Artículo completo
sobre Majadahonda
Ciudad residencial de alto nivel con gran actividad comercial; destaca su calle peatonal Gran Vía
Ocultar artículo Leer artículo completo
Las persianas se levantan sobre las ocho y media y la luz entra horizontal por las ventanas de las casas adosadas. Desde la cocina se oye el motor del coche que arranca, el mismo que dentro de un rato estará aparcado en alguna calle del centro de Madrid. Majadahonda huele a pan recién hecho y a césped recién cortado, un olor suburbano que a veces se mezcla con el aire más frío que baja de la sierra, al otro lado de la A‑6.
Cuando el pastoreo se quedó a vivir
El nombre entero —Majada-Honda— todavía suena a lo que fue: un lugar donde el ganado pasaba la noche, una hondonada en la meseta donde guardar lo poco que se tenía. Durante siglos fue un pueblo pequeño, de campos de cereal y rebaños que subían y bajaban por estos cerros que hoy ocupan urbanizaciones y calles largas con chalets alineados.
La Guerra Civil golpeó fuerte aquí, como en buena parte del noroeste de Madrid. Hubo bombardeos y muchas casas quedaron dañadas o directamente desaparecieron. Durante años el pueblo siguió siendo pequeño y agrícola, hasta que a partir de la segunda mitad del siglo XX empezó a crecer con rapidez. Llegaron familias que trabajaban en Madrid pero querían más espacio, jardín, colegios cerca. El cambio no ocurrió de golpe, pero en pocas décadas Majadahonda pasó de pueblo a ciudad residencial del área metropolitana.
Hoy la población supera con mucho la que había a finales de los setenta, y esa mezcla todavía se nota: vecinos que llevan aquí toda la vida y otros que llegaron hace relativamente poco.
El mercado que no cambia de sitio
Los miércoles y sábados la Plaza Mayor recupera algo de su función antigua. Los puestos empiezan a montarse muy temprano, cuando el suelo aún está frío y los primeros compradores llegan con carro de la compra.
No es un mercado enorme ni especialmente barato, pero sigue siendo un punto de encuentro del barrio. Antes venían a vender huevos, verduras o gallinas; ahora hay quesos de distintas regiones, aceite, fruta traída de huertas cercanas y pescado que llega en furgoneta desde la costa.
La porra antoniana —una crema espesa de pan, tomate y aceite que aquí se come mucho los domingos— a veces aparece ya preparada en botes, aunque en muchas casas se sigue haciendo a mano, con pan del día anterior.
Si vas, acércate antes de las once. A partir de media mañana las calles de alrededor se llenan de coches buscando dónde parar y la plaza cambia de ritmo.
La iglesia que sobrevivió a todo
La iglesia de Santa Catalina ocupa el lugar donde, según la tradición local, hubo una ermita medieval vinculada a pobladores llegados de la zona de Segovia. El edificio actual se fue levantando y reformando en distintos momentos; la torre, sobria y recta, tiene ese aire austero de muchas iglesias castellanas.
Dentro hay olor a cera y a madera antigua. La luz entra por vidrieras sencillas que al final de la tarde tiñen la piedra de un tono dorado suave, justo cuando empieza a llegar la gente mayor para el rosario.
En una pared lateral hay una placa con nombres de vecinos muertos durante la guerra. Las letras están gastadas por el tiempo. A veces alguien se detiene unos segundos delante, como repasando apellidos conocidos.
Caminar sin salir del pueblo
Majadahonda no se pensó como destino turístico. Es más bien un lugar donde la vida cotidiana ocupa casi todo: colegios, supermercados, coches entrando y saliendo de los garajes. Aun así, si pasas unos días aquí —por trabajo, por familia o porque encontraste alquiler en esta zona— hay sitios donde caminar.
Desde el Paseo de la Herrería hacia las zonas verdes que rodean la Finca se puede enlazar un paseo largo bajo pinos y encinas jóvenes. En invierno el barro se pega a las zapatillas y deja ese olor húmedo de tierra removida; en verano la sombra se agradece cuando aprieta el sol de la meseta.
Por la tarde el parque se llena de rutinas muy reconocibles: padres esperando con bolsas de la compra, niños que salen corriendo hacia los columpios, perros tirando de la correa.
Si sigues andando hasta el puente de la autovía, al caer el sol se ve Madrid al fondo: una franja de edificios que brilla cuando el cielo empieza a oscurecer. Detrás, en dirección contraria, la sierra aparece violeta y recortada.
Cómo llegar y cuándo se nota más el pueblo
El tren de Cercanías conecta Majadahonda con Madrid en algo más de veinte minutos en los servicios directos. En coche, el trayecto depende mucho del tráfico de la A‑6: hay días fluidos y otros en los que media hora se convierte fácilmente en el doble.
También hay autobuses hacia Moncloa, muy utilizados por estudiantes y trabajadores a primera hora.
Si te interesa ver el municipio con algo de vida en la calle, septiembre suele ser mejor momento que pleno verano. En julio y agosto muchas familias se marchan y el ritmo baja mucho: persianas cerradas, parques medio vacíos y menos movimiento en el mercado. Cuando vuelve el curso escolar, el pueblo recupera su ruido habitual.