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sobre Monforte de Lemos
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Las campanas del Colegio de los Escolapios repican a las ocho de la mañana y el eco baja por la loma hasta el río Cabe. Desde una mesa de la plaza, con el primer café del día todavía humeando, se ve cómo el sol raspa las tejas del monasterio y va despertando la ciudad piedra a piedra. El turismo en Monforte de Lemos suele empezar así, con ese sonido metálico que marca la mañana y una luz dorada que sube despacio por la ladera del monte de San Vicente.
El cerro que lo cambió todo
Subir hasta el Pozo de San Vicente cuesta lo suyo. La cuesta empieza mansa junto a la casa consistorial, pero enseguida se vuelve una escalera de peldaños altos, de esos que obligan a bajar el ritmo.
Arriba espera el Monasterio de San Vicente del Pino. La iglesia renacentista tiene ese tono gris claro de la piedra gallega cuando ha pasado siglos mojándose y secándose. A pocos pasos se levanta la Torre del Homenaje, un bloque severo de muros muy gruesos que recuerda que aquí hubo un castillo mucho antes de que llegara el monasterio.
Hoy parte del conjunto funciona como parador, así que el acceso a algunas zonas depende de cómo esté organizado en cada momento. Si la puerta del claustro está abierta, vale asomarse un momento: el suelo de piedra guarda humedad incluso en verano y dentro suele oler a madera vieja y a cera.
Desde el borde del cerro se entiende bien la geografía de la comarca. El valle del Cabe se abre ancho, con huertas, tejados y alguna franja de viña en las laderas cercanas.
El colegio de los Escolapios
El Colegio de Nuestra Señora de la Antigua impone incluso antes de cruzar la verja. La fachada herreriana —líneas rectas, escudos de piedra, una simetría muy marcada— recuerda inevitablemente a El Escorial, aunque aquí la piedra suele aparecer manchada de musgo y humedad.
El edificio nació a finales del siglo XVI por iniciativa del cardenal Rodrigo de Castro. Con el tiempo se convirtió en uno de los centros educativos más conocidos de Galicia.
Dentro, la iglesia cambia de tono según la hora. A media mañana la luz entra de lado por las ventanas altas y dibuja manchas claras sobre el suelo. El retablo mayor es grande y oscuro, cargado de dorados que relucen cuando la luz acierta a tocarlos. Conviene entrar sin prisa: hay frescos en las bóvedas y detalles en las capillas laterales que pasan desapercibidos si uno va corriendo.
Calles estrechas y memoria judía
Bajar del cerro por la ronda del Carmen es entrar en el Monforte más cotidiano. Las calles se estrechan, las casas se acercan unas a otras y a ciertas horas del día el aire trae olor a leña o a caldo que sale por alguna ventana entreabierta.
En esta parte del centro quedan huellas de la antigua comunidad judía. No hay grandes carteles que lo expliquen, pero sí portadas de piedra con símbolos tallados y un trazado de calles angostas que recuerda el barrio que existió aquí durante la Edad Media.
Al mediodía el ambiente cambia: conversaciones en gallego, platos que llegan humeando a las mesas y vasos de mencía de la Ribeira Sacra. En invierno es fácil encontrar botelo, el embutido típico de la zona, que suele servirse cocido con patatas y grelos. Es comida contundente, de la que se agradece después de una mañana caminando cuesta arriba.
Cuándo compensa (y cuándo no)
Monforte cambia bastante según la época del año.
A mediados de agosto llegan las fiestas de la Virgen de Montserrat y el centro se llena de música, verbenas y gente que vuelve al pueblo por unos días. Hay ambiente hasta tarde y cuesta más aparcar cerca.
Si prefieres recorrerlo sin aglomeraciones, junio suele funcionar bien: los días son largos, todavía no aprieta demasiado el calor y el ritmo es más tranquilo. En otoño aparece otro olor en el aire, el del mosto y la vendimia en las bodegas cercanas.
En invierno la niebla sube muchas mañanas desde el río Cabe y se queda enganchada en la ladera del monasterio. Hay menos movimiento en la calle y algunas persianas bajadas, pero la ciudad tiene un silencio particular que también forma parte de su carácter.
Cuando apetezca salir un rato del asfalto, basta con coger el coche y conducir alrededor de media hora hacia el sur, hasta la zona de Doade. Allí salen embarcaciones que recorren el cañón del Sil entre paredes de pizarra y viñedos plantados en bancales imposibles.
Después, al volver a Monforte y ver otra vez la torre recortada en lo alto del cerro, se entiende por qué ese punto fue elegido hace siglos para vigilar todo el valle. Aquí arriba se ve llegar el día mucho antes que en el fondo del río.