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sobre Arroyomolinos
Moderno municipio en expansión; destaca por su torreón medieval y grandes zonas comerciales y de ocio
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A las diez de la mañana, cuando el sol ya calienta las losas de granito del Torreón, se oye el murmullo constante de la M‑413, que atraviesa Arroyomolinos como un río de asfalto. En ese momento entiendes rápido cómo es el turismo en Arroyomolinos: un lugar pegado a Madrid donde lo urbano y lo que queda de pueblo conviven sin demasiada ceremonia. Desde lo alto de la torre, el tráfico se ve en miniatura: camiones que parecen juguetes, coches que brillan un instante antes de desaparecer en la rotonda.
Abajo, en el parque cercano, un grupo de abuelas empuja coches de bebé mientras comentan algo sobre el colegio nuevo. Arroyomolinos huele a césped recién cortado y a pan caliente de alguna panadería de la plaza, un olor que se cuela por las calles de adosados y recuerda que aquí, no hace tanto, todo era campo.
El Torreón, piedra vieja en medio del crecimiento
Subir la escalera de caracol del Torreón es meterse en un cilindro de piedra donde la temperatura baja de golpe. Los peldaños están gastados y algo irregulares, pulidos por siglos de uso. Desde las pequeñas ventanas entra una luz oblicua que deja ver los campos que aún sobreviven hacia Batres y las urbanizaciones que han ido creciendo alrededor.
La torre suele fecharse a finales de la Edad Media y durante siglos tuvo varios usos: vigilancia, almacén agrícola, incluso palomar según cuentan algunos vecinos mayores. Hoy el edificio se utiliza para actividades culturales y pequeñas exposiciones municipales cuando está abierto.
En el pueblo circula desde hace tiempo una historia: que una galería subterránea conectaba el Torreón con Batres. No hay constancia clara de que exista, pero la leyenda sigue viva y siempre aparece cuando alguien señala un agujero oscuro en el muro norte o un pasadizo cegado.
El arroyo que dio nombre al lugar
El arroyo de los Combos baja discreto entre juncos y pequeñas manchas de vegetación. No es un cauce grande, y en verano puede quedarse en un hilo de agua, pero durante siglos movió molinos harineros que dieron nombre al municipio.
Si sigues su curso aún aparecen restos de muros de granito medio cubiertos de musgo. A veces quedan medio ocultos entre zarzas o detrás de alguna valla. Son fragmentos de otra época: cuando esta zona era una franja agrícola entre pueblos como Móstoles, Navalcarnero o Batres.
En primavera el lugar cambia bastante. El agua suele correr con más fuerza y los bordes del arroyo se llenan de insectos y ranas. Es fácil ver a niños acercarse con botas de agua mientras los adultos esperan desde el camino, recordando seguramente que ellos hicieron lo mismo.
Un municipio que creció rápido
Arroyomolinos se ha expandido muy deprisa desde finales del siglo XX. Primero llegaron las urbanizaciones de adosados, luego los chalets con jardín y más tarde bloques de viviendas que miran hacia las zonas comerciales y los polígonos cercanos.
Ese crecimiento se nota sobre todo en las rotondas, en las avenidas anchas y en la cantidad de gente que entra y sale cada mañana hacia Madrid. Aun así, alrededor del Torreón y del parque municipal todavía quedan momentos tranquilos: el domingo temprano, cuando el mercadillo empieza a desmontarse y el suelo queda marcado por cajas de fruta; o al caer la tarde, cuando los columpios se vacían y el olor de las cocinas empieza a salir por las ventanas abiertas.
Es entonces cuando el pueblo baja el ritmo.
Cuándo acercarse y cómo moverse
La primavera suele ser buena época para pasear por los caminos que miran hacia Batres. En los años húmedos los campos se llenan de flores y todavía quedan parcelas agrícolas que cambian de color según avanza la temporada.
El verano, en cambio, es seco y caluroso a partir del mediodía. Si vienes, compensa salir a primera hora o esperar al final de la tarde, cuando el sol cae detrás de las urbanizaciones y el aire empieza a moverse.
Si llegas en coche, lo más práctico es aparcar en alguna de las calles próximas al centro y moverte andando. El núcleo alrededor del Torreón se recorre rápido, pero merece la pena hacerlo sin prisa: sentarse un rato en un banco, escuchar las conversaciones de la plaza y observar ese contraste tan claro entre la torre medieval y el municipio moderno que ha crecido alrededor.