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sobre Torrecilla en Cameros
Capital del Camero Nuevo y pueblo natal de Sagasta; núcleo turístico con río y piscinas.
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El primer café de la mañana en la plaza de Torrecilla en Cameros se toma con el sonido del agua del Iregua de fondo. Las fachadas de piedra, todavía a la sombra del valle, conservan el frío de la noche serrana. El turismo en Torrecilla en Cameros se mide a este paso: el de un paseo por la calle Mayor, entre tejados rojizos y balcones de madera oscura. El pueblo es compacto, y su forma se entiende pronto.
Los coches aparcados junto a las paredes no son decoración. Son de vecinos que bajan con bolsas de la compra o suben con herramientas. La vida aquí tiene su propio compás.
Llegar por la carretera del Iregua
Desde Logroño, la LR‑250 serpentea remontando el valle. La roca clara de los taludes brilla bajo el sol. Los últimos kilómetros se estrechan. Conviene ir atento a las curvas ciegas, donde a veces aparece un tractor o un grupo de ciclistas.
Al llegar, el caserío se agrupa pegado al río. Aparcar no suele ser complicado, pero las calles del centro son angostas. Un vehículo mal colocado lo bloquea todo.
La plaza y la iglesia de San Pedro
La plaza principal surge de repente entre las casas. Ahí está la iglesia de San Pedro, con sus muros de mampostería y los sillares más pulidos en las esquinas. Si te acercas a los dinteles de las puertas cercanas, se intuyen escudos borrosos y fechas casi ilegibles.
A media tarde, la luz rasante del valle acentúa las texturas de la piedra y las vetas rojizas de algunos muros. Es una luz buena para caminar por las callejas que nacen de la plaza.
Caminos que salen del pueblo
Del casco urbano arrancan varias pistas. En cinco minutos el rumor del pueblo se apaga y empieza el bosque. Robles con la corteza oscura, y en otoño, un suelo mullido de hojas secas.
Algunos senderos trepan hacia lomas que hacen de mirador natural. No siempre están bien señalizados; hay que fijarse en los cruces. La recompensa es una vista del valle del Iregua como una grieta verde entre montes cubiertos de bosque.
Lo que se oye si madrugas
En estos montes los sonidos llegan antes que las vistas. A primera hora se escuchan los golpes secos de un pico picapinos contra un tronco y, en las zonas más umbrías, el reclamo grave de un cárabo. Los arroyos que bajan hacia el río mantienen la tierra húmeda casi todo el año.
El terreno varía: hay tramos de tierra firme y otros con raíces al descubierto o piedras sueltas. Un calzado con suela adherente es buena idea incluso para un paseo corto.
Temporada de setas y cocina de la sierra
Cuando el otoño viene cargado de humedad, los bosques se pueblan de gente con cestas. La recogida de setas suele estar regulada aquí; es mejor preguntar en el pueblo antes de adentrarse.
La cocina de estas montañas es directa: guisos calientes, patatas, carnes de la ganadería local. Son sabores que cuadran con el aire fresco del valle.
Un pueblo que sigue en movimiento
Torrecilla en Cameros tiene aspecto antiguo, pero no está detenido. En algunas fachadas se ven andamios; en las afueras, huertas trabajadas y maquinaria agrícola bajo cobertizos.
El clima dicta cómo es la visita. La primavera vuelve todo verde y trae chubascos frecuentes. El otoño baja nieblas y tiñe los caminos de amarillo. El invierno acorta los días con un frío húmedo. Y en verano, cuando el sol se pone, el fresco regresa rápido a la calle Mayor.
Torrecilla funciona a menudo como base para explorar Cameros o como una pausa lejos del bullicio del valle del Ebro. Su ritmo es otro. Se nota al poco de llegar.