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sobre Bezares
Uno de los pueblos más pequeños; situado en el valle del Yalde con un entorno natural apacible.
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A primera hora, cuando el sol empieza a asomar por encima de las lomas de cereal, las paredes de adobe de Bezares toman un color más claro, casi rosado. El aire huele a tierra seca y a hierba aplastada por el paso de los tractores. En ese momento el pueblo está quieto: alguna persiana entreabierta, un perro que ladra a lo lejos y poco más. El turismo en Bezares empieza así, despacio, sin nada que distraiga de lo que hay alrededor.
Bezares es un municipio muy pequeño de la comarca de Nájera. Hoy viven aquí menos de veinte personas y el caserío apenas ocupa unas pocas calles cortas que se organizan alrededor de la iglesia. No hay tráfico ni tiendas abiertas continuamente; lo normal es cruzarse con algún vecino o, a veces, con nadie.
El pequeño centro del pueblo
La iglesia parroquial de San Millán marca el centro del pueblo. El edificio es antiguo —suele situarse su origen en el siglo XVI— y se ha ido arreglando con el tiempo. Desde fuera se ve la piedra más clara de la portada y un volumen sencillo, sin demasiados adornos. La puerta no siempre está abierta, algo bastante habitual en pueblos tan pequeños.
Alrededor se agrupan varias casas de dos alturas, algunas con muros de adobe cubiertos de cal y otras reformadas con ladrillo o piedra vista. En los balcones aparecen barandillas de hierro y macetas cuando llega el buen tiempo. La sensación es la de un caserío que se ha ido adaptando poco a poco, sin grandes cambios pero tampoco congelado.
Calles cortas y huertas cercanas
Desde la pequeña plaza sale una calle que baja suavemente hacia los campos. A un lado quedan las últimas casas; al otro empiezan enseguida las huertas y los corrales. En verano el aire trae olor a higuera y a tierra regada, y el zumbido de los insectos se queda flotando sobre los caminos.
Los frutales cercanos —almendros, cerezos, alguna higuera— cambian mucho el aspecto del entorno según la estación. En primavera aparecen manchas blancas y rosadas entre los bancales; en otoño los tonos se vuelven ocres y el paisaje se mezcla con el color del cereal ya recogido.
Caminos entre cereal y lomas suaves
Apenas sales del pueblo por cualquiera de las pistas de tierra y el paisaje se abre. Son lomas suaves, campos amplios y muros de piedra seca que separan parcelas. No hay miradores señalizados, pero basta caminar unos minutos para tener una vista amplia del entorno. En días claros se intuye al fondo el relieve más alto de la sierra de la Demanda.
Los caminos suelen ser pistas agrícolas usadas por los tractores. Se pueden recorrer sin dificultad, aunque después de lluvias fuertes el barro se pega bastante a las botas. Si sopla viento del norte llega el olor de la paja recién cortada; cuando el suelo está húmedo, el aroma cambia por completo y todo huele a tierra oscura.
Desde estos caminos también se conectan otros pueblos de la zona, como Santa Coloma o Villamediana de Iregua, aunque las distancias ya obligan a caminar más tiempo o a moverse en coche entre uno y otro.
Aves y silencio
El paisaje abierto favorece que se vean bastantes aves pequeñas. En los cables y arbustos es fácil encontrar jilgueros o zorzales según la época del año. También aparecen otras especies de campo abierto si uno se queda quieto unos minutos. No hay observatorios ni señalización específica; aquí todo consiste en parar, escuchar y mirar.
Cuándo acercarse y qué tener en cuenta
La primavera y el comienzo del otoño suelen ser los momentos más agradables para pasear por los caminos. El campo tiene más color y las temperaturas permiten caminar sin prisa.
En verano el sol cae con fuerza sobre las pistas, que casi no tienen sombra. Si se viene en esa época, conviene hacerlo por la mañana o ya al caer la tarde. En invierno el ambiente puede ser más gris y los caminos, cuando ha llovido, se vuelven algo resbaladizos.
Cómo llegar y dónde dejar el coche
Desde Logroño lo habitual es ir primero hacia Nájera por la N‑120 y después tomar carreteras secundarias que atraviesan la comarca. Los últimos kilómetros discurren por vías estrechas, típicas de la zona, pero en buen estado.
Dentro de Bezares no hay zonas de aparcamiento señalizadas. Lo normal es dejar el coche cerca de la entrada del pueblo o en algún lateral amplio de la calle, procurando no bloquear accesos a fincas o garajes.
Bezares no es un lugar de largas visitas. Más bien funciona como una parada breve dentro de un recorrido por los pueblos pequeños de La Rioja Alta. Un paseo corto, silencio, campo abierto y la sensación de estar en uno de esos lugares donde la vida diaria sigue un ritmo mucho más lento.