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sobre Gomesende
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El silencio de las nueve de la mañana en Gomesende no es absoluto. Lo rompe el motor diésel de un tractor arrancando, el golpe seco de una puerta de madera, el arrastre de unas botas por la gravilla. El turismo en Gomesende es escuchar eso: el sonido de un día laboral que empieza en un municipio de poco más de seiscientos habitantes, en la Terra de Celanova.
Aquí no hay un centro que visitar. La vida, y por tanto lo que se puede ver, está repartida en aldeas. Xuncedo, Rebordondelo, A Portela. Son nombres que aparecen en los carteles verdes de las carreteras secundarias, desviaciones que llevan a grupos de casas donde la piedra de los muros tiene un tono gris oscuro, casi negro en los bajos, por la humedad constante del sur de Ourense.
Aldeas, cruceiros y el agua que sigue corriendo
La iglesia parroquial de Santa María se levanta con una solidez que no busca llamar la atención. Piedra, tejado a dos aguas, un campanario. Algunas fuentes hablan del siglo XVIII, pero lo que se ve hoy es el resultado de sucesivas reparaciones, capa sobre capa, como en casi todo aquí.
Más elocuentes son los elementos que se encuentran al borde de los caminos. Cruceiros en las encrucijadas, con la piedra desgastada y los detalles apenas visibles. Y los lavaderos. En Xuncedo hay uno aún con el canal de agua fría y corriente. La piedra del pilón está hundida en el centro, pulida por décadas de roce con la ropa. Es fácil imaginar las voces que llenaban este rincón.
Un mapa vivo de muros y parcelas
El paisaje alrededor es un rompecabezas. Pequeñas parcelas delimitadas por muros de piedra seca, algunas con hierba para el ganado, otras con huerta. Robles solitarios marcan lindes. No es un paisaje espectacular; es un paisaje útil, organizado durante generaciones.
Los caminos que conectan las aldeas son pistas de tierra, a veces cemento viejo. No están señalizados para senderismo. Son vías de trabajo que también se pueden recorrer a pie, con la precaución de quien pisa un lugar donde la prioridad es otra. Después de la lluvia, el barro se pega a las botas.
La sombra grande de Celanova
A unos diez minutos en coche está Celanova. La presencia del monasterio de San Salvador es abrumadora tras la escala humana de Gomesende. Sus volúmenes grandes y el claustro perfecto marcan un contraste brutal.
En una plaza anexa, casi escondida, está la capilla de San Miguel. Es tan pequeña que cuesta creer que comparta espacio con el monasterio. La gente entra un momento, en silencio, y sale. Suele ser la parada final antes de volver.
Caminar sin un destino claro
La forma más honesta de ver Gomesende es andar sin un itinerario fijo. De una aldea a otra por esos caminos rurales. Se pasa junto a leñeras abarrotadas, gallinas sueltas, perros que ladran tras una verja. Las distancias en el mapa engañan; una curva revela otra aldea que no se veía.
En los meses cálidos, las huertas están llenas. Tomateras sujetas con cañas, matas de pimientos. A veces hay carteles escritos a mano junto a la carretera anunciando venta directa.
Fiestas: fechas variables, carácter fijo
Las fiestas patronales se concentran en los meses más cálidos. Son días en que las plazas de las aldeas se llenan de sillas plegables, mesas largas y gente que ha vuelto desde otras partes de Galicia o España. El sonido cambia: música desde un altavoz, risas más altas.
Con el otoño llega el olor a castañas asadas en las celebraciones del magosto. El humo azul se queda flotando entre las casas al atardecer. Cada parroquia lo hace en una fecha distinta; son eventos locales, no programados para quien viene de fuera.
Cuándo venir y con qué ojos
Gomesende no es un destino para marcar en una lista. Es un lugar de paso lento.
La primavera funciona bien para caminar: todo verde, los caminos firmes si no ha llovido mucho justo antes. El invierno tiene una luz baja y difusa, niebla que se engancha en los valles y un silencio casi físico. Pero es también temporada de barro y carreteras resbaladizas.
Al final, lo que queda no es una postal. Es la imagen de un hórreo con el tejado cubierto de musgo, inclinándose levemente sobre sus pies de granito. O el sonido lejano de una campana que viene de no se sabe dónde. O simplemente la sensación de haber estado en un sitio donde el tiempo se mide por las tareas del campo, no por las horas del reloj.