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sobre O Barco de Valdeorras
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El botelo es como ese primo que solo ves en Navidad: te lo encuentras en todas las casas, te insisten en que pruebes un trozo «que está riquísimo», y cuando por fin cedes descubres que engorda solo mirarlo. Pues en O Barco de Valdeorras pasa algo parecido cuando llega el frío. De repente todo gira alrededor de ese embutido enorme, y el pueblo acaba oliendo a costilla de cerdo, pimentón y cocina lenta.
La Festa do Botelo suele convertir el centro en una especie de comedor colectivo: mesas largas, platos humeantes y gente que viene de toda la comarca a comer despacio y sin mucha prisa. Si llegas con hambre, vas bien encaminado; si estás intentando portarte bien con la comida… mala semana has elegido.
Un valle que huele a vino y a piedra mojada
Valdeorras —el nombre suena a título de película del oeste, pero viene del antiguo pueblo de los gegurros— es un valle alargado por el que corre el Sil. Desde el tren o desde la carretera se entiende rápido: laderas con viñedos, montes cerrados y, de vez en cuando, las cicatrices negras de las canteras de pizarra.
O Barco no es un pueblo de postal. Es más bien una cabecera comarcal con vida diaria: talleres, supermercados, tráfico de furgonetas y gente que se conoce por el nombre. Hay días en los que el aire huele a mosto y otros a polvo de pizarra; depende de hacia dónde sople el viento.
La estación de tren es de esas antiguas que todavía conservan cierto aire de otra época. Y el puente de San Fernando —el que aparece en casi todas las fotos del pueblo— lleva más de un siglo viendo pasar el Sil por debajo y camiones camino de la frontera portuguesa. Si lo cruzas andando, despacio, se ve bien el río y el paseo que corre paralelo a la orilla.
Botelo, androlla y otras cosas que aquí se toman muy en serio
El botelo de Valdeorras es contundente. Se prepara con carne de costilla y otras partes del cerdo, se embute en el estómago del animal y se cura antes de cocerse durante horas. El resultado es un cilindro enorme que sabe a humo, a pimentón y a invierno.
Suele servirse con cachelos —patatas cocidas con piel— y con el propio caldo del botelo por encima. Un consejo de amigo: comparte ración. Es de esos platos que llenan rápido.
La androlla va por otro camino: panceta y lomo curados, que se comen en rodajas con pan. Menos aparatosa que el botelo, pero igual de seria.
Y luego está la empanada de maravillas, que tira hacia lo dulce: masa con manteca, azúcar y ese toque de anís que se nota al final. Es de esas recetas de casa, de cuando en las cocinas se aprovechaba todo.
Entre bodegas excavadas y el Sil pasando tranquilo
En el barrio de Vila do Castro, muy cerca del centro, hay algo curioso: un conjunto de bodegas excavadas en la roca. Aquí las llaman covas. Desde fuera parecen puertas discretas en la ladera, pero dentro guardan vino y una temperatura bastante estable durante todo el año.
A finales de junio suele celebrarse una jornada en la que muchas de estas bodegas se abren al público. La gente pasea de una a otra probando godello y hablando de viñas, que en Valdeorras es casi un deporte local. Allí te cuentan también por qué la pizarra tiene tanto que ver con el carácter de los vinos de la zona.
Si prefieres río en vez de vino, el paseo del Malecón es donde acaba medio pueblo cuando hace buen tiempo. A veces coincide con el descenso en piragua por el Sil, una prueba deportiva que reúne a bastante gente en la orilla. Los vecinos se plantan con sillas plegables, neveras y paciencia para ver pasar a los palistas.
Subir a Trevinca cuando te apetezca estirar las piernas
El pico más alto de Galicia está relativamente cerca, en el municipio vecino de A Veiga. Peña Trevinca supera los dos mil metros y es una de esas excursiones que muchos hacen desde Valdeorras cuando quieren cambiar viñedos por alta montaña.
La ruta más habitual arranca en una zona de aparcamiento en la sierra y va ganando altura poco a poco hasta la cumbre. El último tramo es pedregoso y algo incómodo, como caminar sobre un montón de piedras sueltas. Arriba suele haber un pequeño buzón de montaña y un libro de firmas donde la gente deja su nombre.
Las vistas, eso sí, ayudan a olvidar el esfuerzo: valles de Ourense, montes que se pierden hacia León y, muy abajo, el mosaico verde de los viñedos.
Cómo organizar la escapada sin complicarte mucho
Llegar a O Barco de Valdeorras no tiene misterio. Hay tren desde Ourense y conexiones por carretera bastante directas desde Ponferrada y desde la A‑6. Si vienes en coche, el paseo del río suele ser una buena zona para empezar a caminar por el pueblo.
La vuelta clásica es sencilla: subir hacia O Castro, bajar por las calles del centro, cruzar el puente sobre el Sil y regresar por el paseo fluvial. En un par de horas te haces una buena idea del lugar.
Si decides quedarte más tiempo, hay alojamientos rurales repartidos por el valle, algunos en casas antiguas rehabilitadas. Y si preguntas un poco, alguien acabará explicándote cómo la pizarra de esta comarca terminó cubriendo tejados muy lejos de aquí.
¿Mejor época? Primavera y principios de otoño suelen sentarle bien al valle: viñedo verde, temperaturas suaves y menos movimiento que en pleno invierno gastronómico. Entre semana el ritmo del pueblo es más tranquilo, y es cuando más se parece a lo que es de verdad.