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sobre Viana do Bolo
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A las nueve de la mañana, la niebla todavía no se ha levantado del valle del Bibey. Desde el Alto do Fradelo el pueblo aparece como un manchón oscuro de tejados de pizarra entre castaños viejos. En otoño tiran a cobre; en invierno casi negros. Quien llega buscando turismo en Viana do Bolo suele encontrarse primero con ese silencio húmedo de la montaña: humo de leña saliendo de alguna chimenea y el crujido de hojas mojadas bajo las botas.
La torre que sigue vigilando el valle
Trepar calle arriba hasta la plaza Mayor calienta rápido las piernas. Allí está la Torre del Homenaje, lo único que queda del antiguo castillo que dominaba el cerro. La base es medieval y ha pasado por varias reconstrucciones a lo largo de los siglos. Hoy sigue plantada en mitad de la plaza, con un reloj que marca las horas aunque la niebla se trague el sonido.
Dentro hay una escalera estrecha que obliga a subir despacio. Arriba, cuando el día está claro, se abre todo el País de Bibey: lomas suaves, ríos que serpentean y carreteras finas que desaparecen entre pinos. En las salas interiores guardan un pequeño museo etnográfico con aperos de campo, un telar y algunos trajes del Entroido. Nada espectacular, pero ayuda a entender cómo se ha vivido siempre aquí, con la montaña marcando el ritmo.
Tres semanas de Entroido
En invierno el pueblo cambia de pulso. El Entroido de Viana do Bolo suele empezar a finales de enero o comienzos de febrero y se alarga varias semanas. Al atardecer aparecen los Boteiros, con trajes cubiertos de cintas de colores y máscaras de madera que esconden la cara. Corren, saltan, empujan a la gente con vejigas infladas y hacen sonar los bastones contra el suelo.
Uno de los momentos más comentados llega con el día de la androlla, un embutido ahumado que aquí se cuece entero y se sirve con grelos y patatas. Durante esos días el pueblo huele a humo y a carne curada. Si te alojas cerca de la plaza, conviene asumir que las noches se alargan más de lo normal: los tambores y la música siguen hasta bien entrada la madrugada.
Tierra de castañas
En otoño, los márgenes de la carretera se llenan de sacos marrones recién recogidos. La castaña es parte del paisaje económico de Viana do Bolo desde hace generaciones. En las ferias tradicionales —que suelen celebrarse dos veces al mes— aparecen sacos abiertos donde se ve el brillo oscuro de la piel recién limpia.
Cuando llueve, que ocurre a menudo en esa época, la gente se refugia bajo los soportales de la plaza. Allí se pelan castañas con calma mientras se comenta cómo viene la cosecha. El olor de los secaderos, dulce y un poco ahumado, se queda flotando en el aire frío.
Caminar por el Cabo da Vila
La parte vieja termina en un pequeño alto conocido como Cabo da Vila, donde estuvo el castillo original. Hoy quedan muros bajos y algunas piedras reutilizadas en las casas cercanas. Las fachadas conservan escudos gastados por el tiempo: un lobo, unas llaves, figuras difíciles de descifrar si no te acercas mucho.
Las calles son estrechas y de pendiente suave. Los tejados de losa suenan huecos cuando empieza a llover, algo bastante habitual en esta zona de Ourense. En una de las calles aparece un arco de piedra de forma poco común que muchos identifican como mozárabe, aunque en el pueblo lo mencionan de otra manera, más directa: “el arco raro”.
Antes de venir
Viana do Bolo no está en una ruta rápida. Hay autobuses que lo conectan con la ciudad de Ourense, pero la frecuencia suele ser limitada, así que conviene mirar horarios actualizados antes de planear el viaje.
En invierno la niebla se queda a menudo atrapada entre las montañas y el suelo puede estar embarrado durante días. Unas botas que aguanten agua y caminar sin prisa hacen más llevadero el paseo por el pueblo y por los senderos que salen hacia los castañares. Aquí el clima manda bastante más de lo que parece en el mapa.