Artículo completo
sobre Castro de Rei
Ocultar artículo Leer artículo completo
Las ocho de la mañana en el castro de Viladonga y la niebla todavía no se ha levantado del todo. Desde lo alto del cerro se distinguen los muros de piedra, unos grises, otros cubiertos de musgo, como si el tiempo hubiera ido cambiando el color de las mismas paredes. Abajo, el llano de A Terra Chá se abre sin apenas relieve: prados húmedos, líneas de árboles, alguna lagoa oscura donde la luz tarda en entrar. Se oye un gallo, luego otro. El aire huele a tierra mojada y a humo de leña.
Quien llega a Castro de Rei entiende rápido dónde está: en medio de esa llanura lucense donde el horizonte siempre queda lejos y el cielo pesa más que en otros sitios.
Entre mámoas y molinos
Castro de Rei no es un sitio que se recorra con prisa. Aquí conviene caminar un poco, desviarse por pistas agrícolas, dejar el coche en una cuneta ancha y seguir a pie.
En parroquias como Rozas o Loentia aparecen decenas de túmulos prehistóricos repartidos por los montes bajos. Muchos pasan desapercibidos si no sabes lo que miras: un bulto redondeado entre helechos, apenas un metro más alto que el terreno. Algunas de estas mámoas tienen miles de años. Cuando la tierra está mojada, la piedra interior asoma oscura y brillante.
La ruta del Azúmara sigue el curso del río y suele hacerse caminando sin dificultad. Son varios kilómetros entre bosque de ribera, prados cercados y antiguos molinos hidráulicos. Algunos están arruinados, otros todavía se conservan con la rueda y el canal de agua. De vez en cuando hay pasarelas de madera para salvar zonas encharcadas.
Si ha llovido varios días seguidos —algo bastante habitual en esta comarca— el sendero se vuelve blando y oscuro. Mejor venir con botas o calzado que no sufra con el barro.
El sabor del gallo capón
A finales de otoño, normalmente hacia octubre, el municipio celebra una feria gastronómica dedicada a la galiña de Mos y al gallo capón criado en corral. Desde temprano el olor a caldo se mete por las calles.
El caldo suele servirse muy caliente, con grelos y patatas, en tazones hondos. La superficie queda cubierta por una capa de grasa amarilla que brilla con la luz fría de la mañana. La gente come de pie o apoyada en cualquier muro, hablando del tiempo, de las fincas, de cómo vino el maíz ese año.
Además del caldo aparecen otros platos tradicionales de la zona: pan de maíz, carnes cocidas, dulces hechos con castaña cuando la temporada acompaña.
Cuando el carnaval quema el invierno
En febrero llega el Antroido, que aquí conserva un aire bastante doméstico. En lugares como Val de Francos se reúnen vecinos con disfraces hechos en casa: ropa vieja, máscaras de cartón, papel de periódico pegado con cola.
Suele haber música de tambor y alguna hoguera para espantar el frío. Si llueve —cosa probable en esta época— el barro termina formando parte de la fiesta. Los niños corren alrededor del fuego mientras los mayores conversan con un vaso de licor casero en la mano.
No es un carnaval masivo. Se parece más a una reunión de vecinos que a un desfile.
Lagoas y campanarios
A poca distancia del núcleo de Castro de Rei está la lagoa de Caque, una pequeña zona húmeda rodeada de turbera. Un sendero de tablas cruza parte del terreno encharcado y lleva hasta un observatorio de madera.
En invierno el nivel del agua suele subir y se ven aves acuáticas —ánades, fochas o alguna garza quieta entre los juncos—. En verano el borde de la laguna retrocede y aparecen las orillas negras de la turba.
El paseo es corto y tranquilo. Si sopla viento en la llanura, el sonido tapa casi todo lo demás.
Otra caminata habitual es la subida al Vía Crucis de Santa Leocadia, un camino con estaciones de piedra colocadas en la primera mitad del siglo XX. La senda atraviesa pinos y robles jóvenes y se hace en algo menos de media hora. Arriba hay una imagen del Sagrado Corazón mirando hacia la llanura de A Terra Chá. Cuando el día está despejado se aprecia bien lo plana que es esta comarca.
Cómo llegar y cuándo acercarse
En Castro de Rei se aparca con relativa facilidad en las calles cercanas al centro. Los días de mercado la plaza se anima más de lo habitual y conviene llegar temprano si quieres dejar el coche cerca.
El castro de Viladonga merece una visita con tiempo: lo mejor es recorrer la muralla caminando despacio y luego entrar al museo para entender cómo era el asentamiento. A primera hora de la mañana suele haber menos gente y la luz sobre el llano es distinta.
Si buscas tranquilidad, evita los días de fiestas grandes del municipio, cuando llegan verbenas y las calles se llenan hasta tarde. Y si el plan incluye rutas por las mámoas o por el Azúmara, mete siempre unas botas en el maletero: en Terra Chá el barro aparece cuando menos lo esperas.