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sobre Meira
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El turismo en Meira suele empezar por el mismo punto: el Pedregal de Irimia, donde se sitúa tradicionalmente el nacimiento del Miño. Está a más de setecientos metros de altitud y no tiene nada de monumental. El agua aparece entre cantos rodados, musgo y helechos, apenas un hilo que empieza a correr cuesta abajo. Aun así, el lugar ayuda a entender por qué los monjes del Císter eligieron este valle en 1142: el río aseguraba agua y camino; el entorno, la soledad que buscaban.
El monasterio que dibujó el pueblo
La iglesia de Santa María es uno de los ejemplos más claros en Galicia del románico de influencia borgoñona que introdujeron los cistercienses. No busca imponerse. Es un edificio sobrio, con la lógica constructiva de una orden que desconfiaba del exceso. Dentro se organizan tres naves separadas por columnas; las bóvedas de crucería se añadieron ya en el siglo XIII. En el ábside quedan restos de pintura mural.
La consagración de la iglesia, en 1258, fue un acontecimiento relevante para la zona. El obispo Martín de Lugo reunió aquí a buena parte de la nobleza lucense. Durante siglos el monasterio marcó la vida del valle.
Todo cambió en 1835 con la Desamortización. Los monjes abandonaron el cenobio y el conjunto perdió su función original, pero el trazado del pueblo sigue girando alrededor de ese recinto. En la plaza aún se reconocen algunas arcadas del antiguo claustro renacentista, hoy integradas en el edificio del ayuntamiento. No son muchas, aunque ayudan a imaginar la escala que tuvo el monasterio.
Treinta y ocho aldeas y una capital
El municipio de Meira ocupa algo menos de cincuenta kilómetros cuadrados y se reparte en decenas de aldeas y pequeños lugares. La villa actúa como centro administrativo y comercial, pero la vida histórica del territorio siempre estuvo dispersa: capillas, cruceiros, casas aisladas entre prados.
La altitud media ronda los quinientos metros y el relieve es suave, aunque en los alrededores hay cumbres más altas. El Pico do Forno de Martín se acerca a los mil metros y, cuando el día está despejado, permite ver el valle del alto Miño y el mosaico de prados donde todavía se cría ganado. La subida exige algo de esfuerzo, pero el camino no tiene dificultad técnica.
Cuando el río era camino
Antes de que existieran las carreteras actuales, el Miño también funcionaba como vía de comunicación. Por el valle circulaban madera, piedra y mercancías hacia otras zonas de Lugo. Los peregrinos que atravesaban esta parte de Galicia solían seguir el curso del río.
Hoy un pequeño paseo fluvial recorre parte de ese entorno. Es un camino corto y tranquilo que acompaña al agua entre alisos y prados húmedos. Todo este territorio forma parte de la Reserva de la Biosfera Terras do Miño, reconocida por la UNESCO a comienzos de este siglo.
El Pedregal de Irimia queda a pocos kilómetros de la villa. Se llega por pista forestal con una caminata sencilla. Allí no hay grandes estructuras ni centros de interpretación: una señal discreta y el sonido constante del agua que empieza su recorrido hacia el Atlántico.
La malla y el tiempo
A finales de agosto Meira cambia de ritmo durante unos días con la Festa da Malla, una celebración que recuerda cómo se trillaba el cereal antes de la mecanización. Caballos y mulas pisan la paja sobre la era mientras los vecinos reproducen el trabajo tal como se hacía en las casas del entorno.
Más que una recreación pensada para quien llega de fuera, funciona como memoria colectiva. Muchas de las personas que participan crecieron viendo ese trabajo en las aldeas.
El resto del año el ambiente es tranquilo. En invierno las nieblas se quedan a menudo en el fondo del valle hasta media mañana. En las panaderías locales todavía se preparan recetas muy asociadas al lugar, como la empanada de manzana hecha con masa de pan o la conocida “bola de liscos”, rellena de panceta.
Cómo llegar y qué llevar
Meira está en el norte de la provincia de Lugo, conectada por carreteras comarcales que atraviesan zonas de monte y prados. El acceso más habitual es por la LU‑540.
Para acercarte al Pedregal de Irimia o caminar por los senderos de los alrededores conviene llevar calzado cerrado. El tiempo cambia con rapidez en esta parte de Galicia y un chubasquero ligero suele acabar siendo útil, incluso en días que empiezan despejados. Y, sobre todo, ir sin prisa: el ritmo del lugar sigue siendo lento.