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sobre Colmenar de Oreja
Ciudad histórica con gran patrimonio y tradición vinícola; destaca su Plaza Mayor castellana y el Museo Ulpiano Checa
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El autobús deja de soltar gente cuando llegamos a Colmenar de Oreja. No es un pueblo de esos que se llenan de turistas con mochila y cámara al cuello. Aquí bajan muchos madrileños que vienen a comer, a beberse un par de copas de vino y luego se vuelven a casa. Como si fuera un bar de tapas, pero en versión pueblo entero.
La plaza que se traga el arroyo
La Plaza Mayor de Colmenar de Oreja es como esa amiga que se pone el vestido de fiesta dos veces al año y el resto del tiempo va en chándal. En septiembre se convierte en plaza de toros improvisada para las fiestas, pero lo normal es verla con gente sentada en las terrazas y coches aparcados donde podrían ir los tendidos.
Lo curioso es que debajo de esas losas corre un arroyo, el Zacatín, metido en un túnel. No lo ves, pero está ahí. Muy de pueblo: lo importante suele ir por debajo.
La plaza se levantó a lo largo de más de un siglo, algo bastante habitual en obras grandes de la época. Mientras tanto, el pueblo seguía a lo suyo: campo, ganado y viñas. La torre de la iglesia asoma por encima de las casas y se ve desde bastante lejos cuando entras por carretera. Sobre su diseño siempre aparece el nombre de Juan de Herrera. Algunos lo dan por hecho, otros dicen que es más tradición oral que documento firmado.
La piedra que construyó Madrid
Aquí la piedra tiene más historia que muchas familias. La piedra caliza de Colmenar se utilizó durante siglos en obras importantes de Madrid: el Palacio Real, la Puerta de Alcalá o el Prado llevan material que salió de estas canteras.
Cuando paseas por el pueblo lo entiendes enseguida. Muros, escaleras, bodegas, bancos… todo está hecho con esa misma piedra clara que luego ves en medio Madrid. Es ese tipo de sitio donde la geología acaba marcando la identidad del lugar.
Las canteras ya no trabajan como antes, pero el paisaje alrededor del pueblo todavía deja ver los cortes en la roca. Y siempre aparece la misma historia: que por un vado cercano del Tajo pasaron los elefantes de Aníbal camino de la Meseta. No hay forma de comprobarlo del todo, pero en los pueblos estas historias se cuentan como quien habla del tiempo.
Vino y cosas que acompañan el vino
El vino sigue muy presente en Colmenar de Oreja. En el término municipal hay varias bodegas vinculadas a la Denominación de Origen Vinos de Madrid, y el viñedo forma parte del paisaje desde hace siglos. Algunas se pueden visitar y explican cómo trabajan la uva en esta zona, a unos cuantos cientos de metros de altitud, con veranos secos y suelos bastante duros.
Luego está el limoncillo. Un aguardiente anisado con cáscara de limón que entra suave pero pega un buen golpe. Se sirve en vasos pequeños, como si eso fuera a frenar algo.
Mi consejo: uno y listo. Dos ya te cambian la conversación.
Comida de abuela con nombre raro
Las patatas chulas suenan a plato de verbena, pero en realidad es un guiso serio: patatas, chorizo, panceta… de esos que te arreglan el cuerpo si hace frío.
El pisto vaquero lleva carne de ternera de la zona, y la ternera al desarreglo es uno de esos guisos tradicionales donde cada casa tiene su manera de hacerlo. El nombre parece improvisado, pero el resultado suele ser contundente.
En dulce aparecen las pelotas de fraile, fritas y con aroma de anís y limón. Mejor comerlas recién hechas y no pensar demasiado en la dieta.
El queso de oveja también ha tenido tradición aquí. Hubo una quesería bastante conocida que cerró hace unos años, pero todavía hay pequeños productores y gente que sigue trabajando la leche en la zona. No siempre es fácil encontrarlo en un escaparate; a veces toca preguntar.
Cuándo ir para verlo con calma
Hay dos momentos del año en los que el pueblo se anima bastante. En mayo, con celebraciones religiosas y romerías que atraen a mucha gente de la comarca. Y en septiembre, cuando llegan las fiestas patronales y los encierros.
Si prefieres ver Colmenar de Oreja con más calma, cualquier fin de semana de primavera funciona bien. Los campos alrededor están verdes y el ritmo del pueblo es bastante tranquilo.
Desde el casco urbano salen varios caminos. Uno de los más conocidos va hacia el Castillo de Oreja, unas ruinas medievales que quedan en un cerro sobre el Tajo. No esperes murallas espectaculares, pero el paisaje merece el paseo. Lleva agua, porque por allí no hay mucho más que campo.
También hay rutas cortas que enlazan varias ermitas alrededor del pueblo. Preparan buenas cuestas, eso sí. Luego nadie se siente culpable si acaba la jornada con un guiso delante.
El pintor que salió del pueblo
Ulpiano Checa nació aquí en el siglo XIX y acabó pintando escenas históricas y orientales que dieron bastante que hablar en su tiempo. En Colmenar de Oreja hay un museo dedicado a su obra.
No es grande, pero sirve para entender que de un pueblo de unos nueve mil habitantes también pueden salir artistas que terminan exponiendo fuera.
Al final, Colmenar de Oreja funciona un poco así: una plaza enorme, vino alrededor, comida de cuchara y bastante historia metida entre las piedras. No es el típico sitio del que todo el mundo presume en redes.
Es más bien ese lugar al que vas un sábado, comes bien, das un paseo, y vuelves a Madrid pensando que el plan ha merecido la pena.
Y cuando alguien te pregunta qué hiciste el fin de semana, dices: “Me acerqué a Colmenar de Oreja. A comer y a tomar vino”. Y listo.