Artículo completo
sobre Celanova
Ocultar artículo Leer artículo completo
Celanova es de esos sitios que te recuerdan por qué no te hiciste historiador: porque aquí todo parece tener una fecha detrás. El 936, por ejemplo, cuando un tal San Rosendo decidió que aquel valle del Alto Miño era buen sitio para levantar un monasterio. Lo curioso es que todavía hoy el turismo en Celanova —y, en realidad, la vida del pueblo— sigue girando alrededor de ese edificio. Más de mil años después, todo pasa más o menos por ahí. Como si el tiempo se hubiera quedado enganchado en la Edad Media… pero con WiFi.
El monasterio que se tragó el pueblo
Entras en Celanova y lo primero que ves es el Monasterio de San Salvador. No porque sea el edificio más alto de Galicia ni nada por el estilo, sino porque ocupa lo que ocuparía un centro comercial en cualquier otro sitio: prácticamente todo el centro.
Además, el edificio ha tenido más vidas que un gato. Nació como monasterio, luego pasó por usos civiles, durante bastante tiempo funcionó como instituto y también tuvo etapa de cárcel tras la desamortización. Hoy es un poco de todo: dependencias públicas, iglesia, museo… y ese lugar donde acaban colgando los carteles de las fiestas del pueblo.
Si puedes, intenta subir al coro alto. Es gótico flamígero del siglo XV y suele decirse que en Galicia solo hay otro parecido en la catedral de Mondoñedo. No me atrevo a jurarlo, pero cuando estás ahí arriba, viendo ese entramado de piedra que parece casi un encaje, te preguntas cuánto tiempo dedicarían los canteros a cada detalle. Desde luego, paciencia tenían más que nosotros con el móvil.
La pequeña capilla de San Miguel
A unos metros aparece la Capilla de San Miguel, que es justo lo contrario del monasterio: pequeña, casi discreta. Mide poco más de ocho metros de largo y menos de cuatro de ancho. Dicho así suena a trastero, pero estamos hablando del siglo X.
La mandó construir San Rosendo, al parecer para su hermano Froila, y está considerada uno de los ejemplos más claros de arte mozárabe en Galicia. Cuando entras, lo que sorprende es lo recogido que es todo. Te da esa sensación de estar dentro de una caja de piedra donde cualquier ruido resuena más de lo que debería.
Aquí también aparece la típica historia del túnel secreto que uniría la capilla con el monasterio. Los vecinos lo cuentan con bastante convicción. Yo di unas cuantas vueltas por la zona intentando imaginar por dónde podría ir… y lo único que encontré fue un buen café para entrar en calor. El túnel, si existe, está bien guardado.
Cuando el pueblo se anima
Si coincides con alguna fiesta local, Celanova cambia bastante de ritmo. La Festa de San Rosendo suele celebrarse en marzo y es de las que llenan la plaza: procesiones, gaitas y mesas largas donde la comida aparece sin que nadie tenga muy claro de dónde sale.
En febrero suele haber romería por San Brais, más pequeña, muy de gente de la zona. Y en verano, normalmente en julio, llega la Festa do Emigrante. Ese momento del año en que vuelven los que llevan décadas fuera y el pueblo mezcla nostalgia con celebración. Hay abrazos que parecen durar media vida.
Paseos cerca del casco histórico
Una caminata fácil es la senda fluvial del río Arnoia. No es especialmente larga —unos cuantos kilómetros, según el tramo que hagas— y discurre entre árboles, agua tranquila y ese silencio que solo rompe algún perro que te mira como diciendo: “otro que viene a pasear por mi río”.
Por esta zona también pasa territorio del Ribeiro, así que no es raro ver viñedos si te alejas un poco del casco urbano. Algunas rutas enlazan caminos entre parroquias y zonas de cultivo. Más que una caminata de montaña, es de las que haces a ritmo tranquilo, parando a mirar el paisaje y a escuchar explicaciones sobre el vino de la zona.
Muy cerca está Vilanova dos Infantes, a un paseo corto desde Celanova. Allí queda en pie una torre medieval que es lo primero que ves al llegar. Es lo que queda de un antiguo castillo del siglo XIV que hoy sobrevive como puede, plantado en mitad del pueblo. En agosto suelen montar la Festa da Istoria, con recreaciones medievales y vecinos vestidos de época. Turístico, sí, pero se nota que la gente del pueblo se lo toma en serio.
Detalles que acaban definiendo el lugar
Celanova por la mañana huele a pan. Y en otoño, a castañas cuando empieza a caer la tarde. En la plaza siempre hay un banco ocupado por los mayores del pueblo, que te miran con curiosidad hasta que sacas conversación. En cuanto preguntas por el tiempo o por el río, ya estás dentro de la charla.
Aquí también salen dulces muy de la zona: rosco de yema, almendrados, cosas que parecen simples pero desaparecen del plato en minutos. Y luego está el licor café, que entra como si fuera chocolate líquido y te hace pensar, media hora después, que quizá deberías haber parado antes.
Hay quien dice que Carlos V llegó a considerar Celanova como lugar de retiro antes de elegir Yuste. No sé hasta qué punto es historia o tradición oral, pero la idea tiene sentido. Es un sitio tranquilo, bastante recogido, de esos que no necesitan impresionar a nadie para funcionar.
El consejo de un amigo
Yo vendría una mañana tranquila. Das una vuelta por la plaza, entras en el monasterio, te acercas a la capilla de San Miguel y luego sales a caminar un rato por el Arnoia. Después te acercas a Vilanova dos Infantes, que está al lado, y vuelves sin prisa.
Celanova no es un lugar que te tenga ocupado todo un fin de semana con mil planes. Más bien funciona como esas canciones que escuchas casi por casualidad y luego te descubres tarareando días después.