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sobre Morata de Tajuña
Pueblo de la vega famoso por sus palmeritas de chocolate y su museo de la Batalla del Jarama
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Morata de Tajuña me recibió un sábado por la mañana con olor a almíbar caliente. De ese que te entra por la nariz y te hace girar la cabeza como cuando pasas por delante de una churrería. Esa mañana varias pastelerías del pueblo estaban sacando las famosas palmeritas de Morata: pequeñas, redondas, bien bañadas en azúcar. En Madrid se venden en muchos sitios, pero aquí el asunto tiene otro ritmo. Las bandejas salen casi recién hechas y el almíbar aún está pegajoso. Comes una y entiendes por qué medio Madrid acaba viniendo a por cajas.
El molino que todavía gira
Después de limpiarme los dedos (y la barba) de azúcar, me acerqué al molino. Y no es uno de esos sitios donde todo está quieto detrás de un cartel explicativo. Aquí la maquinaria se mueve.
El molino de Morata sigue funcionando con el agua del Tajuña. Según cuentan allí, es de los pocos molinos hidráulicos tradicionales que continúan en marcha en la Comunidad de Madrid. Mientras el agua empuja la rueda, dentro se oye ese ruido constante de piedra contra piedra que recuerda a una lavadora vieja trabajando sin descanso.
El hombre que lo enseña suele explicar cómo llegaban antes los agricultores con sacos de grano y aprovechaban la espera para charlar un rato. Hoy, me comentó, muchas de las visitas vienen de Madrid. Y tiene lógica: Morata está a unos 35 kilómetros de la capital. En coche es menos de una hora, dependiendo de cómo esté la entrada a la ciudad.
Pasear por la Vía Verde del Tajuña
La Vía Verde del Tajuña pasa por Morata. Antes era una línea de tren; ahora es un camino largo y bastante cómodo para caminar o ir en bici.
El sendero avanza entre huertas, olivos y tramos de ribera. El río aparece y desaparece a tu lado, como si fuera acompañando el paseo. Hay gente que hace pequeños tramos y vuelve, y otros que lo usan para rutas más largas hacia pueblos cercanos.
En algunos puntos aparecen paneles que recuerdan que esta zona estuvo cerca del frente durante la Batalla del Jarama en 1937. Hoy el paisaje es tranquilo, con tomillo y romero creciendo en las lomas, pero cuesta imaginar lo que debió de pasar aquí durante la guerra.
Las cuevas excavadas en la roca
En las afueras se conservan varias cuevas excavadas en la tierra. No son enormes ni espectaculares, pero cuando te asomas dentro te haces una idea clara de cómo se aprovechaba el terreno. Algunas tienen forma de pequeñas estancias, con chimenea y espacio para lo básico.
Hay quien cuenta que en el siglo XIX estas cuevas también sirvieron de escondite para bandoleros que se movían por el valle del Tajuña. Historias de ese tipo aparecen en bastantes pueblos de la zona; parte leyenda, parte memoria popular. En cualquier caso, viendo el lugar, no cuesta imaginarlo.
Vino de la zona y cocina de cuchara
Morata está dentro de la zona vinícola del sureste de Madrid. En los alrededores hay viñedos y bodegas que trabajan con variedades bastante adaptadas al clima seco de esta parte de la región.
No hace falta ser experto para disfrutarlos. Son vinos directos, de esos que acompañan bien una comida larga. Y si hay un plato que suele aparecer cuando preguntas por cocina local es el cordero guisado a la pastora: carne, patatas, pimientos y un caldo potente que pide pan al lado.
Es de esos guisos que saben mejor cuando el plan es comer sin mirar el reloj.
Cuando el pueblo está de fiesta
A lo largo del año Morata tiene varias celebraciones que llenan bastante las calles. En primavera suelen celebrarse los Mayos, con gente subiendo a la ermita de la Virgen de la Antigua. También es conocida la representación de la Pasión durante Semana Santa, en la que participa mucha gente del pueblo.
Las fiestas patronales se celebran hacia finales del verano o principios de otoño y el ambiente cambia bastante: peñas, música y mucha gente que vuelve esos días aunque ya no viva aquí.
¿Merece la pena acercarse a Morata?
Morata de Tajuña no es uno de esos pueblos que impresiona nada más llegar. No tiene murallas medievales ni plazas monumentales. Pero funciona bien como escapada corta desde Madrid.
Vienes, compras palmeritas, te acercas al molino, das un paseo por la Vía Verde y te sientas a comer algo con calma. En una mañana larga o una tarde tranquila lo tienes bastante visto.
Y oye, no todos los planes necesitan más que eso: un paseo, algo dulce y un río sonando de fondo.