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sobre Santa Coloma
Pueblo mirador sobre el valle del Yalde; conocido por el avistamiento de ovnis en el pasado.
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A primera hora, cuando el sol empieza a colarse entre las casas de la calle Mayor, la iglesia de Santa Coloma proyecta una sombra larga sobre el suelo irregular. Las persianas todavía están bajadas en muchas ventanas y apenas se oye nada: algún coche que arranca, una puerta que se abre con cuidado. En Santa Coloma, en la comarca de Nájera, el día suele empezar despacio. El pueblo es pequeño —algo más de un centenar de habitantes— y esa escala se nota enseguida en cómo están dispuestas las casas, muy juntas, con muros de piedra y tramos de adobe que han ido envejeciendo con los inviernos.
A unos 760 metros de altitud, el clima aquí marca bastante la vida cotidiana. En invierno el frío aprieta y en verano el sol cae de lleno sobre las fachadas. Quizá por eso abundan los aleros de madera que proyectan sombra sobre las puertas y las rejas de hierro grueso en las ventanas. Son detalles que aparecen al caminar despacio por las calles: dinteles gastados, portones con herrajes antiguos, pequeñas huertas que asoman detrás de algunas casas.
La iglesia parroquial dedicada a Santa Coloma funciona como referencia visual del pueblo. Está levantada en piedra clara, con una fachada sobria que se integra sin llamar demasiado la atención entre el resto de edificios. No es un templo monumental; más bien forma parte del paisaje cotidiano, el lugar alrededor del cual se ha organizado la vida del pueblo durante generaciones.
Calles cortas y silencio rural
Recorrer Santa Coloma no lleva mucho tiempo. En quince o veinte minutos se atraviesa el casco urbano sin prisa, pero merece la pena ir mirando con calma. Las losas de algunas calles crujen bajo los pasos, y en las esquinas aparecen muros cubiertos de hiedra o pequeñas marcas de cantero casi borradas.
A media mañana suele escucharse más actividad: alguna conversación desde una ventana, el ruido de herramientas en un corral, el ladrido de un perro al fondo. No es un lugar con tránsito constante; más bien funciona a ratos, con pausas largas entre un movimiento y otro.
Conviene dejar el coche en uno de los accesos y seguir a pie. Las calles son estrechas y el pueblo se entiende mejor caminando.
El paisaje cerealista alrededor del pueblo
En cuanto se sale del núcleo urbano, el terreno se abre en campos de cereal. Son parcelas amplias, bastante horizontales, donde el paisaje cambia mucho según la época del año. En primavera el verde cubre casi todo; a comienzos del verano el trigo y la cebada empiezan a dorarse; en otoño quedan rastrojos y tonos más apagados.
Aquí la vista se alarga mucho. No hay grandes montañas cerca que cierren el horizonte, solo alguna línea de árboles —a menudo álamos— marcando caminos o pequeños cursos de agua.
Por los alrededores salen pistas agrícolas fáciles de seguir. No están pensadas como rutas señalizadas al estilo de un sendero turístico, pero caminar por ellas es sencillo si se mantiene la orientación hacia el pueblo. Una vuelta tranquila por los caminos cercanos puede ocupar alrededor de una hora.
Si se va a caminar por estas pistas después de lluvia, el barro puede complicar bastante el paso. Mejor llevar calzado resistente.
La luz de la tarde en los campos
A última hora del día el paisaje cambia bastante. La luz entra baja y lateral sobre los cultivos, y las espigas reflejan tonos que van del amarillo al cobre. Desde algunos puntos a las afueras del pueblo se ve cómo el sol cae detrás de las lomas suaves de la zona de Nájera.
Cuando anochece del todo, el cielo suele verse bastante limpio. No hay demasiada iluminación artificial alrededor, así que en noches despejadas aparecen muchas más estrellas de las que se ven desde ciudades cercanas.
Fiestas y vida local
Las fiestas patronales dedicadas a Santa Coloma suelen celebrarse en agosto, cuando regresan al pueblo personas que tienen aquí casa familiar. Durante esos días hay más movimiento en las calles y actos ligados a la tradición religiosa, además de encuentros vecinales.
En invierno todavía se mantiene en algunas familias la costumbre de la matanza doméstica, una práctica que se realiza de forma privada y que forma parte de la cultura rural de la zona.
Fuera de esas fechas, el ritmo del pueblo vuelve a ser muy tranquilo.
Cuándo ir y qué tener en cuenta
La primavera y el otoño suelen ser momentos agradables para acercarse. Las temperaturas son más suaves y el campo está especialmente cambiante de color. En verano conviene moverse temprano por la mañana o al caer la tarde; a mediodía el sol pega fuerte en esta parte de La Rioja.
El invierno puede ser frío, con heladas frecuentes algunos días, y el pueblo queda especialmente silencioso.
Santa Coloma no tiene muchos servicios abiertos de forma continuada, así que lo habitual es organizar la visita desde localidades cercanas como Nájera. Desde Logroño se llega primero por la N‑120 y después por carreteras locales que atraviesan el paisaje agrícola.
En esas carreteras secundarias, sobre todo al atardecer, no es raro encontrar fauna cruzando. Conviene conducir con calma.