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sobre Sober
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Las primeras luces del día se cuelan entre los sarmientos desnudos y dibujan sombras de cebra en la ladera. Desde el mirador de Santiorxo, el Sil se ve como un hilo de mercurio entre los cantiles. Abajo, en los bancales de pizarra, los viñedos de Amandi se agarran a pendientes que parecen imposibles. Es enero. El viento que sube desde la garganta del Cabe trae olor a tierra mojada y a mosto guardado.
Sober forma parte de la Terra de Lemos y de ese tramo de la Ribeira Sacra donde el río obliga a cultivar en vertical. Viven algo más de dos mil personas repartidas en parroquias y aldeas que aparecen entre viñas, soutos de castaños y pequeños caminos de pizarra. El ritmo aquí lo marca la viña, el tiempo y el Sil al fondo.
El vino que se bebe en vertical
La Ribeira Sacra empieza a sentirse con fuerza en Sober. No es un paisaje amable de colinas suaves. El terreno se corta de golpe y los viñedos quedan suspendidos sobre el cañón.
Los muros de piedra seca sostienen apenas un puñado de tierra. Muchos fueron levantados a mano, pieza a pieza, para que las cepas no se deslizaran ladera abajo. Caminar por la zona entre Doade y Neiras ayuda a entender lo que significa la llamada viticultura heroica. Cada tramo es un escalón. Cada fila de viñas obliga a mirar dónde pisas.
En primavera suele celebrarse la Festa do Viño Amandi. Las aldeas se llenan de gente y de gaitas. Si vienes esos días conviene llevar buen calzado: el musgo de los muros y la humedad del río hacen que la piedra resbale.
Cuando las piedras hablan de pan y de brujas
En Proendos, la iglesia románica de San Vicente guarda un rosetón con una estrella de seis puntas. Los vecinos la llaman “la de David”. Nadie parece tener una explicación clara y el tema aparece en muchas conversaciones del pueblo.
Las piedras aquí cuentan más cosas. Antes de la iglesia hubo un castro. A comienzos de febrero se bendice el pan en honor a San Blas para que no falte en todo el año. También circula una historia antigua sobre una mujer acusada de brujería por saber demasiado de hierbas.
Desde el pueblo sale una ruta hacia varios petroglifos escondidos entre carballos. Uno de los paneles tiene decenas de pequeñas cazoletas talladas en la roca. No está claro para qué servían. Al caer la tarde la luz entra baja entre los troncos y las hendiduras se llenan de sombra.
El recorrido ronda los tres kilómetros y tiene bastante subida y bajada. Conviene llevar agua porque en el camino no suele haber fuentes.
El santuario inacabado de Cadeiras
A unos ocho kilómetros del núcleo de Sober aparece el santuario de la Virgen de Cadeiras. El edificio barroco quedó sin terminar. Algunas cornisas se interrumpen y la fachada parece quedarse a medias, como si alguien hubiera dejado las herramientas apoyadas y no hubiera vuelto.
A principios de septiembre suele celebrarse aquí una romería muy concurrida en la zona. La carretera se llena de coches antiguos, tractores y familias que suben desde Monforte y las parroquias cercanas. El día mezcla misa, comida al aire libre y muchas botellas de vino de la última vendimia.
El interior del santuario no siempre está abierto. A veces algún vecino o voluntario se encarga de enseñarlo cuando hay gente alrededor. Si coincide, suele explicar un detalle curioso: la imagen de la Virgen tiene las manos huecas, como si en algún momento hubiese sostenido algo que hoy ya no está.
Otoño entre castañas y fraga
Noviembre cambia el tono de Sober. Los miradores del Sil quedan mucho más tranquilos y el pueblo recupera su ritmo habitual. En las aldeas se oye partir leña y el aire trae olor a humo y a setas.
Durante el magosto, cada parroquia enciende su propia hoguera. Se asan castañas de los soutos cercanos y se bebe vino novo que todavía raspa un poco en la garganta.
Quien duerma en el casco de Sober o en alguna casa rural de las parroquias cercanas puede madrugar y salir a caminar cuando el valle aún está cubierto de niebla. En miradores como Boqueiriño o el Cabo do Mundo se ve cómo el río aparece poco a poco entre la bruma, como si estuviera respirando.
Cuándo ir y qué conviene saber
Octubre suele dar una de las luces más limpias sobre los viñedos. Las hojas del mencía cambian a tonos rojos y el sol entra bajo por el cañón del Sil.
En pleno agosto el ambiente es distinto. Los miradores se llenan de coches y a veces llegan autobuses. Si buscas silencio, mejor venir entre semana o en meses menos concurridos.
Si bajas hacia la zona del río en coche, en aldeas como Doade es más práctico dejarlo en las zonas abiertas junto al pueblo y continuar andando por las pistas que descienden hacia el Sil. Las carreteras son estrechas y el desnivel se nota. Caminar el último tramo suele ser más sencillo que intentar girar allí abajo.