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sobre Sobrado
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Las campanas del monasterio dan las siete cuando todavía la niebla cubre el valle. Desde el portón de la hospedería se adivina la lámina de agua de la laguna, quieta, con ese gris mate que tienen las mañanas de interior en Galicia. Un hermano cisterciense atraviesa el claustro con pasos lentos; el hábito negro roza la gravilla. En Sobrado, el día suele empezar antes de que el sol consiga romper la bruma.
La piedra que vio pasar mil años
El monasterio de Santa María se levanta en medio de un llano, rodeado de eucaliptos que se mueven con un murmullo constante cuando corre el aire. Sus torres barrocas —las que muchos reconocen desde la autovía cuando cruzan esta parte de A Coruña— se levantaron en el siglo XVIII. Se atribuyen a Pedro de Monteagudo, el mismo arquitecto que trabajó en el monasterio de Poio. Aquí la piedra se ve más apagada, de un gris que cambia con la humedad.
La iglesia suele permanecer abierta buena parte del día. Se entra sin prisa, casi siempre con silencio alrededor. Dentro huele a cera y a madera antigua. La luz cae desde lo alto del crucero y dibuja manchas claras sobre el suelo oscuro. Si te quedas un momento quieto, se oye el eco leve de los pasos en el claustro y, a veces, el tintinear de unas llaves.
Durante siglos este lugar funcionó también como hospedería para caminantes y peregrinos. Hoy la comunidad es pequeña, pero el monasterio sigue habitado. A ciertas horas del día el acceso a algunas zonas se cierra porque los monjes rezan. Si pasas cerca en ese momento, el canto gregoriano se escapa por la puerta entreabierta y se mezcla con el viento que entra desde el patio.
El agua que nace donde no debía
A unos tres kilómetros del núcleo está la laguna de Sobrado. No es natural: la crearon los propios monjes entre los siglos XVI y XVII para almacenar agua y regar las tierras del monasterio. Con el tiempo el lugar acabó convertido en un humedal amplio, rodeado de juncos y prados, donde empieza a formarse el río Tambre.
Por la mañana la superficie suele quedarse lisa como metal. Solo se rompe cuando pasa una focha o cuando el viento baja desde el monte. En primavera se oyen mirlos y ranas entre los sauces. En verano aparecen nenúfares en algunas orillas y también bastantes mosquitos.
Una senda rodea la laguna. Si haces el recorrido completo salen varios kilómetros de paseo tranquilo entre hierba alta, piedras cubiertas de musgo y algún embarcadero de madera. A ratos te cruzas con gente pescando o con vecinos que vienen a caminar al atardecer. Si ha llovido, el barro se pega bien a las botas.
El campamento que aún no ha terminado de contar
Detrás del monasterio sale una pista forestal que sube poco a poco entre pinos y brezos. Arriba está A Ciadella, uno de los campamentos romanos excavados en Galicia. No es un recinto monumental ni tiene grandes estructuras visibles: lo que se ve son tramos de muralla, líneas de piedra y el dibujo del campamento sobre el terreno.
Las excavaciones llevan años avanzando por fases. En verano suele haber equipos trabajando y parcelas delimitadas con cuerdas. De la tierra han ido saliendo tejas romanas, monedas y fragmentos de lámparas de aceite. El conjunto permite imaginar cómo se organizaba un destacamento militar en esta zona del interior.
Desde la parte alta del recinto el valle se abre entero: el monasterio queda reducido a un bloque claro entre prados, la laguna aparece como un óvalo de agua entre los campos y, a lo lejos, se intuye el paso de la autovía. El viento trae olor a resina y a ganado. Cuando no pasa nadie por la pista, lo único que suena es el zumbido de los pinos.
Cuándo venir y cuándo huir
Las fiestas de San Pedro, a finales de junio, suelen llenar el pueblo durante unos días. Hay orquestas, mesas en la plaza y coches aparcados donde buenamente caben. Si buscas calma alrededor del monasterio o de la laguna, es mejor venir entre semana en primavera o a comienzos de otoño.
En esas fechas la luz dura más horas y por la mañana aparece una niebla baja que huele a hierba mojada. Caminar alrededor de la laguna entonces tiene otro ritmo: menos gente, más pájaros, el agua casi inmóvil.
Sobrado también recibe peregrinos que llegan caminando hacia Santiago por rutas del norte. Se nota sobre todo en verano, cuando aparecen mochilas en la plaza y gente descansando a la sombra de los muros del monasterio.
Para llegar en coche, lo más sencillo es entrar por las carreteras comarcales que cruzan la Terra de Melide. Los últimos kilómetros pasan entre robles, prados y granjas de vacas. Junto al monasterio hay una explanada donde suele poder aparcarse; si se llena, el pueblo es pequeño y se recorre andando en pocos minutos.
Antes de irte, merece la pena acercarse otra vez al borde de la laguna o quedarse un momento en la plaza del monasterio. Baja la ventanilla del coche y escucha. Las campanas vuelven a marcar la hora, igual que al amanecer. Solo que ahora el valle ya está despierto.