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sobre Serranillos del Valle
Municipio residencial en la comarca de la Sagra madrileña; ambiente tranquilo y familiar
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El viento de la meseta mete ruido entre los trigales y lleva el olor seco de la paja. Desde la carretera M-404, Serranillos del Valle aparece como un pequeño nudo de casas claras que parecen agarrarse al suelo para no volar. Son las cuatro de la tarde de un sábado de abril y el pueblo huele a pan recién hecho y a tierra removida.
Lo que queda cuando se va la piedra
La iglesia de San Nicolás de Bari es nueva. No en el sentido de moderna, sino de reconstruida: la barroca original, con su retablo atribuido a Churriguera, cayó en 1970 bajo las máquinas del progreso. Lo que ves ahora es un templo de ladrillo visto y líneas limpias que parece mirar con timidez a su propio campanario. Dentro, el retablo mayor sobrevivió al derribo y ahora brilla con ese oro recargado que el siglo XVIII utilizaba sin miedo. La piedra antigua se fue, pero alguien tuvo el buen cuidado de salvar la madera tallada y los ángeles dorados.
En la plaza de España, la casa número 3 conserva el aire señorial que tenían las viviendas de labradores acomodados a finales del XVIII. El portalón de madera está desgastado por los golpes de siglos de carros entrando al patio. Si te acercas, verás que los sillares de granito aún guardan las marcas de los cinceles, cada golpe una decisión tomada hace más de doscientos años.
Esculturas que nadie mira
Serranillos tiene un pequeño museo al aire libre que casi nadie anuncia, entre otras cosas porque aquí no hay oficina de turismo. Caminando por el pueblo aparecen piezas sueltas: “El Toro”, una masa de hierro oxidado orientada hacia los campos donde antes pastaban las reses, o “El Galguero”, de Ana Olano, que recuerda cuando los galgos formaban parte del trabajo diario del campo.
También quedan herramientas agrícolas convertidas en memoria: una prensa de uva, una noria vieja, un carro de madera apoyado contra una pared. No están agrupadas ni señalizadas como en un parque temático; están donde terminaron sus días.
En la pared del Teatro Municipal Manuel Mayo, un grafiti de David Esteban Hernández rompe la gama de ocres del pueblo con colores neón. El mural ganó reconocimiento en una competición nacional de grafiti hace unos años. Los mayores aún discuten si aquello es arte o destrozo; los jóvenes se hacen fotos delante del muro sin darle demasiadas vueltas.
Cuando el campo se mete en el pueblo
En enero, por San Antón, el aire suele llenarse de olor a mantecados caseros y vino dulce. Muchas casas conservan todavía los moldes de madera de las abuelas, y esos días aparecen bandejas que van de puerta en puerta. El aroma de la canela se mezcla con el humo de las hogueras que se encienden en algunas calles.
En agosto llegan las fiestas de San Roque. La plaza cambia de ritmo: mesas largas, sillas sacadas de las cocinas y grandes paelleras donde el arroz se cuece despacio mientras los vecinos se acercan a mirar cómo va. Cuando cae la noche, el calor del día se queda pegado a las paredes y la plaza termina llena de gente cenando al aire libre.
La hora de los campos
Lo mejor de Serranillos del Valle está fuera del casco urbano, en los caminos que salen hacia los cultivos. Basta dejar el coche en una de las calles del borde del pueblo y caminar unos minutos. En mayo, cuando las espigas todavía están verdes, el viento dibuja olas largas que avanzan sobre el trigo como si fuera un mar quieto. Las alondras cantan tan alto que cuesta encontrarlas.
A primera hora de la mañana, antes de que muchos vecinos salgan hacia Madrid a trabajar, el pueblo huele a café y a pan caliente. Las persianas se levantan despacio y las primeras luces de las cocinas se encienden una a una. Es un momento breve y bastante silencioso.
Cuándo ir: mayo suele ser un buen mes para caminar por los caminos agrícolas: el campo todavía está verde y el calor no aprieta. En pleno agosto el ambiente cambia durante las fiestas patronales y el pueblo se llena más de lo habitual. Si buscas tranquilidad, mejor venir entre semana o a primera hora del día.