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sobre Colmenarejo
Municipio tranquilo cerca del embalse de Valmayor; ideal para paseos y contacto con la naturaleza
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Las campanas de la iglesia de Santiago Apóstol repiquetean a las siete de la mañana cuando el sol todavía no ha calentado la piedra. Desde la plaza, la bruma del valle del Aulencia empieza a levantarse despacio, como si alguien sacudiera una manta húmeda. El turismo en Colmenarejo, si se quiere entender de verdad, empieza a esta hora: calles casi vacías, alguna persiana que se abre y el sonido lejano de un coche que arranca.
El olor a dehesa y el murmullo del agua
Caminar por el sendero del cañón del río Aulencia es meterse en un pasillo de sombra. Fresnos y alisos cierran el paso de la luz y la dejan caer en rayas finas sobre el suelo. En verano el río suele bajar corto de agua, pero el murmullo sigue ahí, mezclado con el crujido de las hojas secas. En otoño cambia todo: el aire huele a tierra mojada y a hongos, y la humedad se pega a las botas.
El embalse de Valmayor aparece entre los cerros de repente, ancho y quieto. Desde la orilla que queda del lado de Colmenarejo se ve el agua oscura y, al fondo, las lomas que rodean El Escorial. Los fines de semana es habitual encontrar pescadores instalados desde temprano. Entre semana el lugar se queda mucho más tranquilo, sobre todo a primera hora o al caer la tarde.
La miel y la dehesa
En los alrededores del pueblo todavía se ven colmenas dispersas entre encinas y chaparros. La apicultura ha sido una actividad habitual en esta zona de la cuenca del Guadarrama, y todavía hay vecinos que mantienen colmenares en los claros de la dehesa.
La miel que sale de estas sierras suele ser oscura y con un sabor más fuerte que la de flores suaves; a veces recuerda al tomillo o al romero que crece entre las jaras. En días de calor, cuando el aire está quieto, el olor dulce de la cera y del propóleo se percibe incluso al pasar cerca de los cercados donde están las colmenas.
Piedra vieja en la plaza
La iglesia de Santiago Apóstol guarda un interior fresco incluso en verano. Al entrar se nota el olor a cera y a madera envejecida, y el sonido de la calle desaparece de golpe.
En la plaza se conservan unas pilas de piedra conocidas como las Pilas del Navazo. Durante siglos sirvieron como abrevadero para el ganado y para las caballerías que pasaban por el camino hacia la sierra. El agua sigue corriendo por ellas con un hilo constante, mientras alrededor hoy hay coches aparcados y vecinos que cruzan la plaza sin prestar demasiada atención.
A pocos minutos aparece el campus de la Universidad Carlos III. Los edificios de vidrio y hormigón cambian de golpe el paisaje. Entre semana el pueblo se llena de estudiantes que van y vienen con prisa; por la tarde, cuando el movimiento baja, Colmenarejo vuelve a su ritmo más lento.
Comidas de casa
En algunas casas todavía se mantiene la costumbre de asar cochinillo en horno de leña, sobre todo en reuniones familiares o días señalados. La piel queda fina y quebradiza, y la carne muy jugosa si el horno se ha llevado con paciencia.
En invierno es más fácil encontrar mesas donde aparece el cocido madrileño, de los que piden sobremesa larga. Afuera suele hacer frío seco de sierra, de ese que se cuela por las mangas cuando sopla el aire desde el Guadarrama.
Cuándo acercarse
Octubre suele ser buen momento para caminar por los caminos que rodean el pueblo. La dehesa cambia de color y el suelo empieza a llenarse de hojas y de setas después de las primeras lluvias.
En mayo los campos abiertos alrededor de Colmenarejo se vuelven verdes y el viento mueve el trigo joven como si fuera agua.
Si prefieres tranquilidad, mejor evitar los días de fiestas locales o algunos fines de semana de verano, cuando llega más gente de los municipios cercanos y el ambiente se vuelve bastante más ruidoso.
Entre semana, al amanecer o justo antes de que caiga el sol, la luz se vuelve más suave y el pueblo se queda casi en silencio. Es entonces cuando mejor se percibe el paisaje de encinas, caminos de tierra y lomas suaves que rodea Colmenarejo.