelen representarse con círculos concéntricos, cazoletas y otras figuras geométricas grabadas directamente en la roca.
En esta zona también se conocen grabados más recientes realizados por un vecino que, ya en el siglo XX, siguió utilizando los mismos motivos tradicionales. No se trata de piezas arqueológicas, pero sí de una curiosa continuación de ese lenguaje antiguo sobre la piedra.
El sendero que pasa por estos afloramientos rocosos permite además abrir la vista hacia la ría. Desde algunos puntos se aprecia bien el entramado de bateas, que cambia de forma según la marea y la luz del día.
Fiestas que siguen siendo de parroquia
Las celebraciones aquí mantienen un carácter muy ligado a cada parroquia. El carnaval —o entroido— se vive especialmente en lugares como San Adrián, con comparsas, trajes tradicionales y representaciones que mezclan humor, crítica y costumbre.
También en otoño se celebran romerías vinculadas al calendario agrícola. En torno a San Martiño es habitual que haya puestos, castañas asadas y música popular. Son encuentros donde la gente de las parroquias cercanas se reúne más que actos pensados para quien viene de fuera.
Cómo orientarse al llegar
Vilaboa está a pocos kilómetros de Pontevedra y muy cerca del puente de Rande, uno de los accesos principales a la ría de Vigo. La forma más práctica de recorrer el municipio es en coche, moviéndose entre parroquias y dejando el vehículo para caminar en los tramos de sendero.
El paseo de los molinos del río Maior es corto y se puede hacer sin prisa, aunque en época de lluvias conviene llevar calzado con suela firme: el terreno suele estar húmedo.
Para acercarse a las salinas o a los miradores sobre la ría, lo mejor es tomárselo con calma y detenerse en los pequeños caminos que bajan hacia el agua. Vilaboa no funciona como un único núcleo, sino como un mosaico de lugares conectados por la ría, el monte y los viejos caminos de parroquia.