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sobre Pinto
Ciudad histórica con torre medieval; cuenta con grandes parques y el parque arqueológico Arqueopinto
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A las once de la mañana, cuando el sol ya calienta la tierra rojiza del sur de Madrid, el tren de cercanías deja ver desde la ventanilla una mancha ocre que crece entre campos abiertos y hileras de casas de ladrillo. Ese es Pinto: un municipio pegado a la A‑4 y a las plataformas logísticas del sur metropolitano, pero con capas de historia que van mucho más atrás que las urbanizaciones recientes.
La torre que fue cárcel
La Torre de Éboli aparece en medio del casco urbano casi sin aviso, en un cruce de calles donde uno espera encontrar bloques modernos y de pronto se levanta esta mole de piedra. Cerca de treinta metros de mampostería que han sido fortaleza, residencia señorial y también prisión de Estado.
Subir su escalera de caracol tiene algo de pausa obligada: la piedra conserva un olor seco, calentado por el sol de la meseta, y la luz entra a ráfagas por aspilleras estrechas que apenas dejan ver más que un rectángulo de cielo.
Desde arriba el pueblo se abre como un abanico irregular: tejados de teja árabe mezclados con edificios de los años sesenta, el campanario de Santo Domingo sobresaliendo entre las calles del centro. En el siglo XVI la princesa de Éboli fue confinada aquí por orden de Felipe II, y la historia ha terminado quedándose pegada a la torre como una segunda piel. En la fachada todavía se distinguen escudos nobiliarios tallados en la piedra, aunque la mayoría de la gente pasa de largo sin levantar demasiado la vista.
Si te interesa entrar, conviene consultar antes en el museo local o en la oficina municipal: las visitas suelen depender de horarios culturales que cambian según la temporada.
El pueblo que se cree centro del mundo
Junto al parque Egido de la Fuente hay un monolito de granito que señala lo que durante siglos se consideró el centro geográfico de la península ibérica. Los cálculos modernos lo discuten, pero la idea sigue formando parte del imaginario local.
Alrededor se concentra uno de los espacios más tranquilos del municipio. A primera hora de la tarde, cuando el calor cae recto sobre el asfalto, las calles del centro quedan casi en silencio: persianas bajadas, alguna bicicleta cruzando despacio y el zumbido constante de los aparatos de aire acondicionado.
Muy cerca está la Casa de la Cadena, un edificio histórico con el escudo de Carlos III. La tradición popular relaciona el lugar con el antiguo derecho de asilo, resumido en un dicho que todavía repiten algunos vecinos: «Vete a Pinto y entra en Pantoja». La frase quedó como símbolo de refugio en una zona que durante siglos fue paso entre Madrid y La Mancha.
Hoy la estación de cercanías marca el ritmo diario. Cada mañana llegan y se van cientos de personas que trabajan en la capital, y el municipio vive a caballo entre ese movimiento constante y los restos de su antiguo trazado agrícola.
Gachas y rosquillas cuando el campo lo pide
En cuanto llegan los meses fríos, algunas casas vuelven a oler a cocina de cuchara. Las gachas que se preparan en Pinto suelen ser algo más suaves que las manchegas: harina tostada, aceite, ajo y pimentón, removidas despacio hasta que espesan. Cada familia tiene su manera y no siempre aparecen en restaurantes; a menudo siguen siendo plato doméstico, de los que se hacen cuando el campo descansa y hay tiempo para la lumbre.
Las rosquillas aparecen sobre todo alrededor de las fiestas de mayo. En puestos del mercadillo o en mesas improvisadas en la plaza se ven bandejas con variedades de anís, limón o vino. Algunas asociaciones vecinales y cofradías mantienen la costumbre de prepararlas de forma artesanal, girándolas en aceite caliente con palos de madera como se hacía antes.
La ruta que no está en los folletos
En el límite con Valdemoro, entre pinos jóvenes y matorral de romero, queda un pequeño sistema de trincheras de la Guerra Civil. No siempre está señalizado y a veces pasa desapercibido entre senderos de tierra que usan ciclistas y gente que sale a correr.
Si te fijas bien, todavía se distinguen tramos excavados en zigzag y pequeños huecos que servían como posiciones defensivas. El lugar tiene algo de paisaje olvidado: restos de latas, polvo fino levantándose con el viento y el olor fuerte del romero cuando aprieta el sol.
Desde allí se puede volver hacia el pueblo por caminos que enlazan con la antigua cañada real. En el alto aparece la ermita del Cristo del Calvario, un edificio blanco y sencillo al que todavía suben vecinos a encender velas. Desde ese punto se ve bien cómo Pinto mezcla capas distintas: el casco antiguo, los barrios recientes, polígonos industriales y, más allá, los campos abiertos que aún resisten entre carreteras.
A lo lejos siempre se oye algo de fondo: el tren entrando en la estación o el rumor continuo de la autovía.
Cuándo ir: entre semana el centro mantiene un ritmo más tranquilo. En agosto las fiestas patronales cambian bastante el ambiente del pueblo y las calles se llenan hasta tarde; si prefieres verlo con más calma, mejor evitar esos días.