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sobre A Peroxa
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A primera hora, cuando aún hay algo de humedad en el aire, el valle aparece cubierto por una luz blanca que se desliza por las laderas. Las viñas dibujan líneas torcidas en la pendiente y entre ellas asoman manchas oscuras de robles y castaños. El turismo en A Peroxa empieza casi siempre así: con silencio, con caminos estrechos y con la sensación de que todo está un poco disperso.
El municipio no se organiza alrededor de una gran plaza ni de un casco antiguo compacto. Aquí el territorio se reparte en parroquias y aldeas separadas por pequeñas carreteras, huertas y monte bajo. A veces pasas varios minutos conduciendo sin ver más que muros de piedra y viñas antes de encontrar el siguiente grupo de casas.
En el núcleo principal se levanta la iglesia de Santa María Magdalena, un templo que suele situarse hacia el siglo XVI. El campanario sobresale entre tejados bajos y, cuando suenan las campanas, el eco baja por las laderas hacia el valle. Desde allí salen carreteras secundarias hacia aldeas como Vilar de Vacas o Tamallancos. Las casas mantienen la estructura habitual de esta zona: piedra oscura, vigas de madera, ventanas pequeñas que protegen del frío del invierno. Los hórreos aparecen aquí y allá, levantados sobre patas de granito, y los cruceiros marcan cruces de caminos que llevan siglos utilizándose.
Caminar entre viñas y robles
No hay demasiada señalización ni rutas oficiales muy claras. Muchos caminos son pistas agrícolas que conectan fincas o aldeas. Algunos tramos se estrechan tanto que la vegetación termina rozando los hombros.
El terreno suele ser llevadero, aunque las cuestas aparecen sin avisar. Hay zonas con piedra suelta y curvas cerradas donde conviene bajar el ritmo. Lo bueno es que caminar despacio aquí tiene sentido: la luz cambia constantemente entre los árboles y en otoño el suelo se cubre de hojas ocres y rojizas que crujen bajo las botas.
Llevar el recorrido descargado en el móvil o un mapa offline puede evitar rodeos largos. No es raro perder un desvío entre viñas.
Moverse entre parroquias
Sin coche, desplazarse por A Peroxa resulta complicado. Las aldeas están separadas y el transporte público no suele conectar todos los núcleos con frecuencia. Lo habitual es moverse en vehículo propio y después caminar por los caminos que salen desde cada pueblo.
En algunos puntos altos se abren vistas hacia el valle del Sil. El río aparece al fondo, ancho y tranquilo, con laderas cultivadas en terrazas. Cerca de una formación rocosa conocida como Castelo da Rocha hay también una pequeña capilla dedicada a San Roque, colocada en un lugar donde el viento suele soplar con fuerza.
Lo que se come en las casas
A la hora de comer, lo que manda es el producto de la zona. En muchas casas todavía se curan embutidos o se elaboran vinos tintos en pequeñas cantidades. También aparecen postres donde la castaña tiene protagonismo, sobre todo cuando llega el frío.
No es un lugar donde todo esté pensado para quien llega de fuera. A veces lo más sensato es preguntar qué se está preparando ese día o qué se ha cocinado tradicionalmente en la zona. El vino suele venir de viñedos cercanos de la Ribeira Sacra, cultivados en pendientes que obligan a trabajar casi todo a mano.
Fiestas y vendimia
Las celebraciones siguen el calendario religioso y agrícola. La fiesta de Santa María Magdalena suele organizarse alrededor del 22 de julio y reúne a vecinos de otros municipios de la zona.
En otoño llega la vendimia. Durante esos días se ven tractores cargados de cajas de uva y cuadrillas trabajando entre las cepas desde primera hora de la mañana. Es uno de los momentos en que mejor se entiende la relación del municipio con la tierra.
Un paisaje más que un monumento
A Peroxa no se visita para tachar monumentos de una lista. No hay un centro histórico concentrado ni museos grandes. Lo que aparece son fragmentos: una fuente vieja al final de una calle estrecha, bancales de piedra cubiertos de musgo, caminos que bajan hacia pequeñas huertas.
También quedan restos antiguos como el castro del Castelo da Rocha, donde todavía se distinguen formas circulares en el terreno que recuerdan antiguos asentamientos.
Aquí la visita suele consistir en caminar, detenerse, escuchar. A veces lo único que se oye es el zumbido de los insectos o un perro ladrando a lo lejos.
Cuándo venir y qué tener en cuenta
La primavera y el otoño suelen ser los momentos más agradecidos para recorrer la zona. En primavera todo huele a tierra húmeda y hierba recién crecida. En otoño las viñas cambian de color y las mañanas tienen una niebla baja que tarda en levantarse.
El verano trae días largos y bastante luz, aunque conviene evitar caminar a pleno sol en las horas centrales. En invierno los días son cortos y los caminos pueden volverse resbaladizos después de la lluvia, así que un calzado con buen agarre marca la diferencia.
Las distancias engañan en el mapa. Una carretera que parece corta puede esconder varias cuestas seguidas. Si aparcas cerca de fincas o caminos agrícolas, es buena idea asegurarse de no bloquear el paso a quien esté trabajando.
Con unas pocas horas basta para hacerse una idea del lugar: acercarse al núcleo de la iglesia, conducir hasta alguna aldea cercana y caminar un tramo entre viñas. Si tienes más tiempo, lo mejor es dejar el coche en un pueblo pequeño y seguir los caminos sin demasiada prisa. A Peroxa se entiende así, paso a paso, con el ruido del valle muy lejos.