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sobre Villavelayo
Pueblo de las 7 Villas natal de Santa Oria; arquitectura serrana junto al río Neila.
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Hay pueblos que parecen un error de imprenta, un punto tan pequeño que casi te lo saltas al pasar la página. Villavelayo es así. Cuando alguien me pregunta si merece la pena el desvío, siempre respondo con otra pregunta: ¿te apetece ver cómo funciona un lugar donde el censo cabe en un autobús urbano? Aquí no hay tienda de souvenirs. Hay cuarenta y tres vecinos y un silencio que se nota.
Está metido en la Sierra de la Demanda riojana, a tiro de piedra de Burgos. Casas de mampostería oscura, calles que suben como si les costara trabajo y el río Neila pasando por abajo. No es bonito en el sentido postal. Es real.
Un paseo por las calles: todo cuesta arriba
Lo primero que aprendes en Villavelayo es a caminar lento. No por filosofía, sino porque el pueblo está clavado en una ladera y las calles son más bien senderos entre casas. Las construcciones se agarran al terreno, con esa lógica práctica de quien usa lo que tiene a mano: piedra del monte, vigas de madera ya oscurecida.
No hay un plano. Hay un “aquí me planté”. Pasear consiste en perderse entre callejones que acaban en un corral o en una vista inesperada del valle. Es ese tipo de sitio donde una puerta medio desvencijada tiene más historia que medio barrio nuevo.
La iglesia de Santa María: el libro de contabilidad del pueblo
La iglesia parroquial es como un palimpsesto. Se nota que ha ido creciendo y cambiando según las épocas buenas y las malas. La estructura actual arranca del siglo XVI, pero si te fijas en los detalles –una ventana aquí, un arco allá– ves capas más antiguas.
No vas a flipar con la arquitectura. Vas a entender algo: este lugar ha estado aquí mucho tiempo, adaptándose. Es el edificio público del pueblo, el que ha visto bodas, bautizos y entierros durante generaciones. Tiene ese aire de utilidad que pierden los monumentos restaurados.
Salir a la sierra: esto es lo que viniste a ver
La gracia de Villavelayo está fuera. En cuanto das diez pasos tras la última casa empiezan los caminos forestales. La Demanda aquí es húmeda y frondosa; hayedos que en otoño parecen incendiados en amarillo, robledales y prados donde aún pasta algún rebaño.
No necesitas ser montañero. Con seguir una pista durante una mañana ya pillas la esencia: el aire huele a tierra mojada y resina, se oyen pájaros carpinteros martilleando los troncos y no cruzas a nadie durante horas. En invierno puede haber nieve, y entonces el paisaje se vuelve aún más serio.
Cómo se vive (y se come) aquí
La vida gira alrededor del campo todavía. No es postureo para turistas; es lo que hay. La cocina es la de siempre: cordero asado a fuego lento, embutidos curados en las bodegas frescas y queso hecho con leche de los rebaños locales.
Las fiestas son las de agosto, alrededor del día 15 para Santa María. Imagínate lo típico: misa, procesión corta y luego la gente juntándose para comer y charlar en la plaza. Nada espectacular, solo vecinos siendo vecinos. En otoño también hay movimiento con la temporada de setas; algunos siguen saliendo con sus cestas.
Si decides subir: cosas prácticas
La carretera para llegar ya te avisa dónde estás metiéndote. Desde Logroño son algo más de una hora: valle hasta Nájera y luego empieza la subida serpenteante hacia Anguiano hasta que te plantas aquí.
Ven entre primavera y otoño si quieres luz y caminos accesibles. En invierno consulta el tiempo; cuando nieva por aquí, nieva de verdad y las carreteras secundarias pueden complicarse.
Trae agua y algo para picar por si acaso. Los servicios son los justos para cuarenta personas todo el año, no para visitantes improvisados. Aparca donde veas espacio al entrar (normalmente hay sitio) y muévete a pie. En media hora has visto el pueblo entero sin correr. El plan ganador suele ser eso: callejear un rato y luego enfilar cualquier camino hacia los bosques. Villavelayo no es un destino. Es una excusa para estar una mañana en silencio, rodeado de un paisaje que todavía no sabe lo que es el turismo masivo. Y quizá por eso sigue funcionando