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sobre Xunqueira de Espadanedo
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El olor a barro mojado sale de un taller cuando empujas la puerta de madera. Es media mañana y el torno gira despacio, con ese zumbido suave que se mezcla con el silencio del valle. Fuera, la niebla baja del Monte Medo y se queda enganchada entre los castaños. Xunqueira de Espadanedo es uno de esos lugares donde el ritmo se baja solo, casi sin darte cuenta, antes incluso de apagar el motor del coche.
Las calles son cortas, con casas de piedra que conservan portales anchos y ventanas pequeñas. A primera hora apenas se oye nada: algún coche que pasa, un perro que ladra al fondo del pueblo, el sonido metálico y hueco de una persiana que se levanta.
La piedra oscura del monasterio
La iglesia del antiguo monasterio de Santa María aparece al girar una curva del casco antiguo. No hay una gran entrada ni una plaza monumental que la anuncie: simplemente está ahí, con sus muros de piedra oscura y el campanario asomando sobre los tejados.
Cuando ha llovido —algo frecuente en esta zona— el musgo se vuelve de un verde intenso y cubre las juntas de la piedra. Al acercarte se notan las irregularidades del muro, las marcas de siglos de humedad y frío.
Dentro la luz es tenue. Huele a cera, a madera vieja, a iglesia que se ha usado durante generaciones. El retablo mayor, tallado y dorado, concentra casi toda la luz que entra por las ventanas altas. Algunas pinturas y tallas se atribuyen a talleres activos en Galicia a finales del siglo XVI, aunque la iglesia ha pasado por varias reformas con el tiempo.
Si encuentras el claustro abierto, entra un momento. Los arcos se repiten uno tras otro y el suelo suele estar fresco incluso en verano. A media tarde, cuando el sol entra bajo, la piedra toma un tono dorado muy suave.
Castaños y memoria del otoño
Alrededor del pueblo hay castaños en casi todas las laderas. En otoño el suelo se cubre de hojas grandes y erizos abiertos, y el olor a humo aparece en muchas chimeneas.
En la comarca las castañas han sido durante siglos parte básica de la cocina. Todavía se preparan guisos donde se mezclan con legumbres o carne, sobre todo cuando empieza el frío. Algunas casas también hacen dulces de castaña, a veces con un toque de aguardiente.
En esas semanas el pueblo suele moverse un poco más que de costumbre. Aparecen puestos, humo de asadores improvisados y gente que viene de otras aldeas cercanas a comprar o a charlar un rato en la plaza.
La subida al Monte Medo
Detrás del pueblo salen varios caminos que suben hacia el Monte Medo. El terreno es de tierra rojiza y, después de llover, se pega bastante a las botas.
El sendero atraviesa zonas de castaños y robles. En algunos tramos aparecen antiguas construcciones de piedra relacionadas con la conservación de nieve o hielo, usadas hace siglos cuando el frío del invierno se almacenaba para otros meses del año.
Arriba el paisaje cambia. El valle de Terra de Caldelas se abre poco a poco y las casas de Xunqueira quedan pequeñas, con el río serpenteando entre parcelas y montes. Cuando el día está claro se ven varias sierras alrededor, una detrás de otra, cada vez más azuladas.
Conviene subir con calma y con agua, sobre todo en verano. La sombra no siempre acompaña durante todo el recorrido.
El barro que sigue girando
La alfarería forma parte de la historia del pueblo. Todavía se conservan tornos antiguos y hornos tradicionales que explican cómo se trabajaba el barro en esta zona.
La arcilla que se utiliza aquí suele tener un tono rojizo y a veces pequeñas partículas brillantes. Antes de trabajarla se deja reposar durante bastante tiempo para que gane plasticidad. Luego viene el torno, el secado lento y finalmente la cocción.
Las piezas más comunes han sido siempre utilitarias: cántaros, fuentes, recipientes para el agua o para la cocina. Objetos pensados para usarse todos los días, no para quedarse en una estantería.
Cuándo venir
Xunqueira es un pueblo pequeño y tranquilo la mayor parte del año. En verano llegan más coches y bicicletas, sobre todo los fines de semana, cuando las rutas de montaña de la zona se llenan un poco más.
Si buscas caminar por el casco antiguo con calma, las primeras horas de la mañana funcionan mejor. A esa hora el aire todavía huele a humedad del monte y apenas hay movimiento en la plaza.
Al caer la tarde el pueblo cambia: se oyen conversaciones en las puertas de las casas, alguna campana del monasterio y el eco de los pasos sobre la piedra. La luz baja muy despacio por las fachadas y el valle empieza a llenarse de sombra. Aquí ese momento dura más de lo que parece. Y se nota.