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sobre Navalcarnero
Villa Real con gran tradición vinícola y una plaza mayor porticada de estilo castellano
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A 31 kilómetros de Madrid, justo donde la A-5 empieza a cansarse de tanto asfalto, está Navalcarnero, un pueblo que nació por una pelea de vecinos. Literalmente. A finales del siglo XV, unos labradores vinculados a Segovia consiguieron permiso de los Reyes Católicos para fundar aquí una nueva villa y así frenar la expansión de Casarrubios. Dicho de otra manera: montaron un pueblo nuevo para marcar territorio. Como cuando en una urbanización alguien levanta una valla porque el vecino se está viniendo demasiado arriba.
El truco del vino y las cuevas
Lo primero que notas al bajar del coche en Navalcarnero es que el aire huele un poco distinto. No es el típico olor de pueblo dormitorio de Madrid; hay algo más, mezcla de panadería y madera vieja. Parte de la explicación está bajo tierra. Se habla de más de 300 cuevas excavadas en el subsuelo que durante siglos sirvieron para guardar vino a una temperatura bastante estable todo el año.
Algunas todavía se utilizan y otras se pueden visitar en recorridos guiados que suelen organizarse en el pueblo. Bajar a una de estas cuevas es curioso: pasas del ruido de la calle a un silencio fresco, con galerías excavadas a pico que parecen no terminar nunca. Nada de bodegas de diseño ni acero brillante; aquí todo es más directo, más de tierra y ladrillo.
Este pasado explica por qué el vino ha tenido peso en la zona desde hace tiempo. Hoy forma parte de la denominación de origen de Madrid, y mucha gente de la capital sigue acercándose a por vino de la zona, como se hacía antes con las garrafas en el maletero.
Donde Felipe IV se casó y se largó
En la Casa de la Cadena hay una placa que recuerda que aquí se celebró la boda de Felipe IV con Mariana de Austria en 1649. El rey vino, se casó y siguió camino, pero el pueblo se quedó con la historia. De esas anécdotas que pasan a formar parte del relato local y que se siguen contando siglos después.
La iglesia de la Asunción resume bastante bien cómo ha ido creciendo Navalcarnero. Tiene base gótica, una torre de aire mudéjar y añadidos posteriores que recuerdan un poco a la arquitectura más sobria del entorno de El Escorial. Todo junto podría sonar raro, pero al verlo encaja. Como esos bocadillos que mezclan demasiadas cosas y, aun así, funcionan.
El encierro que se hace de noche
Si pasas por aquí en septiembre, coincidiendo con las fiestas de la Concepción, el ambiente cambia bastante. El centro del pueblo se llena y la plaza de Segovia —que pese al nombre está en Navalcarnero— se convierte en el corazón de todo.
Uno de los momentos más conocidos es el encierro nocturno. Sí, aquí los toros salen cuando ya ha caído el sol, algo poco habitual en la región. La plaza funciona como coso improvisado y muchos vecinos miran desde balcones y gradas montadas para esos días. Tiene ese aire de fiesta de pueblo donde media plaza se conoce por el apodo de toda la vida.
Tres cosas que no te dirán en la oficina de turismo
Primera: el paseo de los Personajes Ilustres es un parque con estatuas de reyes, pintores y escritores que en realidad no tienen demasiada relación directa con Navalcarnero. Están allí, alineados, como esos pósters de celebridades que aparecen en bares de carretera.
Segunda: el Caño de San José lleva suministrando agua al pueblo desde el siglo XIX. Es una fuente pública donde todavía se ve a gente llenando garrafas. Funciona con una regularidad que ya quisieran muchas cosas modernas.
Tercera: cerca del final de la ruta de las cuevas está el Humilladero de la Virgen de la Cueva. El nombre suena casi a banda de heavy metal local, pero en realidad es una pequeña ermita del siglo XVI donde antiguamente se dejaban ofrendas al entrar o salir del pueblo.
El cocido que no es de Madrid
Si te sientas a comer por aquí, el cocido tiene su propio estilo. No es exactamente el de tres vuelcos más conocido de la capital. Suele ser más de plato hondo, con caldo espeso y garbanzo pequeño.
Hay quien dice que el secreto está en el agua; otros en el tipo de garbanzo que se ha cultivado tradicionalmente por la zona. Sea lo que sea, es de esos platos que parecen sencillos pero te dejan clavado a la silla un buen rato. Si lo acompañas con un rosado de garnacha de la zona, todo encaja bastante bien.
Cuándo ir y por qué
Navalcarnero no es un sitio para encerrarse tres días haciendo turismo intensivo. Es más bien plan de escapada corta: paseo por el casco antiguo, bajar a alguna cueva, comer tranquilo y terminar la tarde en la plaza.
Funciona especialmente bien cuando en Madrid el calor aprieta y apetece salir un poco del asfalto. Las calles del centro, con casas de adobe y soportales, tienen más sombra de la que parece en el mapa. Y en septiembre, con las fiestas, el pueblo se llena de gente que se saluda por el nombre… o por el mote del colegio.
No vas a encontrarte un monumento que te deje con la boca abierta. Pero sí ese tipo de lugar donde todavía se nota que hay vida de pueblo alrededor, no solo urbanizaciones y rotondas. Y es bastante probable que vuelvas a casa con una botella de vino en el maletero y la sensación de haber pasado la tarde en un sitio que no estaba pensado para hacerse fotos.