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sobre Vilariño de Conso
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A las nueve de la mañana, la niebla se queda enganchada en las ramas de los castaños como una tela húmeda. Desde la ventana del albergue municipal se adivina el valle del Conso, un surco verde entre montañas donde viven unas quinientas personas. Apenas pasa un coche. A ratos se oye una puerta, o una hoja que cae sobre un tejado de pizarra. A esa hora Vilariño de Conso todavía está medio cerrado.
El pueblo que se esconde
Las casas están hechas para aguantar el invierno, no para lucirse. Muros de piedra gruesa, tejados de pizarra oscura, puertas que salen casi a ras de la calle. No hay carteles grandes ni terrazas alineadas. El ayuntamiento podría pasar por otra vivienda más, con el escudo algo gastado y un reloj que hace tiempo dejó de marcar la hora.
Caminar por Vilariño obliga a bajar el ritmo. Las calles suben y bajan siguiendo la loma. Cada giro cambia la escena: una fuente de granito con el borde pulido por décadas de uso, un hórreo al que le falta una pieza, alguien apoyado en el marco de la puerta mirando pasar. En todo el municipio viven muy pocas personas repartidas en mucho territorio. Se nota en los huecos entre casa y casa, en los caminos que salen del pueblo y tardan poco en quedarse solos.
En la plaza de San Miguel está la iglesia parroquial, levantada hace siglos y reformada varias veces. La piedra tiene un tono tostado cuando le da el sol de la tarde. Dentro huele a cera y a madera antigua. Los retablos barrocos muestran grietas y zonas desgastadas, algo habitual en templos rurales que han seguido en uso sin grandes restauraciones. La puerta suele abrirse durante el día y cerrarse al anochecer.
Donde empieza el monte
El Parque Natural do Invernadeiro queda muy cerca, hacia el interior de la sierra. A partir de cierto punto el asfalto se termina y el paisaje cambia rápido: robles, abedules, suelo húmedo, olor a resina y a hojas descompuestas. Algunos senderos señalizados parten de los alrededores del pueblo y se internan en el monte durante kilómetros.
Uno de esos caminos sube poco a poco por un antiguo carril de piedra cubierto de musgo. En el suelo se mezclan marcas de botas con huellas de animales. En esta zona todavía se mueven jabalíes y, según cuentan los vecinos y los guardas del parque, también lobos. Verlos no es lo habitual, pero su presencia forma parte del equilibrio del lugar.
En ciertos claros del camino el bosque se abre y deja ver el relieve de la comarca de Viana: montañas oscuras de pizarra, valles estrechos y una sucesión de lomas que se pierden hacia la frontera portuguesa en los días despejados. La luz de la tarde entra baja entre los troncos y cambia el color del suelo, que pasa del marrón húmedo a un dorado breve antes de que caiga la sombra.
El río Conso baja limpio entre piedras redondeadas. En verano mucha gente del pueblo se acerca a estos tramos para refrescarse los pies. El agua suele estar fría incluso en agosto.
Cuando el carnaval despierta al pueblo
Gran parte del año el ritmo aquí es tranquilo. Pero llega el carnaval y la escena cambia. Los boteiros salen a la calle con sus trajes de colores fuertes y estructuras altas sobre la cabeza. La lona pintada forma figuras geométricas rojas y negras que se ven desde lejos. El látigo suena seco contra el suelo mientras las gaitas marcan el paso.
Los niños miran con mezcla de respeto y curiosidad. Los mayores comentan quién lleva el traje ese año y quién lo llevó décadas atrás. En muchos pueblos de la comarca estas figuras siguen teniendo un papel central en el entroido.
En la procesión del Corpus las calles se cubren de alfombras hechas con flores y hojas. Se preparan durante horas. Desde la iglesia hasta la plaza aparecen dibujos que mezclan pétalos, helechos y tierra teñida. Cuando pasa la procesión, el dibujo empieza a deshacerse con el paso de la gente y el viento.
Hacia septiembre suele celebrarse la romería de San Miguel en los montes cercanos. Mucha gente sube andando. Se celebra misa al aire libre y después se come en el campo, a la sombra de robles y castaños si el tiempo acompaña.
La cocina de casa
En Vilariño la cocina sigue ligada al calendario del campo. El lacón con grelos aparece en muchas mesas cuando llega el frío. Se cuece despacio en la cocina económica mientras la casa huele a caldo y a humo de leña.
Las castañas han sido durante siglos una base de la alimentación en esta parte de Ourense. En otoño se recogen en los soutos cercanos. Después se secan o se guardan para guisos, sopas y dulces caseros. El caldo con castañas y un poco de unto todavía se prepara en algunas casas cuando el tiempo se vuelve duro.
En octubre los caminos se llenan de gente con cestos recogiendo lo que cae de los árboles. Los hórreos y secaderos guardan el fruto lejos de la humedad y de los animales.
Cuándo venir a Vilariño de Conso
El verano trae días claros y bastante sol. La altitud se nota y el aire suele ser seco, así que a mediodía conviene buscar sombra o caminar temprano, cuando la luz todavía es suave y el monte huele a tierra húmeda.
Si prefieres el pueblo tranquilo, evita los fines de semana de agosto. Muchas familias que emigraron regresan en esas fechas y las calles se llenan de coches y conversaciones largas en la plaza. Entre semana el ritmo vuelve a ser otro.
Al salir por el puente sobre el Conso, si miras atrás, el pueblo queda medio escondido entre montes oscuros. Las casas de piedra se confunden con el paisaje. Lo que permanece más tiempo es el olor a madera húmeda y a castaño, que aquí aparece en casi cualquier rincón.