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sobre Villarejo
Pequeña aldea agrícola y ganadera; destaca por su tranquilidad y entorno rural.
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A las siete de la mañana, cuando todavía corre algo de fresco incluso en verano, el aire en Villarejo huele a tierra seca y a madera vieja. Alguna puerta se abre despacio, se oye el golpe metálico de una cadena en un corral y poco más. El turismo en Villarejo empieza así: sin carteles ni itinerarios marcados, con la sensación de haber llegado a un lugar donde la vida sigue un ritmo bastante anterior al del visitante.
A las afueras de Nájera, entre campos de cereal, algunas viñas y lomas salpicadas de encinas, aparece este pequeño núcleo que ronda la treintena de habitantes. Las casas se agrupan sin mucho orden alrededor de una calle principal y varios corrales. Piedra clara, adobe envejecido y tejados bajos que en verano acumulan polvo fino.
Un caserío que se recorre en el tiempo que tarda en secarse la ropa
El pueblo se cruza andando en muy poco tiempo. La Calle Mayor lleva hasta la iglesia parroquial de Santa María, un edificio de piedra caliza que suele fecharse hacia el siglo XVI. La portada conserva formas góticas sencillas y el campanario —cuadrado, sin demasiada altura— asoma por encima de los tejados del caserío.
Las casas tienen muros gruesos y ventanas pequeñas. Muchas todavía mantienen persianas de madera, de las que suenan cuando sopla viento del oeste, un sonido hueco y repetitivo como un metrónomo. Entre vivienda y vivienda aparecen portones anchos que dan paso a antiguos corrales o pequeños almacenes agrícolas, con el suelo de tierra apisonada.
No hay tráfico ni apenas movimiento. El sonido dominante suele ser el de algún tractor pasando por el camino cercano o el de los pájaros que se mueven entre los cables y los árboles dispersos.
Caminos donde el polvo se pega a los tobillos
Al salir del núcleo, varios caminos agrícolas se abren entre parcelas de vid y campos de cereal. Son pistas sencillas, de tierra compacta y polvorienta en julio, por las que circulan sobre todo vehículos del campo.
En los márgenes aparecen encinas sueltas, algún quejigo y manchas de matorral bajo. En primavera el verde dura poco; cuando llega el estío el paisaje vira hacia tonos amarillos y ocres, con el polvo levantándose bajo las ruedas y pegándose a la piel si hay brisa.
Algunos caminos bajan hacia pequeños barrancos que en verano suelen estar secos, con la tierra agrietada en hexágonos imperfectos. Después de lluvias fuertes corre algo de agua durante unos días. Desde las lomas cercanas se alcanzan a ver otros pueblos de la zona y el mosaico de parcelas que rodea Nájera.
Un calendario escrito en vendimias y siegas
Aquí lo que realmente organiza el año es la agricultura. A finales de verano comienza el movimiento de la vendimia en los viñedos cercanos, y durante esas semanas se ven más coches y remolques entrando y saliendo por los caminos; el aire huele a mosto dulzón cerca de las bodegas.
En otros momentos del año lo habitual es cruzarse con rebaños de ovejas o con maquinaria trabajando el cereal. Fuera de esas épocas, el pueblo puede pasar horas enteras en silencio, solo roto por una radio lejana o el ladrido ocasional de un perro atado.
La loma del mirador silencioso
Si se cruza la pequeña plaza y se sigue un sendero que sube suavemente hacia una loma próxima, en pocos minutos se gana algo de altura. No es una subida larga, pero cambia la perspectiva.
Desde arriba se ve el caserío entero: cuatro calles, varios corrales y los tejados rojizos recortados sobre los campos. En primavera los alrededores se ven verdes; en verano dominan los dorados y el gris claro de la tierra. También aparecen detalles curiosos: antiguos corrales de piedra medio hundidos o mojones que todavía marcan límites de parcelas. Es un buen sitio para sentarse un rato al atardecer, cuando las sombras se alargan.
Lo práctico: agua propia y luz oblicua
Conviene saber que en Villarejo no hay tiendas ni bares. Si la idea es caminar por los alrededores un rato, merece la pena traer agua y algo de comida; no hay fuentes públicas.
En verano el sol cae fuerte a partir del mediodía, blanqueando las fachadas de cal. Las primeras horas de la mañana y el final de la tarde son los momentos más agradables: la luz se vuelve más baja y dorada, y el viento mueve las hojas de las encinas con un sonido seco, como papel.
Lo más sencillo es llegar desde Nájera por los caminos señalizados y dejar el coche junto a la entrada del pueblo, donde hay espacio para dos o tres vehículos sin molestar. Desde ahí todo se recorre andando sin problema.
Una parada breve, pero reveladora
Villarejo no tiene grandes monumentos ni nada organizado para quien llega de fuera. En menos de una hora se puede dar la vuelta completa al pueblo.
Aun así, si uno se detiene un momento aparecen detalles que cuentan bastante sobre el lugar: las paredes de adobe con capas de reparación hechas con materiales distintos, los antiguos corrales pegados a las casas o las marcas profundas que dejaron los carros en los dinteles de piedra.
No es un sitio para acumular fotos rápido. Más bien un lugar donde mirar despacio cómo se combinan piedra, tierra y campo abierto en un pueblo que sigue funcionando, más o menos, como siempre. Donde lo que importa no es lo que hay para ver, sino el ritmo al que se ve.