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sobre Abadín
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Las aspas de los aerogeneradores se recortan contra el cielo de la Terra Chá como cometas gigantes que olvidaron cómo bajar. Desde la carretera que atraviesa Abadín, el paisaje se abre en ondulaciones de verde intenso donde las vacas pastan sin prisa y las fincas se separan con setos bajos y muros de piedra oscura. El viento —aquí casi siempre presente— mueve el olor a hierba recién segada y a tierra húmeda. Cuando llueve, que ocurre a menudo, la luz se vuelve lechosa y el valle parece más ancho de lo que es.
Abadín es uno de esos municipios por los que pasa el Camino Norte hacia Santiago. Muchos peregrinos llegan después de horas caminando entre prados y pequeñas aldeas de la comarca de Terra Chá. El pueblo no se organiza alrededor del Camino como ocurre en otros lugares, pero la ruta forma parte del ritmo cotidiano: mochilas apoyadas en una pared, botas secándose al sol si el día acompaña.
En el centro está la iglesia de Santa María de Abadín. La piedra, gris y algo rugosa, tiene ese brillo apagado que deja la lluvia después de muchos inviernos. Algunas partes recuerdan a templos románicos de la zona, aunque el edificio ha ido cambiando con los siglos. A primera hora de la mañana, cuando todavía queda algo de niebla sobre los prados, la torre aparece medio velada y el sonido de las campanas se expande por el valle con eco suave.
El tiempo de las piedras
Caminar por los alrededores de Abadín es hacerlo por un territorio habitado desde hace mucho. En esta parte de Lugo hay restos de castros en varios altos y pequeñas huellas de época romana dispersas por la comarca, aunque muchas veces no están señalizadas ni acondicionadas como visita. Lo que se ve hoy es más bien una superposición de tiempos: cercados hechos con piedras que probablemente salieron de antiguas murallas, caminos que siguen trazados muy antiguos y que ahora usan tractores o peregrinos.
La población del municipio ronda los dos mil habitantes repartidos en parroquias y aldeas. No es raro que, conduciendo unos minutos, el paisaje cambie poco pero el nombre del lugar sí: pequeñas concentraciones de casas, hórreos levantados sobre pilares de granito y establos pegados a la vivienda.
En los bares del pueblo —hay pocos y se identifican rápido— las conversaciones suelen girar alrededor del tiempo, el ganado o cómo viene el año para el maíz y la hierba. Si te sientas un rato, lo normal es escuchar más gallego que castellano y ver entrar a gente que se conoce desde siempre.
Cuando el viento marca el paso
El turismo en Abadín tiene mucho que ver con el paisaje abierto de la Terra Chá. No hay montañas abruptas: aquí el terreno ondula suavemente y deja ver el horizonte durante kilómetros. En días despejados, la luz de la tarde cae horizontal sobre los prados y las sombras de los molinos eólicos se estiran sobre los campos.
Si vienes siguiendo el Camino Norte, Abadín suele funcionar como lugar de parada entre etapas largas. En el municipio y en las parroquias cercanas suele haber alojamientos pensados para peregrinos, aunque conviene comprobar disponibilidad con antelación, sobre todo en verano.
Quien llegue en coche puede aparcar sin demasiada dificultad en el centro y caminar un rato por las carreteras locales. A pocos minutos ya aparecen pistas rurales entre prados y bosquetes de robles y castaños. No esperes senderos señalizados en cada cruce: muchas rutas aquí siguen siendo caminos de uso agrícola.
Caminos hacia Vilabade
Una de las iglesias más conocidas del municipio está en Vilabade, una parroquia cercana. El templo llama la atención por su portada trabajada y por la torre, visible desde cierta distancia cuando se atraviesan los prados de alrededor. Llegar hasta allí implica recorrer carreteras estrechas o pistas entre árboles, donde a veces el único ruido es el de los tractores trabajando o el viento moviendo las copas.
Si decides caminar por esta zona, lleva agua y calcula bien la luz del día, especialmente fuera del verano. En invierno anochece pronto y la niebla puede cerrar bastante el paisaje al caer la tarde.
Lo que se queda en la memoria
Abadín no gira alrededor del turismo. Lo que se percibe es más cotidiano: el olor a silo cuando pasas cerca de una granja, el sonido metálico de un cubo en el patio, las campanas marcando la hora en mitad de una mañana gris.
En verano el Camino trae más movimiento y se ven matrículas de media Europa aparcadas en las calles. Aun así, el pueblo mantiene un ritmo tranquilo. Las tiendas cierran a mediodía, los tractores siguen cruzando la carretera principal y por la tarde el viento vuelve a mover los prados como si fueran agua.
Si vas, lleva siempre una chaqueta ligera, incluso en julio o agosto. La humedad y el aire de la llanura pueden enfriar rápido cuando el sol baja. Y si el día amanece con niebla —algo bastante habitual— merece la pena esperar un poco: cuando se levanta, la Terra Chá aparece poco a poco, como si alguien descorriera una cortina enorme sobre los campos.