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sobre Ames
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Las campanas suenan temprano en alguna de las parroquias del valle —a esa hora es difícil saber cuál— y el viento trae olor a eucalipto mojado desde las lomas. Desde la ventana de la casa en la que me quedo estos días, de piedra oscura y tejado de pizarra, la niebla se queda atrapada entre los prados como una manta gris que nadie tiene prisa por retirar. Ames despierta despacio. Primero un coche que pasa por la carretera comarcal, luego un perro que ladra en alguna finca cercana.
El valle que todavía llaman A Maia
Ames forma parte del valle de A Maia, un nombre que aquí sigue vivo en la conversación diaria. Hay quien dice simplemente que vive “na Maia”, y cuando hablan de ir a la ciudad dicen “subir a Santiago”, aunque el centro de la capital quede a poco más de un cuarto de hora en coche.
Ese detalle explica bastante bien el carácter del municipio. Mucha gente trabaja en Santiago y vuelve a dormir aquí, pero el territorio mantiene una estructura muy rural: parroquias dispersas, caminos entre fincas, pequeñas aldeas donde las casas no están alineadas sino repartidas por la ladera.
Bertamiráns concentra buena parte de la vida diaria —supermercados, colegios, tráfico a primera hora—, mientras que en cuanto te apartas unos minutos aparecen carreteras estrechas entre pinares, huertas y viejas casas de piedra con los hórreos apoyados sobre el granito.
El Camino que va de Santiago hacia Fisterra y Muxía atraviesa el municipio. No llega con la marea constante de peregrinos de otras rutas; aquí pasan en grupos pequeños, casi siempre con la mirada ya puesta en el Atlántico.
Piedra y humedad en el puente de Augapesada
El puente de Augapesada aparece entre árboles, con el río corriendo oscuro debajo. A mediodía el lugar huele a musgo y a agua fría. Las piedras de granito están redondeadas por siglos de paso: primero animales y carros, luego caminantes.
Es uno de esos lugares donde la gente del Camino suele bajar el ritmo unos minutos. Algunos se sientan en el borde del puente, otros se acercan a la orilla para mojarse la cara. A veces verás pequeñas cajas o cuadernos que los propios caminantes dejan para intercambiar recuerdos o sellos improvisados; otras veces no hay nada, solo el sonido del agua y las hojas moviéndose.
Si te apartas un poco del trazado principal aparecen viejos lavaderos y fuentes. En varios todavía se ven las losas inclinadas donde se golpeaba la ropa. El agua sigue saliendo muy fría incluso en verano.
Casas grandes y memoria de ida y vuelta
Como en buena parte de Galicia interior, la emigración marcó el paisaje. A finales del XIX y durante buena parte del XX muchas familias se marcharon a América. Algunos regresaron años después con dinero suficiente para levantar casas más grandes que las tradicionales de la zona.
Todavía se reconocen enseguida: galerías acristaladas, jardines con palmeras que aquí parecen fuera de lugar y portales de hierro trabajado. Algunas siguen habitadas por descendientes de aquellos emigrantes; otras pasan la mayor parte del año cerradas, esperando al verano.
En Bertamiráns y en otras parroquias se han ido recogiendo testimonios de esa época. Asociaciones locales y centros culturales suelen guardar grabaciones y documentos donde los vecinos cuentan cómo era la vida antes de que la carretera con Santiago convirtiera el valle en lo que es hoy.
Caldo, humo y domingos largos
La cocina aquí sigue muy ligada a la casa. El caldo gallego aparece en muchas mesas los domingos: grelos cuando es temporada, patatas cortadas grandes y chorizo curado del invierno. Se come despacio, en cocinas donde todavía se enciende la leña cuando aprieta el frío.
En las fiestas parroquiales —San Xoán es una de las más celebradas en varios puntos del municipio— la comida también gira alrededor de lo sencillo: empanadas, carne a la brasa, pan recién cortado. La música tradicional suele aparecer cuando cae la tarde y la gente empieza a reunirse alrededor de la plaza o del campo de la fiesta.
Si llueve, que no es raro incluso en junio, la conversación simplemente se desplaza unos metros bajo un soportal.
Cómo moverse por Ames sin prisa
La mejor forma de entender Ames es conducir o caminar sin un plan demasiado rígido. Las parroquias se enlazan por carreteras locales que suben y bajan entre bosques y prados, y a menudo lo interesante está en un desvío pequeño que no aparece en el mapa.
Mayo suele ser un buen momento: los caminos están verdes y florecen las dedaleras moradas en los bordes de las cunetas. Octubre también tiene algo especial, con olor a castaña y mañanas de niebla baja en el valle.
En agosto conviene armarse de paciencia. La cercanía con Santiago hace que muchas carreteras tengan bastante tráfico y algunos aparcamientos se llenen rápido, sobre todo en las zonas más cercanas al Camino.
Si te alejas un poco de los ejes principales, vuelve el silencio: algún tractor a lo lejos, el agua corriendo por una zanja y ese olor húmedo de los montes gallegos después de la lluvia. Ahí es donde Ames se reconoce mejor.