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sobre Ribeira de Piquín
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Hay pueblos donde el GPS empieza a dudar. A mí me pasó al llegar a Ribeira de Piquín. El coche seguía, pero el mapa parecía pensar otra cosa. Al final aparecí en Chao de Pousadoiro, la capital del municipio. Capital suena grande, pero aquí es más bien un cruce con ayuntamiento. Y funciona. Es como cuando vas a casa de un amigo y la puerta está sin cerrar. Pasas y ya está.
El lugar donde las casas se agarran al monte
Ribeira de Piquín tiene algo más de quinientos vecinos repartidos por un territorio grande. La gente vive dispersa. Casas aquí, prados allá, otro caserío al fondo del valle. A veces conduces varios minutos sin cruzarte con nadie.
Eso cambia el ritmo. El silencio por la noche es serio. La primera vez incluso cuesta dormir. Luego te acostumbras.
Las cubiertas de pizarra brillan cuando llueve. Y aquí llueve con frecuencia. Alrededor hay hayas, robles y prados muy verdes. Nada de postal preparada. Es el paisaje de todos los días. Una vaca en la ladera. Un vecino subiendo leña en un coche veterano. Humo de chimenea cuando cae la tarde.
Calaveras en la iglesia
La iglesia de San Xoán de Baos parece normal al llegar. Piedra, pórtico y tranquilidad. Pero si levantas la vista ves algo raro. Hay varias calaveras humanas talladas en la entrada.
Suelen fecharse en la Edad Media. La explicación que escuché es sencilla. Recordaban a la gente que la vida pasa rápido. Nada oscuro ni misterioso. Era una forma directa de decirlo.
En Vilarpescozo nació Juan Antonio Lombardero. Fue relojero en el siglo XVIII. Ideó un mecanismo para que las campanas marcasen las horas solas. Así lo cuentan en el municipio. Hoy queda la casa familiar y la historia.
Caminar junto al Eo
Aquí el plan más lógico es caminar. El río Eo manda en el paisaje. Muchas rutas siguen su curso o suben por los montes cercanos.
Una de las caminatas lleva a la Fervenza dos Portelos. El sendero atraviesa bosque húmedo. Al final aparece la cascada. El agua cae en una poza muy fría. Lo notas en cuanto metes un pie.
También se puede subir hacia Pena de Millares. El camino pasa entre robles y claros de monte. Desde arriba el valle del Eo se abre bastante. El río parece una cinta verde en el fondo.
Otro paseo sencillo sigue el río hasta un molino antiguo. Aún conserva la piedra de moler. Sirve para imaginar cómo funcionaban estas aldeas hace no tanto.
Si prefieres algo sin rumbo fijo, basta seguir la orilla del Eo. Caminas lo que te apetezca y luego das la vuelta. El río siempre queda cerca.
Lo que se come cuando llega el frío
En esta zona la comida sigue el calendario del campo. En otoño aparecen las castañas. Cuando llega el magosto se asan en grupo. También hay chorizo y vino de la casa.
El queso suele ser de vaca. Sabe a leche de aquí, sin muchas vueltas. Las filloas aparecen en muchas mesas. Son finas y rápidas de comer. Con café entran solas.
A veces pasa algo muy de aldea. Te cruzas con alguien que lleva un cesto de verduras. Preguntas de dónde salen. La conversación se alarga un poco. No sería raro que acabes llevándote un par de patatas o unas berzas.
Mi impresión de Ribeira de Piquín
Ribeira de Piquín no es un sitio de lista rápida. Aquí pasan cosas pequeñas. El olor a leña por la mañana. El sonido del río al fondo. El saludo de alguien que no te conoce.
En medio día puedes ver lo principal. Pero el lugar se entiende mejor sin prisa. Caminas un rato, paras, vuelves al coche.
Trae buen calzado. Y no te fíes mucho del móvil. La cobertura aparece y desaparece. Curiosamente, eso también forma parte del viaje. Aquí el tiempo no corre mucho. Y a veces se agradece.