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sobre Monterroso
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La niebla baja por la Ulloa como un mantel gris sobre las cuadras y los prados. Amanece. Las vacas frisonas no se inmutan, siguen masticando mientras Monterroso despierta con olor a leche recién ordeñada y a pan de hogaza que aún se cuece en algunas casas. A esa hora apenas pasan coches por la carretera y el aire tiene esa humedad fría que se queda en las manos.
El turismo en Monterroso se encuentra primero con eso: prados abiertos, granjas dispersas y un ritmo de mañana que depende de ordeños y tractores.
La torre entre robles de San Miguel das Penas
A unos pocos kilómetros del casco urbano, entre robles y prados que en verano se vuelven amarillos, aparece la torre de San Miguel das Penas. No se ve hasta que estás cerca; el camino se mete entre árboles y asoma la piedra gris por encima de las copas.
El conjunto mezcla épocas. La base de la torre parece más antigua que las partes superiores, añadidas cuando la fortificación pasó a funcionar como pazo rural. Los escudos en la fachada recuerdan a varias familias de la zona.
Dentro se conservan restos de pinturas murales. No siempre se pueden ver —depende del acceso— pero cuando están abiertas llaman la atención por lo poco restauradas que parecen: colores apagados, figuras borrosas, como si la humedad hubiera pasado décadas posándose sobre ellas.
Conviene ir con margen. Los horarios no son amplios y a veces el recinto permanece cerrado fuera de temporada.
Una iglesia discreta en Esporiz
La parroquia de Esporiz queda a un lado de la carretera hacia Palas de Rei. Si no te fijas, la iglesia pasa casi desapercibida entre laureles y muros de piedra.
Es un templo románico pequeño, probablemente del siglo XIII. La puerta es baja y sencilla. Dentro domina el olor a madera antigua y cera gastada. El suelo, irregular, parece haberse ido hundiendo poco a poco.
Uno de los detalles está en la cabecera: un arco ligeramente de herradura con restos de pintura rojiza. No es común en iglesias de esta zona y muchos no lo ven porque entran, miran el altar y se marchan.
Si pasas entre semana es posible que esté cerrada. En los pueblos pequeños de la Ulloa esto es habitual.
El castillo de Pambre y el río al fondo
El Castillo de Pambre queda a pocos kilómetros. El camino hasta él atraviesa un tramo de bosque húmedo donde el olor a hojas y a tierra mojada se queda pegado a la ropa, sobre todo en otoño.
La fortaleza impresiona por lo bien que se conserva el conjunto: murallas, torre del homenaje y patio interior reconocibles. Fue una de las pocas fortalezas gallegas que resistieron las revueltas irmandiñas del siglo XV.
Subir a la torre —cuando está permitido— cambia la perspectiva. Desde arriba la Ulloa se abre en todas direcciones: prados verdes, casas dispersas y manchas de eucalipto en las lomas lejanas. Con buena luz se distinguen pequeñas aldeas que desde la carretera pasan inadvertidas.
Cuándo ir y qué tener en cuenta
El otoño suele sentarle bien a esta zona: menos tráfico y los bosques alrededor de Pambre cambian de color. En invierno la niebla puede quedarse todo el día en los valles. No es raro que el paisaje se vea apenas a unos metros. Tras varios días de lluvia, los senderos de tierra alrededor del castillo se vuelven resbaladizos. En el propio Monterroso hay bares donde parar a comer algo sencillo, pero si planeas pasar muchas horas fuera conviene llevar agua y algo de comida.
Al caer la tarde, cuando la niebla empieza otra vez a bajar hacia los prados, el campanario de la iglesia parroquial marca las horas con un sonido lento que se oye por todo el valle. Monterroso sigue a lo suyo: tractores que vuelven del campo, conversaciones en la puerta de las casas, leche que sale hacia las cooperativas. Aquí el paisaje no está preparado para nadie; simplemente ocurre.