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sobre Rivas-Vaciamadrid
Ciudad joven y dinámica con gran crecimiento; destaca por su compromiso ecológico y el Parque del Sureste
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A las nueve de la mañana, en uno de los mercados de Rivas, el aire mezcla olor a pan recién hecho y a fruta húmeda. Afuera, a pocos minutos en coche, los caminos del Parque Regional del Sureste todavía guardan el rocío de la noche. Una mujer envuelve bartolillos en papel de estraza mientras habla de cuando Vaciamadrid era un pueblo separado y Rivas apenas un puñado de casas junto al Jarama. Ese contraste —bloques nuevos y campo abierto— es lo que define hoy el turismo en Rivas Vaciamadrid.
Lo que quedó después de la guerra
Caminar por algunos cerros del término municipal es tropezarse con restos que no siempre se ven a la primera. En la zona de la Marañosa, entre lentiscos y tomillos secos, aparecen búnkeres de la Batalla del Jarama. La tierra es roja y arcillosa, y cruje bajo las suelas cuando el terreno está seco. Desde las lomas se abre el valle del río, ancho y silencioso.
En uno de esos puntos hay una sencilla losa dedicada a Charlie Donnelly, el poeta irlandés que murió aquí durante la guerra. No hay centro de interpretación ni taquilla. Solo viento y el zumbido lejano de la carretera.
El núcleo antiguo de Vaciamadrid fue reconstruido en los años de posguerra por el organismo estatal encargado de levantar pueblos devastados. Por eso algunas calles conservan casas bajas de fachada sencilla, ladrillo visto y plazas abiertas al sol. No es un casco histórico al uso: es un pueblo rehecho cuando todavía faltaba casi todo.
Fiestas que todavía suenan a barrio
En verano, cuando llegan las fiestas locales, el parque central suele llenarse de familias al caer la tarde. A veces organizan juegos de agua para los niños y durante un rato el aire huele a cloro, a césped mojado y a fritura de feria. Los críos corren entre chorros mientras los mayores buscan sombra bajo los plátanos.
A lo largo del año también salen procesiones por el casco antiguo de Vaciamadrid. Las mujeres mayores todavía llevan mantilla y los hombres camisa clara aunque el calor apriete. Las bandas tocan pasodobles con un ritmo pausado mientras los niños se escapan entre la gente. En las esquinas suele aparecer el olor dulce de los puestos de castañas cuando el tiempo empieza a enfriar.
El campo que empieza detrás del último semáforo
Una buena parte del término municipal de Rivas Vaciamadrid pertenece al Parque Regional del Sureste. El cambio es brusco: terminas una avenida con carril bici y, de repente, empiezan caminos de tierra que bajan hacia el Jarama.
Uno de los paseos más habituales sigue el curso del río entre chopos y antiguas huertas. En primavera el aire trae olor a flores de almendro y a barro húmedo. Al amanecer se oyen garzas, ánades y bandadas de pájaros que levantan vuelo cuando pasa una bicicleta.
La laguna del Campillo queda a pocos minutos. Es una antigua gravera convertida en lámina de agua donde suelen verse cigüeñuelas, avocetas y otras aves del parque. Hay varios observatorios sencillos de madera repartidos por el perímetro. Conviene llevar agua y algo de comida: en esta zona no hay servicios cerca y el sol cae fuerte en verano.
Los fines de semana de buen tiempo los caminos se llenan de ciclistas y senderistas, así que si buscas silencio es mejor ir temprano, cuando todavía se levanta la niebla del río.
Lo que se come aquí
Rivas comparte muchas tradiciones de mesa con el resto de Madrid. El cocido sigue apareciendo en casas y restaurantes los domingos de invierno: primero la sopa, luego los garbanzos con verduras y por último la carne. En días fríos es difícil encontrar algo más reconfortante.
También aparecen dulces muy madrileños. En invierno y durante algunas fiestas se ven bartolillos en pastelerías: triángulos de masa frita rellenos de crema que dejan el azúcar glas pegado en los dedos. Se comen rápido, normalmente de pie, con café.
Cómo llegar y cuándo acercarse
Rivas Vaciamadrid está a unos veinte kilómetros del centro de Madrid. La línea 9 de metro llega hasta varias estaciones del municipio y también hay accesos directos por carretera si vienes en coche.
Si la idea es caminar por el Parque Regional del Sureste, conviene evitar las horas centrales del verano: la sombra escasea y el suelo arcilloso refleja mucho calor. Primavera y otoño funcionan mejor, sobre todo a primera hora de la mañana o al final de la tarde.
Algunos domingos del año vuelve a circular un tren histórico por la antigua vía hacia Arganda, muy cerca del término municipal. Cuando coincide con buen tiempo, el sonido del silbato se oye desde los campos del Jarama y recuerda que esta zona, antes de ser ciudad dormitorio, estaba llena de huertas, vías y caminos de polvo.
Rivas no es un pueblo detenido en el tiempo. Es una ciudad joven rodeada de campo. Y precisamente por eso, cuando te alejas unos minutos de los bloques y bajas hacia el río, aparece un silencio inesperado: agua lenta, carrizos moviéndose con el viento y el eco lejano de la ciudad que sigue funcionando al otro lado de los cerros.