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sobre Vilalba
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A las nueve de la mañana, en Vilalba, el queso San Simón acaba de salir del fumadero y el olor a madera de roble quemada se mezcla con el pan recién hecho que sale de algún horno cercano a la Praza da Constitución. Las mujeres mayores todavía llevan el mandil de casa, como si fuesen a volver en cualquier momento, pero se quedan charlando con la mano en la cadera mientras el sol bajo de invierno les da de frente en la cara.
El sabor de la Terra Chá
Vilalba no es un lugar que se entienda de golpe. Se va revelando poco a poco. Primero la autopista que se transforma en avenida, después un cruce donde siempre hay algún coche dudando si aparcar, y de pronto la torre de los Andrade asomando entre los tejados, sola, como si hubiese quedado suspendida en el tiempo. La piedra, gastada por años de viento del norte y lluvia fina, tiene una textura suave que en los días claros parece casi de terciopelo gris.
A finales de invierno suele celebrarse la feria dedicada al queso San Simón. Los quesos se alinean sobre mesas largas de madera, blancos y con esa forma de pera alargada tan reconocible. Si tienes ocasión de probarlo allí, recién cortado, el ahumado se nota más: primero la leche de vaca, suave, y después ese punto de humo que se queda un rato en la boca. Mucha gente lo toma con miel de la zona, una combinación bastante habitual por aquí.
La torre que quedó sola
Subir al Torreón de los Andrade tiene sentido por una razón muy simple: desde arriba se entiende la Terra Chá. No hay montañas que cierren el horizonte. Lo que ves es una llanura amplia de prados y cultivos, con tonos verdes y ocres según la época del año, y justo debajo el casco urbano apretado alrededor de la plaza.
La torre es lo que queda del antiguo castillo de los Andrade, destruido durante las revueltas irmandiñas del siglo XV. Los muros son gruesos y la piedra conserva marcas del paso de los siglos. Dentro suele haber pequeñas exposiciones sobre la historia local y sobre los hallazgos que aparecieron durante las obras de restauración.
Hoy el edificio funciona como alojamiento público. Aunque no te alojes, normalmente se puede entrar al patio o acercarse a la plaza que lo rodea. A media tarde la luz cae detrás de la torre y la sombra se estira por el suelo de la plaza; es uno de esos momentos tranquilos del día en los que la gente se queda sentada hablando sin prisa.
El arce que tiene nombre propio
La Pravia está en el centro de la Praza de Suso Gayoso y tiene su propia celebración cuando llega la primavera. Es un arce blanco muy viejo, con un tronco ancho que cuesta abarcar entre varias personas. En verano da una sombra densa; en otoño las hojas pasan del verde claro a un amarillo muy luminoso.
Debajo hay un banco de piedra donde suelen sentarse los jubilados por la tarde. Si te quedas un rato escucharás conversaciones sobre el tiempo —demasiada lluvia, poco sol—, sobre el precio del capón o sobre los hijos y nietos que viven ahora en A Coruña, Lugo o Madrid.
Desde esta plaza sale un paseo corto que enlaza con la zona de la torre pasando por la calle Real. Aquí todavía quedan comercios de los de antes: una ferretería con olor a metal y aceite, tiendas pequeñas de alimentación, escaparates con dulces caseros. Algunos días se encuentra la bica blanca vilalbesa, un bizcocho húmedo y bastante contundente, con almendra por encima.
Cuando el río baja claro
La senda fluvial del Magdalena empieza cerca del puente antiguo y sigue el curso del río durante varios kilómetros. El camino es de tierra compacta y bastante cómodo para caminar o ir con niños. En algunos tramos se ensancha junto a pequeñas pozas donde en verano la gente se acerca a refrescarse.
El agua suele estar fría incluso en agosto. Si vas temprano es fácil cruzarse con pescadores esperando a que alguna trucha se mueva en las zonas más claras del río.
A mediados de agosto se celebra la romería de San Roque. Ese día la zona del río se llena desde muy temprano: gaitas, gente caminando hacia la ermita y familias que pasan la mañana allí. Es una jornada muy concurrida, así que si vienes en esas fechas conviene dejar el coche en las calles más alejadas del centro y acercarse andando.
La hora del mercado
El sábado por la mañana hay mercado en la plaza de abastos. Los puestos empiezan a montar bastante temprano y hacia media mañana ya hay movimiento: cajas de pimientos rojos, tomates, coliflores enormes, pan de hogaza y quesos de distintas partes de la comarca.
El San Simón de la zona suele venderse en piezas medianas que viajan bien si lo llevas en una bolsa térmica. Aguanta varios días sin problema y gana sabor cuando se atempera fuera de la nevera.
Después del mercado puedes acercarte a alguno de los caminos que salen hacia el campo. Hay rutas sencillas por pistas forestales donde todavía se ven antiguos molinos junto a pequeños cursos de agua. Muchos están en ruinas, con las ruedas y los canales cubiertos de musgo, pero ayudan a entender cómo se molía el grano en esta parte de la Terra Chá.
Vilalba no se apoya en grandes monumentos ni en paisajes espectaculares. Lo suyo es más pausado: la llanura abierta, el olor a humo del queso, el murmullo del mercado un sábado por la mañana. Si vuelves en otra estación, cambia bastante. En primavera los prados están intensamente verdes; en otoño la luz se vuelve dorada y húmeda. Y en invierno, cuando la niebla baja sobre la llanura, la torre de los Andrade aparece y desaparece como un faro en medio de un mar blanco.