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sobre Sevilla la Nueva
Villa moderna con amplias zonas verdes; destaca su palacio y planificación urbanística
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El turismo en Sevilla la Nueva empieza, en realidad, por su origen. El 23 de diciembre de 1544, Antón Sevillano —un extremeño que había pasado por Sevilla antes de instalarse aquí— firmó ante escribano la creación de un nuevo pueblo en la llanura del Alberche. Había comprado unas 5.500 hectáreas de tierras entonces poco aprovechadas, a algo menos de cuarenta kilómetros de Madrid, con la intención de fundar un señorío propio. Sevilla la Nueva nació así, por documento y delimitación de tierras, algo poco habitual incluso en el siglo XVI.
El palacio que explica quién mandaba
La Casa Grande —conocida hoy como Palacio de Baena— aparece detrás de la iglesia casi sin transición urbana. Es un edificio de aire herreriano, levantado en piedra, sobrio y bastante contenido si se compara con otros palacios señoriales de la época. Su construcción suele situarse en el siglo XVII, cuando el lugar ya estaba plenamente organizado como señorío.
La fachada mantiene dos torres cuadradas y un gran escudo nobiliario. No es un edificio pensado tanto para la vida cotidiana como para dejar claro quién administraba estas tierras. El patio interior, cuadrado, se apoya en columnas de piedra de la zona de Colmenar, una cantera muy utilizada en la arquitectura madrileña de los siglos XVI y XVII.
A pocos metros está la iglesia de Santiago Apóstol. Las obras comenzaron en la segunda mitad del siglo XVI. La estructura es sencilla, propia de un pueblo recién fundado que iba creciendo poco a poco. En el interior destaca la cubierta de madera, de tradición mudéjar, ensamblada sin clavos. La pila bautismal conserva una inscripción temprana relacionada con los primeros años del municipio.
La torre es posterior y se añadió ya entrado el siglo XVIII. Si uno se fija, parece inclinarse ligeramente. El terreno arcilloso de esta parte de la comarca tiende a moverse con los cambios de humedad, algo que se nota en varios edificios antiguos del pueblo.
Campos de cereal y la dehesa
El paisaje alrededor de Sevilla la Nueva sigue dominado por el cereal. A las afueras se abre la dehesa boyal, un espacio tradicional de aprovechamiento comunal que todavía conserva encinas y alcornoques dispersos. Desde el cerro de San Juan —una pequeña elevación accesible por caminos rurales— se entiende bien la geografía del lugar: una llanura agrícola interrumpida por arroyos estacionales.
Algunas zonas de esta dehesa forman parte de áreas protegidas para aves esteparias y rapaces. Con algo de paciencia se pueden ver milanos, cernícalos o alguna rapaz mayor planeando sobre los campos. No siempre aparecen, pero el paisaje invita a levantar la vista.
De regreso al casco urbano hay un elemento contemporáneo que llama la atención: la torre del depósito de agua municipal. Hace pocos años fue cubierta con un gran mural de tonos azules que envuelve toda la estructura. Desde la carretera se distingue enseguida; en medio del paisaje cerealista resulta casi una anomalía cromática. Entre los vecinos circula un apodo que hace referencia a tiburones y al aspecto marino del dibujo.
Un recuerdo literario y las cruces del término
Existe una relación indirecta entre Sevilla la Nueva y Benito Pérez Galdós. A finales del siglo XIX el escritor recorrió varios pueblos de la zona mientras preparaba la novela Nazarín. No está del todo claro hasta qué punto el pueblo aparece retratado en el libro, pero la tradición local sostiene que algunos escenarios se inspiraron aquí. En la plaza hay una escultura que recuerda al personaje del sacerdote errante de la novela.
En los caminos del término municipal sobreviven también algunas cruces de piedra que marcaban límites jurisdiccionales. La llamada Cruz de las Polainas, hacia el norte en dirección a Chapinería, parece remontarse al siglo XVI. Estas cruces servían como mojones territoriales y también como lugar de oración antes de entrar o salir de una población. Otra, conocida como Cruz de Retamosa, se encuentra hacia el sur, bastante erosionada por el tiempo.
Cómo acercarse al pueblo
Sevilla la Nueva está en el suroeste de la Comunidad de Madrid, dentro de la llamada Comarca Sur, a menos de cuarenta kilómetros de la capital. Se llega en coche por las carreteras que conectan con la A‑5 y también hay líneas de autobús interurbano desde Madrid.
El casco urbano es pequeño y se recorre andando sin dificultad. La iglesia y el antiguo palacio marcan el centro histórico, y desde allí salen varios caminos hacia la dehesa y los campos de cultivo.
Primavera y comienzos de otoño suelen ser los momentos más agradables para caminar por la zona. En verano el calor aprieta con facilidad y en invierno el viento atraviesa la llanura sin demasiados obstáculos. Si se sale por los caminos, conviene llevar agua: entre pueblos las distancias engañan y las sombras escasean.
Al atardecer, desde los caminos del norte, el pueblo aparece como un conjunto compacto de tejados rojizos en medio del cereal. El campanario apenas sobresale sobre las casas y el antiguo palacio queda a un lado, recordando el origen señorial de un lugar que nació, literalmente, sobre un papel firmado en el siglo XVI.