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sobre Villar del Olmo
Pueblo en un valle tranquilo; destaca por su Vía Verde y gastronomía tradicional
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Hay un momento, justo cuando sales de la A‑2 y tomas la carretera local, en que el coche empieza a subir como si Madrid quisiera esconderse en el retrovisor. El trayecto no es especialmente largo, pero después de comer se hace eterno. Cuando llegas a Villar del Olmo y ves la primera casa encalada con su mirador de madera, entiendes por qué hay gente que se plantea mudarse aquí… incluso sabiendo que el viento del páramo en invierno no perdona.
El pueblo que nunca se secó
Villar del Olmo es de esos sitios que parecen sacados de una conversación de bar: un municipio de poco más de dos mil vecinos, una iglesia que se hace notar y una fuente de la que siempre hay alguna historia. La Fuente de San Isidro —que los vecinos suelen decir que «nunca se ha secado»— sigue siendo punto de encuentro cuando hay mercadillo. Allí se mezclan los de toda la vida con los que han llegado en los últimos años buscando una casa con jardín a menos de una hora de Madrid.
La fuente está a unos minutos andando del centro, bajando por un sendero sencillo. El paseo tiene ese aire de pueblo donde aún pasan gallinas sueltas, algún perro se queda mirándote como si estuviera intentando recordarte, y de vez en cuando llega olor a pan de alguna casa cercana.
Cal, mucha cal
Lo primero que llama la atención son las casas. No es que estén simplemente cuidadas; es que muchas parecen recién encaladas. Cuando pega el sol, el blanco de las fachadas casi deslumbra. Durante décadas en el pueblo hubo actividad relacionada con la cal, y algo de ese pasado sigue presente en las paredes.
Hay viviendas con miradores de madera que parecen balcones de verbena, y otras más discretas que esconden patios interiores donde se cultiva de todo: lechugas, tomates, alguna parra y hasta algún limonero que, por clima, casi parece un pequeño acto de rebeldía.
La iglesia de Nuestra Señora de la Antigua es el edificio que más se ve desde lejos. No es grande, pero tiene ese aire de parroquia de pueblo que ha pasado por varias reformas a lo largo del siglo pasado. Desde los alrededores se abre la vista hacia la vega del Tajuña y los campos que rodean el municipio. En los días claros el horizonte se alarga bastante más de lo que uno esperaría en esta parte de la Comunidad de Madrid.
A las afueras está la urbanización de Eurovillas, bastante conocida en la zona. Allí el paisaje cambia: chalés, parcelas grandes y calles que ya funcionan más como barrio residencial que como núcleo de pueblo.
El tren que se llevó el futuro
Una de las rutas curiosas por aquí sigue el antiguo trazado del ferrocarril Madrid‑Cuenca‑Valencia. Hoy es un sendero natural que muchos conocen como la «Ruta de los 40 días». El nombre suena a aventura épica, pero el recorrido es bastante tranquilo.
El camino es ancho y con desniveles suaves, así que se ve a gente caminando, familias con niños y bastantes ciclistas de fin de semana, de esos que van equipados como si fueran a cruzar los Alpes aunque luego hagan una parada larga para merendar.
En primavera el campo alrededor se llena de amapolas y el paisaje cambia bastante. Es uno de esos paseos que se hacen sin mirar mucho el reloj.
Migas y días de mercado
La comida sigue la lógica de esta parte de Las Vegas: huerta, legumbres y platos contundentes. Y sí, migas. Aquí las migas no son algo ocasional; forman parte del repertorio habitual cuando hay reuniones o fiestas.
Se preparan con pan asentado, bastante ajo y embutido. En celebraciones ligadas a San Isidro, que tradicionalmente se festeja en mayo, a veces se reparten en la plaza. Si coincide con algún evento de ese tipo, verás cola antes incluso de que empiece el reparto.
El mercadillo semanal también mueve bastante ambiente. Se montan puestos con ropa, plantas, fruta y lo típico que uno acaba comprando sin haberlo planeado. Más que por lo que se vende, merece la pena por el ambiente: gente charlando, bolsas que van y vienen y media plaza convertida en punto de encuentro.
¿Merece la pena acercarse?
Depende de lo que esperes. Si buscas calles llenas de tiendas de artesanía y terrazas muy cuidadas, aquí no va por ahí la cosa. Villar del Olmo funciona más como esos pueblos donde aparcas, das una vuelta sin prisa y acabas sentado en la plaza viendo pasar la tarde.
El recorrido básico se hace rápido: la iglesia, la zona de la fuente, un paseo por el casco antiguo y, si te apetece caminar un poco más, el sendero del antiguo tren. En unas horas te haces una idea bastante clara.
Primavera suele ser buen momento para venir, cuando el campo alrededor está verde y el viento da tregua. En verano el calor aprieta, y en invierno el aire se cuela por todas partes.
No es el pueblo más espectacular de la Comunidad de Madrid. Pero tiene ese aire tranquilo de sitio donde la vida va a otro ritmo. Y hay gente que, una vez lo prueba, ya no quiere cambiarlo por volver a vivir pegado a la M‑30.