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sobre Villoslada de Cameros
Corazón del Parque Natural Sierra de Cebollera; pueblo empedrado con gran tradición trashumante.
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A las siete de la mañana, cuando el sol todavía tarda en bajar al fondo del valle, Villoslada de Cameros suena sobre todo a agua. El río Iregua pasa cerca de las primeras casas y ese murmullo constante acompaña mientras se camina por la calle principal. El aire llega frío incluso en verano; estamos a más de mil metros, en plena Sierra de Cebollera, y el bosque empieza prácticamente a las afueras.
Vive aquí poco más de trescientas personas y el pueblo mantiene ese ritmo lento de los lugares donde el invierno pesa. Las casas, muchas de piedra oscura y vigas de madera, se agrupan en torno a calles estrechas que suben y bajan suavemente hacia el río. La luz de la tarde, especialmente en otoño, calienta la piedra con un tono dorado que contrasta con el verde oscuro de los montes.
La iglesia de San Pedro aparece entre tejados con una presencia sólida. Por dentro conserva ese aire sencillo de las iglesias de sierra: piedra desnuda, luz filtrándose por ventanas pequeñas y un silencio que se agradece cuando fuera sopla el viento del valle.
Un centro para entender el bosque
En la entrada del pueblo está el centro dedicado al Parque Natural Sierra de Cebollera. Pasar primero por allí ayuda a entender qué tipo de bosque rodea a Villoslada: hayedos que en octubre se vuelven amarillos, robledales más abiertos y zonas altas donde el paisaje se abre por completo. Tienen mapas útiles, de los que se pueden fotografiar los detalles.
A pocos minutos andando, la ribera del Iregua ofrece un paseo corto y fácil. El sendero discurre entre hierba húmeda y alisos, y dependiendo de la época el río baja tranquilo o bastante más vivo. Después de lluvias fuertes, el agua golpea las piedras con un ruido grave que se escucha incluso desde las primeras calles.
Caminos que salen hacia la sierra
La razón por la que mucha gente llega hasta aquí está en los montes que lo rodean. Desde el pueblo parten varios caminos que se adentran en el parque natural. Algunos son paseos sencillos por el valle; otros suben hacia cotas bastante más altas.
La subida al pico Cebollera, que supera los dos mil metros, ya es otra cosa. No es un paseo corto: hay que calcular bien las horas de luz, llevar equipo adecuado y mirar el tiempo antes de salir. En esta sierra el clima cambia con rapidez y la niebla aparece a veces sin avisar, borrando las referencias.
Cuando llega el frío, las zonas altas acumulan nieve y algunos montañeros recorren esos mismos caminos con raquetas o esquís de travesía. En otoño, es habitual ver coches aparcados en los puertos y gente con cestas buscando setas por los pinares, siempre con la precaución que exige el monte.
Si solo tienes un rato
Si pasas por Villoslada con poco tiempo, basta con caminar sin prisa por el casco urbano y acercarte al río. En una hora se recorren las calles principales y se entiende cómo se organiza el pueblo entre la carretera, el valle y la subida hacia la sierra.
Si te queda algo más de margen, acercarte al centro de interpretación ayuda a situar el paisaje que ves alrededor: por qué hay tanto hayedo aquí, cómo cambia el bosque con la altitud.
Cuándo venir
El otoño es la estación más vistosa. Los hayedos de la Sierra de Cebollera cambian de color durante unas semanas y el valle se llena de tonos amarillos y cobrizos. Eso sí: conviene venir entre semana o temprano, porque en esos días muchos coches suben a los puertos cercanos.
En verano los días son largos y agradables para andar, aunque por la noche refresca bastante. Incluso en agosto no sobra una chaqueta cuando cae el sol tras las cumbres.
El invierno trae nieve con frecuencia. A veces la carretera se mantiene limpia, pero no está de más comprobar el estado antes de subir.
Lo práctico
Villoslada se recorre rápido si uno se limita al pueblo. Lo interesante está en el territorio que lo rodea: valles, hayedos y caminos que se adentran en el parque natural.
Para moverse por la zona con calma hace falta coche. Muchas rutas empiezan a cierta distancia del casco urbano y requieren algo de planificación previa. Quien llega sin prisa —y con botas de caminar— entiende enseguida por qué este valle sigue siendo uno de los accesos más tranquilos a la Sierra de Cebollera.