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sobre Valdilecha
Pueblo agrícola con una de las iglesias mudéjares más antiguas de la región
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Hay un momento en el que la M‑50 ya queda lejos, el móvil empieza a flojear y las casas de Valdilecha aparecen pegadas a la ladera como si alguien las hubiera tirado desde arriba y se hubieran quedado ahí, agarradas a la roca. Ese momento dura lo que tarda tu coche en tomar la última curva antes del pueblo: tres segundos, justo el tiempo de decir “¿pero esto sigue siendo Madrid?”.
La iglesia que se hizo esperar
La primera vez que vi la torre de San Martín pensé que era un campanario medio torcido. Luego te cuentan que es una de las iglesias gótico‑mudéjares que quedan en la Comunidad de Madrid y la miras con otros ojos. Está arriba del todo, dominando el pueblo y el valle, como si llevara siglos vigilando que nadie toque las viñas.
Dentro pasa una cosa curiosa: huele a piedra húmeda incluso en pleno agosto. Muros gruesos, silencio, ese eco que tienen las iglesias antiguas cuando apenas hay gente. Si caes por allí un domingo a la hora de misa, oyes el órgano y entiendes que aquí la cosa sigue siendo seria. Nada de entrar cinco minutos para hacer una foto y salir.
El cura que era alcalde y medio Robin Hood
En el bar de la plaza —ese donde la cafetera suena como un tractor— todavía sale a veces la historia del Capellán Almazán. Cura, alcalde y algo parecido a bandolero, todo mezclado. Predicaba por la mañana, llevaba los asuntos del pueblo por la tarde y, según cuentan, por la noche tenía sus propios métodos para repartir riqueza.
La historia tiene ese punto entre real y exagerado que suelen tener las leyendas de pueblo. También se habla de una bodega o cueva grande en el barranco, asociada a aquellos tiempos. Si preguntas a los vecinos mayores, cada uno te da una versión distinta, que suele ser la señal de que algo de verdad hay detrás.
Cuando el vino era agua y el aceite, oro
Durante mucho tiempo la vida aquí giró alrededor de la vid y del olivo. En el siglo XIX llegó a haber bastantes bodegas en el pueblo. Hoy quedan menos, aunque el paisaje alrededor sigue contando la misma historia: parcelas de viña, olivares y caminos agrícolas que salen del casco urbano.
El vino de la zona tiene ese carácter de campo que notas en cuanto lo pruebas. Y el aceite sigue teniendo mucho peso en la economía local. Si paseas por las afueras todavía ves antiguos molinos o construcciones ligadas al trabajo del aceite, algunos reutilizados como viviendas y otros medio caídos.
En las fiestas de la Virgen de la Oliva, a principios de septiembre, el ambiente cambia bastante. El pueblo se llena, huele a comida hecha en la calle y aparecen mesas largas donde se junta medio barrio. Es uno de esos momentos en los que se nota que aquí la vida sigue muy ligada a lo comunitario.
Cuando toca correr detrás del hornazo
En Pascua hay una tradición que al visitante le deja un poco descolocado al principio: el llamado “Correr el Hornazo”. Básicamente, el pueblo sale a la calle y la gente acaba corriendo detrás del hornazo para llevarse su parte.
La escena tiene algo caótico y bastante gracioso. Niños corriendo, abuelos que no se quedan atrás y vecinos animando desde las aceras. El dulce en sí está muy bien, pero lo mejor es ver cómo se mezcla todo el mundo. Es de esas costumbres que se entienden mejor viviéndolas que leyéndolas.
El paseo hasta la Virgen de la Oliva
Desde la plaza sale el camino hacia la ermita de la Virgen de la Oliva. No es una excursión como tal: apenas unos cientos de metros cuesta arriba. Lo justo para estirar las piernas después de comer.
Arriba se abre el paisaje del valle y del entorno agrícola que rodea el pueblo. No hay grandes miradores preparados ni barandillas modernas, solo la ermita y el terreno abierto alrededor.
Si te gusta caminar un poco más, desde ahí salen caminos que conectan con los campos cercanos y con pueblos de la zona del Tajuña. No siempre están señalizados, pero son de esos senderos que llevan usándose toda la vida.
¿Compensa acercarse?
Depende de lo que busques. Si vienes esperando tiendas de recuerdos o calles pensadas para el turismo, este no es el sitio.
Valdilecha funciona mejor con otra idea en la cabeza: llegar sin prisa, dar una vuelta por las calles que suben hacia la iglesia, sentarte un rato en la plaza y dejar que pase la tarde. Es ese tipo de pueblo donde el tiempo va más despacio, y donde lo más interesante muchas veces es simplemente mirar alrededor y escuchar a la gente hablar.
Y eso, estando a menos de una hora de Madrid, no es poca cosa.