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sobre Hormilla
Municipio bien comunicado en la ruta hacia Nájera; destaca por su actividad agrícola y servicios.
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La valla de madera que separa la última calle del primer viñedo tiene la pintura descascarillada por el sol. A las seis de la tarde, el aire huele a tierra húmeda, a hierba caliente y al polvo blanco que levanta un tractor al pasar a lo lejos. En Hormilla se oye ese crujido de grava bajo las ruedas de un coche, el motor apagándose, una puerta que se cierra.
El pueblo tiene poco más de cuatrocientas personas. Sus calles son cortas, algunas con el asfalto agrietado en los bordes, flanqueadas por casas construidas con la piedra gris de la zona. Los portones son altos, lo suficiente para que pasara un carro cargado de heno o entre ahora un pequeño tractor. En el centro está la iglesia parroquial de Santa María de la Asunción. Su fachada es sobria, casi severa. Si encuentras la puerta abierta, dentro la temperatura baja varios grados y hay un olor quieto a madera vieja.
Al caminar, ves la vida práctica: un corral con una pila de cajas de plástico verde, leña apilada junto a una puerta lateral, el sonido de una televisión que sale por la rendija de una ventana. Con tan poco movimiento, los detalles ganan: el verde intenso de una parra contra el muro blanco, el chirrido oxidado de una veleta.
Los viñedos empiezan donde acaba el pueblo
No hay límite definido. Una acaba y el campo empieza. En mayo, los brotes nuevos son de un verde casi eléctrico. En agosto, el suelo entre las hileras se resquebraja y el polvo se pega a los zapatos. Para octubre, las hojas se vuelven rojas y ocres casi de un día para otro.
Aquí la tempranillo manda, aunque en algunas parcelas más antiguas se ven cepas de garnacha. Son viñas familiares, a menudo divididas en fincas pequeñas y desiguales.
Caminos de tierra hacia Nájera
De Hormilla salen pistas agrícolas que van a Nájera o Cordovín. No son rutas señalizadas; son vías para remolques y vecinos que van a su tierra. El firme es irregular, con surcos marcados por las ruedas pesadas.
Si ha llovido, el barro se adhiere a las botas formando tacones incómodos. Es mejor llevar calzado con buena suela y no cortar nunca por entre las vides. Las cuestas no son pronunciadas, pero son constantes. Cuando no pasa nadie, solo se escucha el rumor del viento en las hojas o el golpe seco de una rama seca.
Con un par de horas por delante
No hace falta un plan. Basta con caminar.
Pasa por la plaza, mira la iglesia. Si la puerta cede, entra. Luego dirígete hacia cualquier salida del pueblo. En cinco minutos estarás entre viñas, con la línea del pueblo recortada a tu espalda.
Cualquier banco a la sombra sirve para parar. A media tarde se activan los sonidos domésticos: una persiana que sube, cubos arrastrándose por un patio, el runrún de una moto que se aleja.
Cuándo venir
La primavera tardía y el principio del otoño funcionan bien. El campo está en movimiento. Si coincides con la vendimia —normalmente entre finales de septiembre y octubre— verás actividad desde primera hora: tractores, remolques llenos de cajas, gente en las parcelas.
El invierno desnuda el paisaje y lo vuelve más silencioso. Si ha llovido mucho, los caminos se encharcan y es mejor quedarse en el casco urbano, donde el firme es firme.
Un paisaje horizontal
Aquí no hay miradores elevados ni postales clásicas. La vista es plana: tejados bajos, naves agrícolas en las afueras, la línea recta de un camino entre vides.
La belleza, si aparece, es concreta y cotidiana: el contraste de los sarmientos podados contra el cielo invernal, el polvo blanco que flota en el aire al atardecer en julio, la geometría precisa de las hileras vistas desde el borde del camino.
Cómo llegar
Desde Logroño se toma la N-120 hacia Nájera. Poco antes de llegar al municipio vecino, una carretera comarcal bien señalizada te lleva a Hormilla en unos minutos. Se aparca sin dificultad en las calles aledañas a la plaza.
No vengas con un itinerario apretado. Hormilla se descubre andando sin rumbo fijo por sus calles y luego asomándose a ese campo que empieza justo al final del último muro. No pide más.