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sobre Cervera del Río Alhama
Cabecera de comarca en el extremo sureste; famosa por sus alpargatas y el yacimiento de Contrebia Leucade.
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El olor a cáñamo te golpea al cruzar el primer arco de la muralla. No es un aroma dulce; es seco, herbáceo, casi áspero. En algunas calles todavía quedan talleres donde se trabaja la fibra como se hacía antes, con las manos manchadas y los dedos gruesos de enrollar esparto y cuerda. Aquí, durante décadas, las alpargatas fueron más que un oficio doméstico: salían cajas enteras hacia América. Hoy queda poco de aquel movimiento, pero cuando la puerta de un taller está abierta todavía se oye el crujido del hilo tensándose.
Hablar de turismo en Cervera del Río Alhama no tiene tanto que ver con grandes monumentos como con estas cosas pequeñas: el ruido de las herramientas, el río cerca, la sensación de que el pueblo sigue usando sus espacios igual que siempre.
Cuando el río decide mostrarse
El Alhama baja rápido desde la sierra y, al llegar a Cervera, se abre en tramos tranquilos donde el agua se remansa. En verano hay quien se acerca con una toalla y se mete en las pozas que quedan entre las piedras. El fondo suele verse con claridad cuando el caudal viene limpio, y a veces se distinguen las truchas moviéndose a contracorriente.
Detrás del antiguo molino —pregunta a cualquiera del pueblo y te indicarán el camino— el río hace una curva lenta. Los sauces inclinan las ramas y forman una especie de techo verde. A media tarde el agua se vuelve oscura y el sonido es casi todo lo que se oye.
Si vienes a bañarte, mejor hacerlo a primera hora o ya al caer la tarde. En agosto el entorno se llena de gente que para aquí de camino a otros sitios y el silencio dura poco.
La basílica y lo que queda del castillo
La Basílica de la Virgen del Monte guarda un detalle curioso: las paredes tienen pequeños exvotos de metal colgados, figuras que representan piernas, corazones o herramientas del campo. Son promesas cumplidas o favores pedidos. Algunos vecinos cuentan historias asociadas a esas piezas, cada una con su versión distinta.
Dentro siempre hay un olor mezclado de cera y madera vieja, ese que tienen las iglesias donde la puerta rara vez está cerrada del todo.
Desde la parte alta del castillo —lo que queda de sus muros y torres— se abre el valle del Alhama. Se distinguen las terrazas de cultivo, manchas de almendros y los tejados oscuros del pueblo. Los cernícalos suelen quedarse suspendidos sobre la ladera cuando sopla algo de viento. Conviene subir con calma: el acceso tiene cuestas cortas pero empinadas y en verano la piedra guarda mucho calor.
El pan de madrugada y los productos de la zona
A primera hora de la mañana todavía funciona algún horno de leña en el casco antiguo. El olor aparece antes de ver la puerta abierta: humo suave, harina tostada, corteza caliente. El pan sale con costra gruesa y una miga compacta, de esas que aguantan varios días sin perder del todo la textura.
En los días de mercado —que siguen reuniendo a gente de los pueblos cercanos— aparecen quesos de oveja, verduras de huerta y fruta de temporada. Muchas veces se venden sin demasiada ceremonia: una báscula, papel de estraza y conversación lenta sobre el tiempo o la cosecha.
Contrebia Leucade, piedra blanca sobre el valle
A pocos kilómetros del núcleo urbano está el yacimiento de Contrebia Leucade. El paisaje cambia al llegar: laderas claras, roca expuesta y un viento seco que corre por la meseta. Allí se conservan restos de la antigua ciudad celtíbera levantada sobre el borde del barranco.
Caminar entre los muros excavados tiene algo de silencioso. No hay demasiada sombra, así que conviene ir temprano en verano o esperar a la tarde. El olor que domina es el del tomillo y el romero que crecen entre las piedras.
Desde el borde del asentamiento se ve el valle abierto y el curso del Alhama serpenteando abajo. Con esa perspectiva se entiende por qué eligieron este lugar: control visual de todo lo que se movía por la zona.
Un camino entre almendros al volver al pueblo
Al regresar hacia Cervera, uno de los caminos pasa junto a almendros dispersos por la ladera. A finales de invierno florecen antes de que el paisaje se ponga verde del todo, y desde lejos parecen manchas blancas suspendidas sobre la tierra parda.
Hay una piedra grande junto al sendero donde la gente suele parar un momento, sobre todo los que suben andando desde el pueblo. En verano está caliente por el sol de la tarde; en invierno guarda frío incluso al mediodía.
Cuándo venir: primavera y principios de otoño suelen ser los momentos más tranquilos para recorrer el pueblo y acercarse a Contrebia sin demasiado calor. En pleno verano el sol cae fuerte en las horas centrales del día.
Cómo llegar: desde la A‑68 se toma el desvío hacia el valle del Alhama; la carretera va estrechándose entre viñas y lomas secas hasta que el río empieza a acompañar el camino. Ahí ya estás cerca.