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sobre Colmenar Viejo
Extenso municipio ganadero y residencial; posee una impresionante basílica y es puerta a la sierra
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A primera hora, cuando todavía no han abierto muchas persianas, el turismo en Colmenar Viejo empieza por el olor. Leña quemándose en alguna chimenea, pan tostado que sale de una cocina cercana, y ese fondo seco de campo que llega desde la dehesa. A unos treinta kilómetros al norte de Madrid, el pueblo aparece poco a poco: primero las encinas dispersas, luego urbanizaciones sueltas, después calles cada vez más antiguas hasta desembocar en la plaza Mayor.
No es un lugar que se revele de golpe. Colmenar se va entendiendo a base de caminarlo: una esquina con piedra gastada, un portal oscuro, una conversación a media voz en un banco.
La hora del cocido
Un sábado de invierno, cerca del mediodía, algunas bodegas del centro empiezan a llenarse. Muchas están excavadas en la roca, con techos bajos de ladrillo y ese frescor constante que guardan los espacios subterráneos. En las mesas aparece el cocido madrileño servido en vuelcos, como manda la costumbre.
Aquí el tema de la carne sale rápido en cualquier conversación. El vacuno de la Sierra de Guadarrama —con su denominación de origen— forma parte del paisaje tanto como las encinas. Son animales que han pastado en estas laderas y eso, dicen los de aquí, se nota en el plato.
En la mesa de al lado, un hombre mayor unta manteca con pimentón sobre una tostada de pan duro.
—Esto lo comíamos después de la matanza —dice, casi como si hablara solo—. Ahora viene gente de fuera y lo llama “experiencia gastronómica”. Para nosotros era comer.
Un pueblo antiguo en la Cuenca Alta del Manzanares
Colmenar Viejo lleva siglos siendo un punto importante en esta parte de la Cuenca Alta del Manzanares. Durante la Edad Media formó parte del Real de Manzanares, un territorio vinculado a la Corona, y el tamaño de algunos edificios todavía recuerda aquella época.
La Basílica de la Asunción domina el casco antiguo desde arriba. Su silueta se ve desde varias calles antes de llegar. Por dentro, la piedra tiene ese tono oscuro que dejan los siglos de humo de velas y de frío invernal. En una de las capillas se conserva el sepulcro de Juan González del Real, un capellán relacionado con la corte de los Reyes Católicos que eligió este lugar para su enterramiento.
La plaza Mayor mantiene el aire de cuando por aquí pasaban rebaños trashumantes camino de la sierra. Casas de dos alturas, soportales irregulares, el edificio del ayuntamiento con su torre del reloj. No es una plaza pulida ni homogénea: cada fachada parece haber ido resolviendo su propia historia.
La ermita y la dehesa alrededor
La ermita de la Soledad queda a unos quince minutos andando desde el centro. El camino sube poco a poco y las calles se van estrechando hasta que aparece el campo.
El edificio, del siglo XVI, está hecho con una piedra que acusa bien el paso del tiempo: musgo en la cara norte, grietas finas donde se agarran hierbas que nadie sabría nombrar. En Semana Santa la imagen de la Virgen baja desde aquí hacia la basílica en procesión. Dura bastante y el ritmo es lento, marcado por los pasos sobre la calzada.
Desde la explanada se abre la vista de la dehesa: encinas separadas, parcelas de pasto, alguna casa aislada. En esa misma zona se encuentra el yacimiento arqueológico de Navalvillar, donde aparecieron restos visigodos de hace más de mil años. Suele haber visitas guiadas organizadas algunos fines de semana, y conviene comprobar antes si están en marcha.
Las tumbas son sencillas: piedras planas, cruces grabadas sin demasiada precisión. No impresiona por tamaño, pero transmite algo muy directo: la sensación de que aquí hubo vida cotidiana hace quince siglos.
La plaza de toros y los días de feria
La plaza de toros de Colmenar Viejo es grande para el tamaño del municipio y tiene bastante peso dentro del calendario taurino madrileño. Cuando hay festejo se nota desde lejos: furgonetas, corrillos en las esquinas, gente caminando hacia la plaza con paso tranquilo.
En los días de feria el olor a ganado se mezcla con el de los bocadillos que salen de las cocinas cercanas. Las conversaciones giran en torno a la ganadería, al tamaño del toro, al comportamiento en la arena. Es un ambiente muy local.
A finales de agosto suelen celebrarse las fiestas patronales de la Virgen de los Remedios. El pueblo cambia de ritmo: música en la plaza, calles llenas hasta tarde y muchas familias que vuelven esos días aunque ya no vivan aquí.
Llegar y elegir bien el momento
Colmenar Viejo se alcanza fácilmente desde Madrid por la M‑607. En coche el trayecto suele rondar la media hora si no hay tráfico. También llega el tren de cercanías desde Chamartín; la estación está a las afueras y desde allí se puede subir al centro caminando o en autobús.
Si buscas el pueblo más tranquilo, conviene evitar los días grandes de fiestas o algunos fines de semana de primavera, cuando llega bastante gente desde Madrid. En enero, en cambio, el frío de la sierra vacía las calles al caer la tarde. Es un momento silencioso: humo saliendo de las chimeneas, pasos resonando en la plaza y la basílica cerrando poco a poco sus puertas.
Colmenar Viejo no funciona a base de grandes monumentos ni de escenas preparadas. Se entiende mejor caminando sin prisa, dejando que aparezcan los detalles: la piedra gastada de un portal, el sonido de las campanas en una mañana fría, el olor de la leña que vuelve cada invierno.