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sobre Pantón
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Con el turismo en Pantón pasa algo curioso: la primera vez casi siempre te lo saltas. No es culpa tuya. El GPS te mete por la LU‑903 como si siguieras hacia Ourense y, de repente, aparece un desvío discreto con un “Pantón 2 km”. Lo tomas casi por reflejo. Empiezan las curvas, el Sil aparece abajo como un espejo largo y por un momento piensas que te has metido en un camino privado. Pero no. Ese es el truco de Pantón: parece que no está ahí… hasta que ya estás dentro.
Un municipio pequeño con más románico del que esperas
Pantón no es grande. Si miras el mapa parece un término municipal bastante normal para Galicia, pero dentro guarda algo curioso: varias iglesias románicas repartidas por parroquias y aldeas, hasta nueve si haces el recuento completo.
Es un poco como cuando abres un cajón que parecía vacío y empiezan a salir cosas.
Una de las más conocidas es Santo Estevo de Atán. Llegas por una carretera estrecha que va bajando hacia el Sil, aparcas donde buenamente puedes y te encuentras la iglesia ahí plantada, con su portada románica mirando al valle. El entorno tiene algo muy gallego: humedad, piedra oscura, silencio y ese olor a iglesia antigua que mezcla cera, madera y siglos.
A pocos kilómetros está también el Monasterio del Divino Salvador de Ferreira, que es otra liga. El claustro renacentista contrasta bastante con el paisaje rural que lo rodea, como si alguien hubiera colocado allí un patio de otra época. Hoy lo ocupa una pequeña comunidad religiosa y, según cuentan por el pueblo, a veces preparan dulces de almendra que la gente compra directamente allí. No siempre hay, pero cuando coincide suele acercarse bastante gente de la zona.
Subir a Pena Pombeira y entender cómo funciona el valle del Sil
La subida a Pena Pombeira entra en esa categoría de rutas que alguien te describe como “un paseo” y luego resulta que te hace sudar más de lo previsto. No es larguísima, pero pica hacia arriba lo suficiente para notar las piernas.
Arriba hay un mirador sencillo, sin demasiada escenografía, y casi mejor así. Desde ahí el Sil se ve como una curva enorme encajada entre laderas muy empinadas. Los viñedos aparecen en bancales que parecen escaleras gigantes bajando hacia el agua.
Cuando ves a alguien trabajando allí abajo entiendes por qué en la Ribeira Sacra hablan de viticultura heroica. Suena a eslogan, pero la pendiente explica bastante bien el término.
Si te quedas un rato es fácil ver aves grandes aprovechando las corrientes del valle. Y también es bastante probable que aparezca algún senderista extranjero con bastones adelantándote mientras tú finges que te has parado a hacer fotos.
Ferreira de Pantón cuando el pueblo se junta
El movimiento suele concentrarse en Ferreira de Pantón, que funciona un poco como centro del municipio. Cuando hay feria o fiestas el ambiente cambia bastante: puestos de comida, mesas improvisadas y gente que llega de parroquias cercanas.
Por allí aparece a menudo el queixo de Pantón, un queso de vaca blando, con un punto ácido que entra fácil con pan o con unos cachelos. Y, claro, pulpo preparado en las calderas grandes de siempre, cortado rápido y con el pimentón cayendo sin demasiado miedo.
Por la tarde la plaza se llena de sillas plegables, música y vecinos que se conocen entre todos. Si te quedas un rato acabas hablando con alguien que te explica cuándo empieza la vendimia o cómo viene el año de vino en las cooperativas de la zona. Aquí el vino forma parte del paisaje tanto como el río.
Cómo moverse por Pantón sin volverse loco
Llegar desde Monforte de Lemos es lo más sencillo. La N‑120 pasa cerca y desde ahí salen varios desvíos hacia el valle del Sil y hacia Ferreira.
Para recorrer iglesias o aldeas lo más práctico es el coche. Están bastante dispersas y las carreteras son de las que obligan a ir con calma. Aparcar normalmente no es problema salvo en algún punto muy concreto del río en fin de semana.
Un detalle que conviene saber: en varias zonas del valle la cobertura del móvil falla bastante. No es drama, pero el mapa tarda en cargar y los mensajes llegan cuando quieren. Tómatelo como excusa para bajar el ritmo.
Si puedes elegir época, primavera y principio de otoño suelen sentarle bien al paisaje: viñedos verdes, ríos con agua y menos movimiento que en pleno verano.
Pantón, ese sitio que no intenta impresionar
Pantón no juega a ser un destino de postal. No tiene paseo marítimo, ni tiendas de recuerdos, ni un casco histórico que se recorra en diez minutos.
Lo que tiene es otra cosa: iglesias románicas desperdigadas por aldeas, un tramo del Sil que impone bastante cuando lo miras desde arriba y una vida rural que sigue su ritmo.
Es un poco como ese compañero de trabajo callado que al principio pasa desapercibido y luego descubres que sabe de vino, toca la guitarra y guarda historias interesantes. Pantón funciona así: no levanta la voz, pero cuando pasas un día recorriéndolo entiendes por qué mucha gente vuelve.