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sobre Humanes de Madrid
Municipio industrial y residencial al sur de Fuenlabrada; conserva su iglesia histórica
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Las campanas de la iglesia dan las ocho cuando cruzo la plaza de la Constitución. Un hombre baja con el perro todavía en bata, arrastrando las zapatillas por el suelo frío de la mañana. En una esquina alguien pide el primer café del día, de esos que salen en vaso de cristal grueso y empañado. Humanes de Madrid huele a pan reciente y al asfalto todavía húmedo de la noche.
Humanes de Madrid queda en la franja sur del área metropolitana, donde la ciudad empieza a diluirse en naves industriales, vías de tren y campos abiertos. Mucha gente vive aquí y trabaja en Madrid o en los municipios cercanos; el tren de Cercanías forma parte del paisaje diario tanto como la plaza o el mercado.
Lo que no suele salir en las guías
El centro gira alrededor de unas pocas calles donde aún sobreviven los ritmos de siempre. A primera hora se levantan las persianas metálicas de las tiendas, con ese golpe seco que resuena por toda la calle. En la calle Mayor aparecen los primeros vecinos con bolsas de tela y paso tranquilo.
Quedan comercios de los de antes: escaparates estrechos, estanterías hasta el techo, olor a metal o a papel viejo según el local. En algunos portales todavía se ven azulejos antiguos con nombres de calles que ya casi nadie usa en conversación. Humanes tiene ese aire de municipio que ha crecido rápido en las últimas décadas pero donde aún asoma, en algunos rincones, el pueblo que fue.
Salir hacia los caminos
Si te alejas del centro caminando hacia el borde del municipio, las calles se ensanchan y el ruido cambia. Primero aparecen rotondas grandes y polígonos; un poco más allá empiezan los caminos de tierra.
El terreno aquí es seco, con suelos claros que en verano reflejan la luz como polvo. Entre los campos aparecen retamas, alguna encina baja y matas de tomillo que se notan sobre todo cuando aprieta el sol. En primavera, después de varios días de lluvia, los bordes de los caminos se llenan de amapolas y jaramagos.
Cerca del término municipal discurre un arroyo estacional que buena parte del año baja casi seco. Aun así, el corredor de vegetación se nota: más pájaros, más insectos, un poco de sombra donde parar un momento.
Si vienes a caminar, mejor a primera hora de la mañana o al final de la tarde. En verano el calor cae fuerte sobre los caminos abiertos y hay pocos árboles.
Los fines de semana
El ritmo cambia bastante entre semana y sábado. Por la mañana llegan coches de municipios cercanos y de barrios del sur de Madrid. Las plazas y los parques se llenan de familias, niños en bicicleta y grupos de abuelos sentados en los bancos mirando el ir y venir.
En el polideportivo municipal suele haber partidos de fútbol base. Se oyen los silbatos, las instrucciones gritadas desde la banda y el sonido seco del balón contra la valla. Alrededor del campo se forman pequeños corrillos: padres comentando la jugada, chavales con sudaderas del equipo, bolsas de pipas que crujen al abrirse.
Cuando cae la tarde
A última hora el pueblo se calma otra vez. La luz baja por las fachadas y se queda un rato atrapada en las paredes claras de las casas antiguas. Las palomas se mueven por los aleros y los cables de la luz, buscando sitio para pasar la noche.
En la plaza algunos vecinos se sientan a charlar mientras los niños dan las últimas vueltas en patinete. El aire, sobre todo en primavera, trae olor a jazmín de los patios cercanos.
Humanes de Madrid no vive de llamar la atención. Es más bien un lugar de rutina diaria: trenes que van y vienen, colegios a la salida de las cinco, paseos cortos al caer la tarde. Si te acercas entre semana, mejor fuera de las horas punta del tren, cuando el movimiento baja y el pueblo vuelve a su escala normal.
Cómo llegar: La línea C‑5 de Cercanías conecta Humanes con el centro de Madrid en alrededor de media hora. En coche se llega por la A‑42; los sábados por la mañana suele costar encontrar sitio cerca de la plaza.